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Leonor, una princesa (aún demasiado) desconocida

La Princesa Leonor en su llegada al Teatro Campoamor de Oviedo

La Princesa Leonor en su llegada al Teatro Campoamor de Oviedo EP

Leonor está a punto de cumplir los diecisiete años. Será mañana, día 31 de octubre, cuando la princesa celebre su aniversario y esperemos que lo haga ya recuperada. Por lo que explicó su propia madre, la reina Letizia, en la visita al pueblo ejemplar de Asturias de este año, algo debió sentar mal a la princesa y a su hermana, Sofía, en el coctel que se organiza después de la entrega de premios Princesa de Asturias porque esta última pasó muy mala noche y Leonor, aunque se levantó bien, al cabo de unas horas estaba indispuesta. Tanto, que tuvo que ser su madre quien leyese las palabras que Leonor tenía preparadas.

Fue una lástima, desde luego, porque tenemos muy pocas oportunidades de ver a la princesa y no solo porque esté estudiando desde hace ya más de un año en Gales, en el UWC Atlantic College, un internado británico donde también cursó el bachillerato la princesa heredera de Bélgica y en donde también estudia Alexia, la segunda hija de los reyes Máxima y Guillermo de Holanda.

Una infancia blindada

La Casa Real, en un exceso de celo mal calibrado, ha blindado desde que eran pequeñas a Leonor y a su hermana Sofía. Me comentaba hace poco una reputada periodista especializada en la Familia Real española que, cuando Felipe y sus hermanas, las infantas Elena y Felipe, eran pequeños, los periodistas tuvieron un acceso bastante directo a ellos. No solo habían podido jugar juntos en Mallorca –incluso me explicó alguna que otra partida de ping pong–, sino que algunos fotógrafos fueron autorizados a entrar en las dependencias privadas del príncipe y las infantas. Otra periodista también muy puesta en el tema me explicó que Felipe tenía una bandera pirata en su habitación. Y no es ningún secreto que leía libros de J.J. Benítez y que estaba obsesionado con los ovnis, lo paranormal y la astrología en su sentido más amplio.

Tan sólo hay que hacer una búsqueda sencilla en Google para ver las míticas portadas de la revista Hola en los tiempos en que, como la propia reina Sofía describió, Juan Carlos y ella «no eran nadie». Es decir, en aquellos años en que mandaba Franco y nadie sabía exactamente en qué lugar quedaban los príncipes, si es que ostentaban alguno. Sofía y Juan Carlos permitieron en aquella época que los fotógrafos fueran a Zarzuela de vez en cuando e hicieran reportajes en profundidad de sus hijos y ellos. Así vimos a la infanta Elena de bebé darse un baño, a Elena y Cristina celebrando sus primeros aniversarios y a Felipe haciendo kárate. Se tienen fotos de ellos en carnavales y en Navidades, esquiando en la nieve y montando en bici. En tejanos y zapatillas de deporte y en bañador, o portando gorros y bufandas. Sabemos qué comidas les gustaban y cuáles detestaban, y hasta se sabe que a Felipe se le daban mal algunas asignaturas y cateaba exámenes.

No deja de ser sorprendente que Sofía y Juan Carlos, para otras cuestiones tan errados, para esto dieran un ejemplo de transparencia, con un enfoque comunicativo increíblemente más moderno que el que tenemos ahora. Porque, si a su padre lo vimos crecer, a Leonor la hemos visto tan solo en contadas ocasiones, y todas han sido, en general, en actos protocolarios, encorsetados y sin un ápice para la improvisación. La única vez que la vimos realmente en circunstancias normales y espontáneas fue cuando se quemó la lengua con aquella famosa sopa de acelgas. Fue cuando el rey Felipe cumplió los cincuenta años y Casa Real –cosa rara en ella– decidió regalarnos imágenes de la familia en privado. Aunque, todo hay que decirlo, el ejercicio quizás no salió tan bien como esperaban.

Falta de espontaneidad

Insisto, es la única vez que la hemos visto en circunstancias con las que cualquiera podría identificarse. La verdad es que Leonor, si bien es verdad que antes de irse a Gales incrementó notablemente sus apariciones públicas, sigue siendo una gran desconocida para el público en general. Básicamente, no sabemos nada de ella: ¿qué libros lee? ¿Qué música escucha? ¿Qué películas ha visto últimamente? ¿Le gusta esquiar? ¿Sigue siendo una fan de Kurosawa?

La recientemente fallecida Isabel II siempre decía que la monarquía «has to be seen to be believed«, algo así como «nos tienen que ver para ser creíbles» o, más bien «tenemos que estar presentes para ser relevantes». También decía, con magnífica clarividencia, que el gran problema de las monarquías en el siglo XXI no iba a ser el republicanismo –que en el Reino Unido no llega al 19%, como mucho al 20%– sino la indiferencia. Que se vea a la monarquía como algo perfectamente prescindible, remoto, sin contacto con la gente y sus problemas. Porque de la indiferencia a la irrelevancia hay una línea muy fina. Y de la irrelevancia al exilio hay una línea más fina aún.

Se sabe que Isabel II estaba tan obsesionada con el tema que, en las últimas décadas de su reinado, se esforzó porque la Familia Real apareciera en los medios (y no solo por escándalos, como había pasado en décadas anteriores). De ahí el sketch de la soberana con James Bond para inaugurar los Juegos Olímpicos de Londres y también el delicioso montaje con el osito Paddington con el que nos deleitó en una de sus últimas apariciones públicas.

No era una estrategia nueva: su madre, la indómita Elizabeth Bowes-Lyon, seguramente una de las personas que más hizo por salvar la corona e incrementar su prestigio después de la desgraciada abdicación de Eduardo VIII para casarse con Wallis Simpson, ya había puesto en marcha, allá por los años treinta, una magnífica campaña de lo que hoy llamaríamos marketing. Se sabe que llamó a una escritora de su confianza y que le permitió escribir un libro de su hija Isabel cuando ésta era aún una pequeña de apenas tres años. En él se publicaron fotografías del interior de la casa de los entonces duques de York y también varias imágenes de la nursery de la pequeña y de su cuarto. Se contaron anécdotas, los horarios que seguía, los regalos que había recibido por sus cumpleaños y se desveló los libros que le leían por la noche. Todo muy inocente y muy bien seleccionado, pero perfecto para dejar entrar las miradas curiosas del público de una manera controlada y amable.

Y eso fue cuando Isabel era pequeña, es decir, en la década de los veinte del siglo pasado. Más tarde hubo más libros de Isabel y su hermana Margarita, incluso salió al mercado un monográfico sobre sus perros. Una reputada fotógrafa de sociedad era requerida frecuentemente a palacio para tomar reportajes de las princesa que luego eran publicados, o bien en álbumes, o bien a través de la prensa. Cada vez que Isabel o su hermana cumplían años, se hacían públicos retratos, algunos muy simpáticos. Y no hablemos de todo el repertorio de fotografías y vídeos que grabaron durante la guerra. Fue propaganda, sí, de acuerdo, pero estaba bien pensada y bien hecha.

«Todo a su debido tiempo»

Aquí no tenemos nada parecido. Hasta ahora, Zarzuela ha evitado una excesiva exposición de Leonor y Sofía. Con la excusa de que eran demasiado pequeñas o demasiado jóvenes, «de que ya habrá ocasión», de que tenían que tener «infancias normales», de que tenían que estudiar sin presiones y el manido «todo a su debido tiempo», palacio se ha limitado a ofrecer unas cuantas —muy pocas— apariciones de las princesas al año. Y, a veces, ni eso. De los hijos de Kate y Guillermo, los príncipes Jorge, Carlota y Luís, tenemos fotos hechas por su madre todos los años por sus respectivos cumpleaños. Aquí solo las vemos en las postales navideñas.

Se equivocan, desde luego. No se quiere lo que no se conoce, y a Leonor y a su hermana apenas las conocemos. Dado que están creciendo tan rápido, a veces ya ni las reconocemos. La verdad es que, más allá de decir que han cambiado mucho y que han crecido mucho y que se las ve muy bien, no hay nada más que decir sobre ellas.

En realidad, se podría decir mucho. No dejan de chicas jóvenes y muy guapas que se ven muy bien educadas. Parecen sensatas y responsables y, que sepamos, no han dado escándalos ni se han metido en problemas, cosa que muchos otros en la familia no pueden decir. Pero no sabemos ni qué voz tiene Sofía (si la memoria no me falla, tan solo la hemos escuchado hablar en un par de vídeos durante la pandemia, uno leyendo el Quijote y otro hablando a cámara).

¿Normalidad?

Desde Zarzuela aseguran que quieren que sean dos chicas lo más normales posibles, pero el problema, precisamente, es que no son chicas normales. Son las hijas de los reyes y, si la cosa no se tuerce –en este país hemos visto de todo–, una de ellas será reina. Leonor no es una adolescente más: desde el 19 de junio del 2014, justo en el mismo momento en que su abuelo abdicó y su padre se convirtió en el rey Felipe VI, ella es princesa de Asturias, de Gerona y de Viana, duquesa de Montblanc, condesa de Cervera y señora de Balaguer.

¿Por qué no les dejan contestar preguntas de algún periodista? ¿Por qué no hay reportajes fotográficos de ellas en actitudes normales y espontáneas? Nadie dice que se sometan a un interrogatorio y, además, en este país hay prensa cortesana de sobra como para poder hacer una entrevista a las princesas sin que salgan temas delicados.

Claro que se debería evitar otro gafe tan destacado como el que se cometió en el 2017, cuando España leyó con estupefacción el impertinente titular de la revistaTiempo: «Así es la futura reina de España. Lee a Stevenson y a Carroll, le gustan las películas de Kurosawa, domina el inglés y tiene una perrita llamada Sara». La guasa en las redes sociales sobre los gustos cinéfilos de la princesa, entonces una niña de once años, duró días. 

Con toda probabilidad, Leonor no debió tener nada que ver con semejante despropósito y todo el embrollo se debió a un exceso de celo por parte de Zarzuela. Si hubiesen dicho lo mismo, pero con otras palabras, no habría pasado nada. Si simplemente hubiesen dicho que a Leonor le gustaba mucho leer, que leía libros apropiados para su edad (como La isla del tesoro, de Stevenson, y Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll), que veía películas de dibujos animados (entre ellas, El viaje de Chihiro, de Miyazaki) y que, de vez en cuando, su madre, una auténtica cinéfila empedernida, les ponía películas como Dersu Uzala (sí, de Kurosawa, pero la pueden ver los niños porque es preciosa y no hay violencia), nadie habría dicho nada. 

Superar lo de Kurosawa, desde luego, llevó su tiempo. Aparte, abierta la veda, de Leonor comenzaron a inventarse de todo: que si estudiaba chino (hay una asignatura optativa en su colegio, pero ella no la estudia), que si era una virtuosa del ballet (como tantas niñas de su edad, tomó clases varios años, pero lo dejó), que si escuchaba música clásica a diario (resulta que le gusta el violonchelo y lo debe practicar con frecuencia). 

Sin duda, gran parte de esta capacidad de invención se debe a que, en realidad, apenas sabemos nada de ella y, por ello, quizás palacio haría bien en filtrar, como ya hizo con su padre en su momento, algunos detalles menores para contrarrestar esta práctica: se sabe, por ejemplo, que le gusta la saga de Star Wars y es aficionada a las películas de Marvel, lo cual demuestra que es una adolescente normal con gustos normales. Estaría bien que dijeran algo sobre los libros que lee y que dejaran caer el nombre de alguna serie de moda de Netflix.

Falta de conexión

Otro gran problema de Leonor y de su hermana es que, aparte de que los actos donde las vemos son sumamente institucionales y protocolarios, no se las ve compartiendo los problemas reales de la gente común. Mientras otras realezas se pasan el día yendo a ONGs, pisando comedores sociales, hospitales, hospicios y centros comunitarios, aquí tan solo hay audiencias en palacio a donde acuden personas de un nivel sociocultural muy limitado y determinado, generalmente de estratos elevados. Como mucho hemos visto a Leonor y Sofía hablar con jóvenes de su edad cuando se monta algo en la Fundación Princesa de Girona.

De Guillermo y Enrique de Inglaterra hay fotos de sobra yendo desde que eran pequeños a Centrepoint, una magnífica organización que ayuda a personas sin hogar. Hablaban con personas que lo habían perdido todo, algunos de ellos muy jóvenes. Leonor y Sofía no han hecho nunca nada parecido: las hemos visto en el ballet y en el futbol y una vez plantando árboles con jóvenes de Europa (la única vez que las pusieron en un evento adecuado a su edad), pero nunca las hemos visto conociendo de verdad e in situ los problemas de la gente. Que sepamos, han pisado en contadísimas veces un barrio obrero (no deben pasar del par). Y en las poquísimas veces que han estado en contacto con gente humilde se las ha visto demasiado tímidas y distantes.

Casa Real debería preparar, ahora que Leonor ya solo le quedan unos meses más en Gales y que, antes de lo que nos pensamos, volverá a España, una agenda mucho más sólida y ambiciosa para Leonor. Que se dejen de tanta visita a exposiciones en donde los royals solo van, pasan por delante de vitrinas y escuchan sermones que no les deben interesar en lo más mínimo, y que las pongan a trabajar, por ejemplo, en servicios de voluntariado. Se las tiene que ver haciendo algo, participando, implicándose, no solo leyendo discursos que no dicen nada y no escucha nadie.

Las cosas han cambiado y la comunicación ha evolucionado. Zarzuela debería entender que tiene que cambiar. Y rápido.

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