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Ceremonia de los Premios Princesa de Asturias: todos los detalles

No eran ni las seis y media de la tarde cuando con puntualidad británica se divisaron los coches que portaban a los Reyes, a sus hijos y a la reina emérita Sofía hacia las puertas del Teatro Campoamor de Oviedo. Como todos los años, ya estaba perfectamente instalada la alfombra azul con el escudo de Asturias y los gaiteros blandían sus gaitas para amenizar la espera.

Minutos antes habíamos visto desfilar a los premiados de este año y a las autoridades congregadas, de la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, al ministro de Cultura, Miquel Iceta, y la líder de Ciudadanos, Inés Arrimadas, con un vestido rojo con un gran lazo al hombro. También a aristócratas, como el duque de Alba, que llegó junto a Alicia Koplowitz, y a la madre de la reina, Paloma Rocasolano, con un bonito traje azul con solapas de raso.

Dentro del teatro ya estaban ocupando sus asientos el resto de invitados. El teatro Campoamor –precioso, por cierto, de una elegancia discreta– tiene cabida para unas 1.400 butacas, aunque para los Premios Princesa de Asturia se habilitan sillas extra.

Llega la Familia Real

Al bajar de los vehículos, por fin vimos a la familia real. Letizia en un traje de línea recta de altura por los tobillos y con una parte superior bordada con flores blancas. Mi primera impresión fue que era demasiado severo para un acto de tarde, más apropiado para la noche, pero me confirman que cualquier traje que deje ver los tobillos se considera de largura apropiada para la tarde noche. Siempre se aprende algo.

La princesa Leonor iba con un traje blanco y negro por encima de la rodilla, con un estampado de hojas y flores brillantes; su hermana, la infanta Sofía, también apostó por el brillo y apareció con un vestido de lentejuelas azules. El rey llevó un traje oscuro con corbata azul claro tirando a lila. De todas las corbatas que ha llevado estos días, es la que más le favorecía.

La Reina Sofía, siempre fiel a este evento desde los años en que su hijo era tan sólo príncipe de Asturias, iba con un traje chaqueta muy bonito en color azul marino en varias tonalidades.

Los premiados de este año

Los Reyes, sus hijas y la reina Sofía entraron en el teatro. En el rellano dijeron adiós a Sofía, que como siempre subió a la primera planta para instalarse en su palco de honor. Se vio a Leonor hacer un gesto hacia su abuela; Letizia mantuvo las distancias (y pareció que hablaba con su hija pequeña para no tener que interactuar con su suegra).

Los reyes y sus hijas entraron en el teatro. En el pasillo central saludaron a Paloma Rocasolano. Subieron al estrado, las princesas no hicieron una reverencia a su abuela (su padre, cuando era príncipe, siempre inclinaba la cabeza en señal de respeto) y se sentaron en la mesa principal.

Después de los discursos iniciales, se procedió a la entrega de premios propiamente dicha a:

  • Carmen Linares y María Pagés, Premio Princesa de Asturias de las Artes.
  • Adam Michnik, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades.
  • Eduardo Matos Moctezuma, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales.
  • La Fundación y Equipo Olímpico de Refugiados, Premio Princesa de Asturias de los Deportes.
  • Juan Mayorga, Premio Princesa de Asturias de las Letras.
  • Ellen MacArthur, Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional.
  • Geoffrey Hinton, Yann LeCun, Yoshua Bengio y Demis Hassabis, Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica (solo dos de ellos pudieron asistir; los demás se excusaron por motivos médicos).
  • Shigeru Ban, Premio Princesa de Asturias de la Concordia.

Uno de los momentos más originales y espontáneos de la velada fue cuando la cantaora Carmen Linares cantó después de recoger su premio y la bailaora Maria Pagés la acompañó con un baile y un espectacular movimiento del manto que portaba.

Los discursos

Después de la entrega de galardones, siguieron más discursos, lo que hizo que la ceremonia se hiciera larga y pesada. Con todo el respeto hacia los premiados –algunos hicieron discursos bastante buenos–, creo que los parlamentos se deberían reducir substancialmente, porque tantos discursos solo hacen que se desconecte y que el personal se muera de aburrimiento. En ninguna entrega de premios internacionales donde hay tantos galardonados al mismo tiempo se hacen ya tantas intervenciones y, en cambio, se pone algún espectáculo musical o de danza entremedio para amenizar el acto. Una aria de ópera o la lectura de un poema aquí quedaría preciosa y haría la ceremonia mucho más llevadera.

De hecho, no fue hasta las 19.33 h cuando escuchamos a la princesa Leonor pronunciar su discurso –la cuarta vez que la escuchamos en este evento–. Lo bueno: fue breve, empezó sin rodeos («Majestades, autoridades, señoras y señores») y el planteamiento del discurso era bueno. Leyó bastante bien, aunque tropezó más que en otras ocasiones y le costó conseguir el ritmo (lo cual puede deberse a que ahora debe hablar inglés a todas horas y tiene cogida la musicalidad de otro idioma). Más allá de eso, hay que reconocer que tiene muy buena voz, una dicción muy esmerada y sabe leer y mirar al público al mismo tiempo –algo que es más difícil de lo que parece–, por lo que que, cuando coja soltura, aprenda a dominar los silencios y, sobre todo, a dominar los tiempos, lo hará realmente bien.

Sin embargo, hay que reconocer que, a pesar de las buenas intenciones, también el discurso fue frío y excesivamente protocolario. Y sorprendió que, en esta ocasión, no usase en ningún momento algún idioma extranjero. De la Familia Real, sin duda Leonor es la que mejor hace discursos en varias lenguas. Además, estuvo bien pensado que destacase algo de cada uno de los premiados y las frases que usó no estaban mal, pero en conjunto el discurso quedó flojo. Me imaginaba que iba a hacer una referencia a los problemas del mundo, citando explícitamente a las personas que sufren la guerra de Ucrania y las guerras –desgraciadamente olvidadas– en otros lugares del mundo. También alguna referencia al medio ambiente, un tema que preocupa especialmente a los jóvenes, o a las dificultades económicas de muchas familias por la inflación. Pero me quedé con las ganas.

Esta era una buena ocasión para que Leonor fuese cogiendo más peso institucional –cuando cumpla los dieciocho años, el año que viene, tendrá que jurar la Constitución ante las Cortes–, pero no se aprovechó. Una lástima.

Normalmente, cuando Leonor y el rey pronuncian discursos juntos, ella siempre ganaba. La verdad es que por goleada, incluso cuando era pequeña. Pero en esta ocasión, el discurso del rey estuvo mejor, fue más sólido y estuvo mejor pronunciado, aunque resultó, quizás, demasiado largo. Estuvo muy bien la parte final, con todas las referencias a Ucrania, a los retos de la democracia en el mundo actual y a los desafíos de la Unión Europea. Desde luego, es uno de los mejores discursos europeístas que le he escuchado.

Y estuvo bien que, cuando ya todos habíamos pensado que había acabado –y todo el mundo había aplaudido– hizo un apunte final a sus hijas. Habló como padre de Leonor y Sofía, lo cual estuvo muy bien, y aprovechó para animar a todos los jóvenes a tomar como ejemplo a los premiados.

Y con esto se dio paso a lo más emotivo de la ceremonia: las gaitas entonando el Asturias Patria Querida. Por cierto, el Rey y la princesa cantaron la letra.

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