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De Harvey Weinstein a Plácido Domingo: la caída de los dioses

Imagen: CARMEN VIVAS

Fueron gigantes, enormes, invencibles. Sus nombres sonaban con fuerza y su reputación era impecable. Eran los grandes del cine, de la música, de los negocios. Tenían el mundo en sus manos y durante décadas fueron impunes ante cualquier comportamiento. Su entorno conocía que detrás de aquellos hombres había una historia terrible, que cuando dejaban de ser los mejores en su profesión se convertían en auténticos monstruos. Pero, ¿cómo decirle que no a Dios?

Harvey Weinstein, Plácido Domingo o Bill Cosby son sólo algunos de los nombres que un día tocaron el cielo y ahora viven un auténtico infierno. Fueron dioses y cayeron a manos de las mujeres de las que habían abusado sexualmente durante años. Mujeres que se vieron silenciadas por un poder inmenso, por una sociedad que miró demasiado hacia otro lugar. Pero hace unos años, la unión hizo la fuerza y desde entonces han sido las víctimas las que han tenido voz, las que han hecho un poco de justicia.

Todo empezó en octubre de 2017. A principios de aquel mes el periódico The New York Times y la revista The New Yorker hicieron tambalear a Hollywood. Publicaban que el productor de cine Harvey Weinstein había actuado como un depredador sexual durante décadas, que había utilizado su poder para conseguir favores sexuales, incluso que había llegado a violar a varias mujeres. En total 8 declaraban en estos dos medios.

No sabía lo que tantos sabían, que él era un depredador y yo caminaba hacia su trampa»

La que dio el primer pasó fue Rose McGowan. Aseguró que la había violado cuando ella tenía 23 años y acababa de protagonizar la película Going all the way. Fue en 1997 y ella aseguraría años más tarde: «Era tan nueva en el escalón superior de la industria. No sabía lo que tantos sabían, que él era un depredador y yo caminaba hacia su trampa». Su denuncia pública estuvo acompañada de la de otras 7 compañeras. Actrices conocidas pero no las más poderosas del sector. Durante algunos días la sociedad se dividió entre quienes no ponían en duda sus historias y entre los que aseguraban que eran una oportunistas, que querían volver a tener el eco que habían conseguido en sus años dorados, que todo era para volver a estar en el foco.

Pero no tardaron en aparecer las grandes de la industria, aquellas a las que no se ponían en duda porque al hablar no ganaban nada y podían perderlo todo. Fueron Gwyneth Paltrow, Angelina Jolie, Uma Thurman. Gritaron que a ellas también, que Weinstein lo había hecho con todas. Incluso Salma Hayek lo llamó monstruo y aseguró que la había amenazado con romperle las piernas si no hacía lo que él le pedía.

Pero podemos decir que esta historia pasó a ser un movimiento gracias a la actriz Alyssa Milano, la primera en pasar de los medios convencionales a las redes sociales. El 15 de octubre publicó un tuit el que pedía que para que la sociedad se diese cuenta del abuso sexual que estaban sufriendo las mujeres de todos los sectores, de todas las edades, de todas las nacionalidades, cada mujer que hubiese pasado por una situación similar debería poner MeToo (Yo también) en sus perfiles.

Al terminar el día, la frase había sido utilizada en más de 200.000 ocasiones, al día siguiente por más de medio millón de personas en Twitter y por 4.7 millones de personas en Facebook en 24 horas. Empezaba un movimiento que se pensó ridículo y mínimo y que ha cambiado la sociedad por completo, que ha hecho tambalear cimientos, que ha llevado a nuestros dioses al infierno.

Porque Weinstein solo fue el nombre que abrió la caja de Pandora. Él, que fue condenado el pasado mes de febrero, cayó tras las declaraciones de más de 80 mujeres en medios de comunicación, en redes sociales y en juzgados. Le acusaron de pedirles un masaje, de acabar con sus manos debajo de la falda o incluso violadas. Los medio se hicieron tanto eco que su mujer se separó de él, fue despedido de Weinstein Co., la productora que él mismo cofundó, su fortuna se desvaneció y la academia del cine lo expulsó de su organización.

Que decenas de mujeres se hicieran fuertes juntas, que las redes juntasen a miles con un MeToo, provocó que otras tantas se atrevieran a hablar. También, otros tantos. Todo, en pocos meses, incluso en días.

Octubre de 2017, el mes de la revolución

Tras el escándalo Weinstein, el actor Anthony Rapp acusó a Kevin Spacey de acoso sexual. Aseguró que había intentado abusar de él cuando tenía 14 años y Spacey 26, habría sido en 1986. Spacey, que nunca había salido del armario, lo negó, aunque confesó su homosexualidad y le pidió perdón por «si había sido malinterpretado».

Roy Price, el jefe de los Estudios de Amazon, fue el siguiente. A los pocos días, Isa Dick Hackett le acusó de haberse sobrepasado con ella, aseguró que el 10 de julio de 2015 en una fiesta de Amazon Prime la acosó con frases fuera de tono. «Te va a encantar mi polla», le susurró. Ella le dijo que parase, que no estaba interesada y él continuó. Hackett, hija del escritor Philip K. Dick, informó a Amazon de esta situación y, tal y como ella declaró, la compañía no tomó ninguna medida. Después de alzar la voz, otra vez, en 2017, tras el escándalo Weinstein, le despidieron.

Me fui corriendo, sentía mucho asco. Me duché y me froté con una fuerza inhumana. No se lo conté a nadie»

Ese mismo mes, ese octubre de la confesión, más de 30 mujeres acusaron a James Toback, director de cine y escritor, de acoso sexual. En enero le llegó el turno a Terry Richardson. El reconocido fotógrafo estadounidense, conocido por sus fotografías subidas de tono, fue denunciado, tal y como publicó Daily News, por varias mujeres. Una de la ellas, la exmodelo Caron Bernstein, aseguró que la había asaltado sexualmente en 2003. Otra, la diseñadora Lindsay Jones, le acusaba de haber abusado sexualmente de ella en 2008.

También habló una española. La modelo Minerva Portillo contó que cuando tenía 20 años acudió a una sesión de fotos con Richardson y que esté acabó violándola. «Se obsesionó conmigo. Me decía: ‘Tú eres mejor que cualquier droga’. Me fui corriendo, sentía mucho asco. Me duché y me froté con una fuerza inhumana. No se lo conté a nadie», aseguró tras sentirse con fuerza gracias al MeToo.

Aquello acabó con la carrera del fotógrafo. Condé Nast, que incluye Vogue, Vanity Fair o GQ, fue el primero en vetarle en sus publicaciones. De ahí, a que se uniesen muchas más revistas y a que las modelos se negaran a trabajar con él. También, se volvió a hablar de Bill Cosby, de todas las denuncias que le habían puesto y cómo se había mirado hacia otro lado. Más de 60 mujeres le acusaban de lo mismo. El cómico fue enviado a prisión en 2019 por drogar y violar a un mujer. También de Roman Polanski y su violación a una niña de 15 años. Incluso otra mujer le denunció durante esos meses por una situación similar.

Ese mismo mes, Hollywood quiso pasar de ser el lugar del horror a convertirse en un referente del feminismo. Se creó Time’s Up (Se acabó el tiempo) donde muchísimas actrices se unieron para conseguir dinero para todas aquella víctimas anónimas que no tenían tan fácil denunciar como ellas, que tenían más miedo, más que perder y menos altavoces. Todas las que lo formaron aparecieron en la gala de los Globos de Oro vestidas de luto, de negro, a modo de denuncia por una lacra silenciada.

El MeToo cruza el charco

El movimiento, por entonces, ya había llegado a Europa. En noviembre de 2017, 18 mujeres acusaron públicamente en el diario Dagens Nyheter de acoso sexual, agresiones e incluso de violación a Jean-Claude Arnault, uno de los grandes hombres de la cultura en Suiza y el marido de Katarina Frostensos, miembro de la Academia del Nobel. Aseguraron que esos hechos habían ocurrido durante décadas, de 1997 a 2007, ante la mirada indiferente de todo el mundo. Que era un secreto a voces, que lo hacía con total impunidad. Que nadie le paraba. «Me levantó el vestido y me metió los dedos en la vulva en una reunión con escritores. Le dí un bofetón y todos los que habían visto continuaron con su conversación como si nada», aseguraría una de ellas.

Arnault provocó el escándalo más grande de los Premios Nobel. El de Literatura se paralizó durante un año, algo que solo había ocurrido durante la II Guerra Mundial. Él fue condenado por violación a los pocos meses.

De allí pasó a Francia, donde las mujeres crearon su propia etiqueta en redes sociales. #BalanceTonPorc (denuncia a tu cerdo) llevó a situaciones complicadas a hombres tan conocidos como Gérard Depardieu, el director Luc Besson y al islamólogo suizo de origen egipcio Tariq Ramadan. Contra los dos primeros no se encontraron pruebas, pero el último fue juzgado y condenado por violar a dos mujeres.

En España no había llegado el MeToo como tal aunque si que llevábamos varios años al frente de la revolución feminista. Fue la manifestación de 2017 un hecho histórico. Cientos de miles de mujeres juntas para intentar cambiar las cosas, para visibilizar los problemas de todas.

El caso de Plácido Domingo

En este país tenemos un caso similar al de Weinstein, que aunque no ha sido llevado a juicio ha sido admitido por su protagonista. Es el de Plácido Domingo. El tenor, hasta hace pocos meses intocable, vio cómo el pasado agosto de 2019 un grupo de mujeres le confesaba a la Agencia AP que habían sido acosadas sexualmente por él.

Primero fueron nueve mujeres. El 13 de agosto. A las semanas, ya sumaban veinte. Le acusaban de, supuestamente, haber utilizado su poder con ellas, de haberles prometido trabajos mejores a cambio de relaciones sexuales, de haberles impedido seguir trabajando si decían que no a sus insinuaciones. «¿Cómo le dices que no a Dios?», se preguntaba una de ellas. Las instituciones culturales comenzaron a cancelar sus conciertos, a no querer contar con él. Todo se agravó aún más cuando el 5 de septiembre otras once mujeres aseguraron que ellas también habían sido víctimas del acoso del tenor.

Una de ellas daba la cara: era la profesora Angela Turner Wilson, de 48 años, que se remontaba a sus 28 para hablar de lo ocurrido. Aseguraba que antes de la representación de El Cid, Plácido Domingo le tocó el pecho en su camerino, con tanta fuerza que le hizo daño.

A su voz se unió la de Melinda McLain, que fue coordinadora de producción de la Ópera de Los Ángeles entre 1986-1987 y había trabajado con el tenor en la Houston Grand Opera. Aseguró que no se atrevían a dejar sólo a Domingo con jóvenes cantantes, que incluso cuando él lo solicitaba, intentaban evitarlo. Hasta llegó a decir que intentaban invitar a la esposa del tenor, Marta Ornelas, para asistir a fiestas porque así «él se comportaba».

Ante esta situación, el 2 de octubre de 2019 Plácido Domingo dejaba la dirección de la Ópera de Los Ángeles, que ya había abierto una investigación para aclarar lo ocurrido.

Decenas de mujeres estaban acusando al tenor de un comportamiento monstruoso. De haber utilizado su poder, su posición para conseguir sexo. De haberlas utilizado a ellas como objetos. No valió su palabra. La sociedad se puso, en gran parte, a favor del tenor. Volvió a pasar lo que ocurrió con Weinstein al principio, que ellas se convirtieron en verdugos y ellos en víctimas.

Pero el pasado 25 de febrero, una investigación del sindicato de artistas confirmaba las acusaciones. Plácido Domingo mandó un comunicado asegurando que asumía»toda la responsabilidad» de las acusaciones de acoso sexual y donde pedía perdón por «el dolor» causado. Caía después de meses negando la voz de decenas de mujeres.

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