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La endogamia deformó la cara de los Habsburgo

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La endogamia deformó la cara de los Habsburgo

El rey Carlos II "el hechizado". Juan de Miranda Carreño

Resumen:

La cara de los Habsburgo, ese mentón prominente que todos identificamos con la dinastía de los austrias, se debía a la endogamia, según confirma un nuevo estudio publicado en la revista Anales de Biología Humana. La investigación, realizada por expertos de la Universidad de Santiago de Compostela que llevan años trabajando sobre la genética de la realeza, ha combinado el diagnóstico de la deformidad facial a través de los retratos históricos con un análisis genético del parentesco.

Así, este estudio confirma la relación directa entre la deformidad facial de la dinastía que reinó en España entre los siglos XVI y XVII y su profunda endogamia. Y es que los Habsburgo se aseguraron la influencia de las familias a través de los matrimonios entre parientes directos. Ya en abril de 2019 otro estudio publicado en Plos One y llevado a cabo por los mismos investigadores, confirmó a través de un análisis genético que la endogamia estaba detrás de la alta mortalidad infantil entre los vástagos de los monarcas y las múltiples enfermedades que sufrieron.

De hecho el último rey Habsburgo, Carlos II el hechizado, terminó con la dinastía al no ser capaz de procrear un heredero. Al monarca se han asociado, según los historiadores, debilidad muscular y retraso tanto al caminar como al hablar, que se dice no consiguió hasta los 10 y los seis años respectivamente. El monarca arrastraba varias generaciones de matrimonios emparentados. «Su coeficiente de consanguinidad era el mismo que si hubiera sido concebido mediante incesto», afirma el investigador principal y Doctor en Genética, Francisco Ceballos.

Ceballos explica a El Independiente que esa cara de los Habsburgo no es solo el mentón prominente, sino que «es la conjunción de dos elementos, el prognatismo (barbilla prominente) y la deficiencia de la maxila, que es el hueso bajo la nariz donde se anclan los dientes y que hace que la nariz y los ojos parezcan caerse».

Para concluir sus resultados, Ceballos y su equipo han echado mano del gran «laboratorio de genética humana» que para ellos es la realeza europea y que llevan una década estudiando. «Tenemos una base de datos de un millón de individuos de 30 generaciones y que es la genealogía de la realeza europea desde el año 1100 a la actualidad», explica el investigador, «información que combinamos con cuadros de pintores que sabemos que se sentaban delante del rey para pintar, a partir de ahí hemos realizado mediciones matemáticas y genéticas para concluir nuestros resultados».

De la combinación y análisis de estos datos, ahora Ceballos ha podido concluir que el prognatismo es fruto de la endogamia. «En el caso de la deficiencia maxilar la relación no es tan directa pero existe, porque hemos visto que en los monarcas con mayor prognatismo se daba una mayor falta de maxila y viceversa».

Este detallado análisis de la monarquía tiene como objetivo último, explica este genealogista, analizar «la estructura genética que organiza la cara. Porque la cara es uno de los rasgos que más cambia en las personas y también el más importante, cómo no se dice que es el espejo del alma. Y queremos descubrir el papel de la genética en la formación del rostro», concluye.