Salud

El temor al invierno en las residencias: "Es fundamental hacer test a los trabajadores"

La presidenta de la mayor patronal de residencias privadas de España y una portavoz de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología plantean principales retos de los centros sociosanitarios en esta segunda ola.

Una trabajadora de la residencia DomusVi en Outeiro de Rei (Lugo), donde se ha producido un brote. EFE/Eliseo Trigo

Unos 20.000 mayores murieron en las residencias de España durante la primera oleada de la pandemia. Fue allí donde el coronavirus golpeó más fuerte y donde los fallos del sistema sanitario se revelaron en su mayor crudeza. Se les denegó el acceso a la Sanidad, se les atendió sin equipos de protección y se les condenó sin remedio al ser la población más vulnerable. Durante la peor semana, el infierno en las residencias se cobró 6.000 muertes.

El blindaje impuesto – algunos pasaron meses sin salir casi de las habitaciones – consiguió controlar los contagios que ahora, en esta segunda oleada, han repuntado ya en centros de varias comunidades autónomas. Ante esta situación, la presidenta del Círculo de Empresas de Atención a las Personas (CEAPS), la patronal de residencias privadas, Cinta Pascual, advierte de la necesidad de frenar la situación de cara al otoño invierno: «Los vectores de entrada ahora son básicamente los trabajadores y por eso es necesario hacerles pruebas periódicas, idealmente cada 15 días».

Los trabajadores, vectores de entrada del virus

Con las visitas y salidas restringidas de forma estricta, la vocal de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG), Maribel Galvá, coincide en la necesidad de controlar a los trabajadores. «De los brotes que conozco, la mayoría los han producido trabajadores y por ello hay que buscar ese control. Son jóvenes y en su mayoría asintomáticos, de forma que la única manera son los cribados periódicos».

Esa petición de test periódicos, planteada por los expertos al Gobierno, no se ha visto aún reflejada en los protocolos oficiales: «En algunas comunidades se han comprometido a hacer test y los están haciendo por ejemplo a la vuelta de vacaciones, pero no es suficiente, hay que protocolizarlo», insiste Galvá.

La geriatra cree que durante estos meses el sector ha aprendido muchas lecciones y que la disponibilidad de equipos de protección y el conocimiento del virus son ventajas con las que cuentan los centros. «Hemos tenido tiempo de prepararnos pero es necesario que estén muy claros los protocolos de detección precoz para que si el virus entra en un centro no se extienda con la rapidez que lo hizo en marzo o abril», explica.

Sin embargo, tanto ella como Pascual temen que la llegada de síntomas respiratorios dificulte la gestión de cara al otoño: «Aquí tenemos fiebre cada día. Por infecciones de orina, por resfriados… Necesitaremos actuar con mucha rapidez», dice la presidenta de CEAPS.

Miedo al colapso

Durante las peores semanas de la pandemia, muchos ancianos españoles que vivían en residencias se quedaron sin opción de acudir a un hospital. «El día que entró un médico a la residencia y empezó a señalar ‘mórfico, mórfico, mórifico’ nos dimos cuenta de que estábamos solos, que esto sería un drama», relató Cinta Pascual en el Congreso de los Diputados en una reunión de análisis de la primera ola de la pandemia. Solo había cuidados paliativos para mayores en un momento en que los hospitales sufrían o estaban al borde del colapso en buena parte de España.

«Lo que más miedo nos da es que se produzca de nuevo un colapso en los hospitales. Tal como estamos preparados, si el sistema sanitario resiste iremos dando respuesta y podremos solucionarlo, creo que no pasará, porque si se da un brote no será como antes, pero si colapsa no podremos conrolarlo».

La otra enfermedad: la soledad

Sin embargo, no sólo al COVID-19 se le teme en las residencias estos meses. La soledad que acompañó a los ancianos – viven en residencias españolas unos 380.000 mayores, según CEAPS – ha dejado consecuencias que aún persisten en muchos mayores a los que un invierno en aislamiento haría más daño que el propio virus. «Para mí esto es lo más doloroso. Es lamentable que para prevenir el virus tengamos que aislarlos. Tenemos que permitir que puedan ver a sus familiares, de la forma que sea y aquí necesitamos estar más preparados», reclama Galvá.

Para Pascual, tras el colapso del sistema «En Cataluña ahora mismo no llega al 0,6% el porcentaje de ancianos infectados, muy por debajo de la transmisión comunitaria, porque hemos convertido las residencias en bunkers, pero ahora nos preocupa esto. Cómo hacemos para que los residentes recuperen la libertad. Tenemos que trabajar en esto aunque sea asumiendo riesgos».

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