El descubridor de la vacuna de la viruela, Eduard Jenner, vacunando a su hijo mientras un ternero observa desde la ventana. Grabado en color. Wellcome Library, London (CC BY 4.0)

Salud | Vida Sana

Niños y terneros, cómo se solucionaba la distribución de la vacuna en el siglo XIX

Uno de los grandes retos de las innovadoras vacunas de RNA contra el coronavirus (las de Pfizer y Moderna) es conseguir redes de distribución que soporten las condiciones de ultracongelación que exigen ambos fármacos y que están entre los 20 y los 70 grados bajo cero. De ello dependerá que las vacunas puedan conseguir su objetivo, inmunizar al mayor número de población posible en todos los rincones del planeta.

Sin embargo no es la primera vez que los médicos se enfrentan a este problema y las soluciones que encontraron, ya en el siglo XIX, también se podrían calificar de innovadoras.

La primera red de distribución de la primera vacuna descubierta fueron los propios vacunados, fundamentalmente niños. Así se hacía con la vacuna de la viruela, descubierta por el médico rural inglés Eduard Jenner, que dio con su hallazgo en 1796. Desde que en 1800 Jenner inmunizó a su primer paciente y durante más de medio siglo – en España incluso algo más, hasta la década de 1870 – la red de distribución de la vacuna funcionaba de persona a persona.

«Lo que llaman la vacuna original – cow pox – se producía bien en Inglaterra pero en otros lugares no se conseguía siempre esa pureza y el método que utilizaban para que no se perdiera la cadena era vacunar de brazo a brazo. Quien ponía la vacuna llegaba, la introducía en los pacientes, la mayoría niños, y volvía a los siete u ocho días para comprobar habían salido unas pústulas. De ellas extraía el fluido con una lanceta para ponerlo a otra persona», explica Ricardo Campos, historiador de medicina y psiquiatría en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

Pústulas y costras que que aparecían en las manos tras la vacunación de la viruela. CDC/ Dr. John Noble, Jr.

Fue esa también la manera gracias a la cual España consiguió hacer llegar la vacuna a las colonias en la conocida como Operación Balmis, tan de actualidad este año del Covid, ya que su nombre se utilizó para el despliegue del ejército durante el primer estado de alarma. Esa operación partió de A Coruña en 1804 y utilizó a una veintena de niños de varios orfanatos para que lleven ellos mismos la vacuna en sus pequeños cuerpos. A su cargo va la enfermera Isabel Zendal, también hoy de mucha actualidad después de que se haya dado su nombre al hospital de pandemias. «Escogen a niños de orfanatos porque nadie los va a reclamar y la travesía es entre heroica y tremenda… Hay niños que fallecen, pero se consigue ir transmitiendo la vacuna y que se establezca la cadena», explica Campos.

De los niños a los terneros

Sin embargo, pronto la Medicina encontraría una manera de facilitar la distribución de la vacuna y que evitaba tener que volver de nuevo a visitar a los vacunados para extraerles la linfa (el líquido del interior de las pústulas). «El hecho de que los vacunadores tuvieran que volver era motivo de rechazo por parte de algunas personas, sobre todo del campo, a las que ni les gustaba que apareciera un forastero en el pueblo para vacunar ni tenían tampoco tiempo para estar perdiendo de sus labores en el campo», explica Campos.

Por ello la introducción de los terneros en la técnica de vacunación consiguió facilitar un poco la operación. «Aunque para aquel momento también se había conseguido mejorar algo la conservación de la vacuna, la utilización de terneras con la enfermedad original permitía sobre todo una mayor capacidad de producción de vacunas. De aquellos años hay dibujos en los que se ve a los médicos subiendo a casa de los ricos con la ternera en los brazos para aplicar la vacunación», relata el científico.

Otra de las ventajas de aquel cambio de técnica fue el de evitar la transmisión de la sífilis – se le llamaba directamente sífilis vacunal – que pasaba de persona a persona, especialmente cuando los encargados de vacunar no eran médicos sino curanderos, barberos e incluso madres, que como recuerda Campos, «llegaron a formar redes populares de vacunación en sitios tan lejanos como A Coruña o Barcelona».

Aquello supuso un importante avance en la vacunación, una ciencia que ha conseguido salvar millones de vidas desde entonces y que, salvando las distancias, vuelve a enfrentarse a retos y lograr hitos que recuerdan a aquellos más de dos siglos después.

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