Un negro víctima de la brutalidad de un policía blanco. Llamados respectivamente George Floyd y Kevin Chauvin. Eso, y por ese orden, dice el alcalde de Mineápolis Jacob Frey en The Daily, el podcast del New York Times hasta tres veces en unos treinta segundos. Como tanto Mineápolis, que es donde ocurrieron los hechos, como Nueva York, que es donde ocurre todo, han sufrido las consecuencias en forma revueltas raciales, el incendio hasta los cimientos de una comisaría de policía y escenas destrucción urbana más habituales en sitios como Bagdad, Kabul o Damasco merece la pena prestar atención a las explicaciones de Frey.
En términos parcialmente literales tiene razón el alcalde: la terrible grabación de la agonía y muerte de Floyd, suplicando por su vida bajo la indiferente brutalidad de Chauvin parece hablar por sí sola. Más aún apenas semanas después de la conmoción causada por el asesinato del joven afroamericano Ahmaud Arbery por un expolicía blanco y, también en mayo, la muerte a balazos durante una operación policial de la enfermera negra y perfectamente inocente Breonna Taylor.
Y todo esto, por si fuera poco, al tiempo que emergen las terroríficas cifras del impacto del Covid-19 sobre la comunidad negra en Estados Unidos y que doblan la mortalidad en el resto de la población.
Normal, que no de los afroamericanos que se manifestaban, más o menos pacíficamente en Mineápolis, explicara que se había sumado 'porque no quiero que me maten'
Normal, que uno de los afroamericanos que se manifestaban, más o menos pacíficamente en Mineápolis, explicara los reporteros que se ha sumado a las protestas "porque no quiero que me maten". Después de todo, esta es la misma ciudad que presenció el asesinato de Jamar Clark en 2015 y de Philando Castile en 2016. De nuevo afroamericanos, de nuevo policías que, en todos los casos y ojito al detalle, no sufrieron ningún tipo de castigo en los juzgados.
Normal también, que el presidente de la NAACP en la ciudad Leslie Redmond observara que la explosión de violencia [was] a long time coming que es el giro en inglés para expresar que "se veía venir y además se lo merecen". Como la NAACP sigue siendo la organización más importante y, crucialmente, más moderada en defensa de los derechos de los negros en Estados Unidos las declaraciones dan la medida de la seriedad de la crisis.
Además, casi con certeza, va a ir a peor. Una de las autopsias ha revelado que la causa de la muerte de Floyd fue un fallo cardiaco derivado de una enfermedad coronaria previa, el consumo de fentanilo (un sustituto de la heroína) y "recientemente" de meta-anfetamina (similar a la cocaína). La maniobra que le realizó Chauvin para controlarlo hasta que llegó una ambulancia no le ahogó, después de todo. Se trataba además de un varón de dos metros, hipermusculado, bajo el efecto del consumo "reciente" de meta-anfentaminas y cuyo arresto requirió el concurso de tres agentes.
Como ni las imágenes de las cámaras personales de los citados agentes se han divulgado ni estos, sin duda aconsejados por sus abogados, han realizado declaraciones, los derroteros que va a tomar el caso en sede judicial se adivinan deprimentemente predecibles: las victimas pedirán cadena perpetua por homicidio doloso y la cosa quedará en de dos a cuatro años de cárcel por alguna forma de homicidio involuntario con numerosos atenuantes o directamente la absolución. Y más comisarías van a arder.
Situar este horror en una dinámica exclusivamente racial tiene la ventaja de ofrecer una respuesta simple, emocionalmente gratificante y además, obviamente, parcialmente correcta. Lo malo es que, como suele ser el caso, siendo simple también, se trata de una respuesta perfectamente inadecuada para un problema complejo, por parcial es absolutamente incorrecta y, peor aún, al ser emocionalmente gratificante también es contraproducente.
Por ejemplo, una dimensión crucial que se pierde en la narrativa exclusivamente centrada en el racismo es la del abuso policial en sí mismo: desde luego, la población blanca es considerablemente menos propensa a ser abatida por la policía en términos estadísticos, pero aun así, tomando las cifras de 2015, una mayoría significativa de víctimas desarmadas de la policía son blancos (63% frente a un 37% de afroamericanos) y blanca es aproximadamente la mitad del número total de víctimas mortales.
Visto desde el punto de vista contrario, entre los policías no blancos también parecen abundar los casos de gatillo fácil: a Philando Castile le mató Jerónimo Yanez, un policía de origen hispano y en la grabación de la muerte de George Floyd destaca el papel estelar de Tou Thao, un policía perteneciente a la etnia Hmong.
Ambos casos han generado numerosos análisis agónicos acerca del racismo dentro de otras minorías. Bienintencionados, con frecuencia escritos en la primera persona del plural y, de nuevo, de dudosa utilidad. Pero gratificantes.
Otra forma menos cómoda y menos mojigata de ver la cuestión podría ser examinando la cultura de impunidad policial sostenida sobre el poder absolutamente desproporcionado de los sindicatos policiales – que han pagado y pagan los abogados de todos los policías mencionados irrespectivamente del origen racial de víctima y victimario.
Otra pasaría por evaluar la cultura de las armas y el culto a la violencia en general imperantes en la sociedad norteamericana y que justifican en buena medida la tolerancia hacia los excesos de unos policías que se juegan literalmente la vida cada vez que salen a trabajar.
Ya puestos, uno también puede valorar la cuestión económica, ya que esos excesos policiales se ceban en las comunidades socialmente excluidas con mayores índices de delincuencia, ergo de contacto desagradable con la policía entre las que son mayoría, adivínenlo, los afroamericanos.
Y así mirado podríamos observar que Kevin Chauvin abusó de su poder policial para matar a un hombre pobre e introducir mecanismos para corregir el abuso y el problema subyacente.
También podríamos examinar la muerte de George Floyd (o a Castile, o a Breonna Taylor) como el asesinato de un ciudadano cuyos derechos han sido consistentemente violados y a Kevin Chauvin (o a Tou Thao o a Jerónimo Yanez) como agentes del orden que han abusado criminalmente de su poder y contener, para empezar, el poder de los sindicatos policiales.
Pero no. Estos ejercicios tienen la ventaja de ofrecer perspectivas complejas y un abanico de soluciones prácticas y reales; y la desventaja de que son soluciones parciales, técnicas y con nula dimensión identitaria. En vez del eslogan "las vidas negras importan" nos encontraríamos con "la ley hay que cumplirla" o "los impuestos sirven para crear redes asistenciales". Y claro, no es lo mismo que "cambio real ya" y su je ne sais quoi.
Además de a un hombre negro, en EEUU llevan décadas matando entre todos la idea misma de comunidad de ciudadanos
Además de a un hombre negro, en Estados Unidos llevan décadas matando entre todos a la idea misma de comunidad de ciudadanos. Buena parte de los líderes afroamericanos han renunciado al compromiso por mejorar por un sistema imperfecto pero que aspira a la igualdad ante la ley. Entretanto, también observamos la espantosa reacción de blancos reaccionarios como Bob Kroll, que preside el sindicato de policías de Mineápolis y para quién solo "importan las vidas de policías" (los hay de otros grupos raciales, pero eso parece que le da igual a todo el mundo), por no mencionar el oportunismo de un presidente Trump más que dispuesto a galvanizar el resentimiento y el miedo de la mayoría blanca.
Y así se va muriendo ese sistema, el liberal, posibilista, cerebral, imperfecto y sin duda a su manera cruel. Y le sustituye una sociedad de colectivos raciales bastante más interesados en acceder o preservar privilegios particulares, disfrazados de "cambio ya" o "ley y orden", que por cosas tan modestas como reformar la policía y aplicar la ley.
Y en unos meses o en unas semanas, ya lo verán, sobre la memoria de George Floyd o de otro muerto más y más terrible, lo que todavía quede del ideal liberal también se morirá un poco más.
David Sarias es profesor de Pensamiento Político y Movimientos Sociales en la Universidad San Pablo CEU, donde codirige el Máster en Comunicación Social, Política e Institucional.
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