El presidente de EEUU puede estar muy satisfecho por tener bajo su control el petróleo de Venezuela y que ahora sea mucho más valioso que hace una semana. Pero la sacudida económica de la guerra de Irán tiene una víctima que no espera el mandatario: el petróleo del futuro. El petróleo que no comprarán los países que, ante una nueva crisis energética de combustibles fósiles como el petróleo y el gas, apuesten por la electrificación de su economía.

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El primer país que va a acelerar esa electrificación es China. El gigante asiático es el segundo mayor consumidor de energía del mundo y principal importador de crudo, pero a la vez lidera la carrera tecnológica de la electrificación y está mejor situado que nadie para convertir el shock petrolero en una ventaja competitiva, aunque su comercio y logística sigan dependiendo del fuel.

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La semana pasada China reaccionó a los movimientos de Trump en Venezuela e Irán con el lanzamiento de la hoja de ruta con su 15º Plan Quinquenal (2026-2030), donde se propone acelerar la transición verde y profundizar en un sistema energético bajo en carbono. No es que los chinos sean de Greenpeace, precisamente, es que ya tienen claro la importancia de la independencia energética.

Un segundo shock que acelera el cambio

La ofensiva sobre Irán ha retirado del mercado del orden de 20 millones de barriles diarios de crudo de los países de la región, según el experto en finanzas energéticas Gerard Reid, lo que ha disparado el precio del petróleo por encima de los 100 dólares y ha reabierto el temor a una nueva recesión global. Para Europa es “el segundo shock” de su sistema energético en apenas unos años, después de la crisis del gas que siguió a la invasión rusa de Ucrania. 

Aquel primer shock ya dejó huella: obligó a gobiernos y empresas a recortar demanda e invertir deprisa en alternativas eléctricas. “Lo que hizo fue empujarnos hacia medidas de eficiencia energética y en realidad nos empujó a electrificar muy rápidamente grandes partes de nuestro sistema. Y veo que eso va a volver a suceder”, explica Reid en un encuentro con medios organizado por Global Strategic Communications Council (GSCC). La tentación, advierte, es sustituir una dependencia fósil por otra. “Pasas de una dependencia a otra y te preguntas: ¿Cuál es la salida? Pues la salida es reducir esa dependencia electrificando tanto como puedas. Esa es la realidad, no hay otra manera.” 

Dentro de las instituciones europeas hay quien quiere ir en esa dirección. Es el caso de la vicepresidenta de la Comisión Europea, Teresa Ribera, ha reclamado que se impulse mucho más rápido la transformación del sistema energético en Europa ante la escalada del conflicto. “Una vez más, la estabilidad, la asequibilidad y la resiliencia están directamente vinculadas a nuestra capacidad de acelerar la transformación de nuestros sistemas energéticos. El riesgo no es movernos demasiado rápido. El verdadero riesgo es movernos demasiado lento”, dijo la semana pasada. La electrificación que persigue Europa también vendrá de la mano de la renovada apuesta de Von der Leyen por la nuclear.

El Karma contra Trump

Michael Klein, profesor de economía internacional en la Universidad de Tufts y ex economista jefe de asuntos internacionales en el Departamento del Tesoro de EEUU, Trump no mide lo que hace como presidente: “Hace muchas cosas sin darse cuenta. No creo que hayan pensado en las consecuencias de atacar Irán; ahora estamos lidiando con el día después”, señala. Pero ese “día después” incluye una realidad incómoda para la Casa Blanca: al encarecer el petróleo, el presidente que favorece el mundo fósil abona el terreno para que China y la electrificación definan el nuevo. 

En Europa, el debate se libra en la factura de la luz y la calefacción. Anupama Sen, head of Policy Engagement, Smith School of Enterprise and the Environment (Oxford), establece una relación directa entre la subida del precio del petróleo y el ascenso de las energías renovables. “Si los precios del petróleo y el gas se disparan y son volátiles, si la volatilidad aumenta, eso debería llevarnos hacia formas de energía y de inversión que nos protejan de esa volatilidad, es decir, hacia energías renovables que sean domésticas, de casa”, asegura.  

Sen destaca que Europa se ha esforzado en los últimos años en su independencia tecnológica y energética por lo que la subida de los combustibles fósiles “aporta munición adicional y una lógica económica más sólida sobre por qué la creación de una base europea estratégica de tecnologías de energía limpia es cada vez más importante”, añade.

Este impulso obliga a la UE a mirar a China como la gran potencia en esas tecnologías ¿pero no conduce a los europeos a otra dependencia estratégica? “Voy a decir algo que a mucha gente no le va a gustar: prefiero depender de China para importar paneles solares y baterías que depender de petróleo y gas del Golfo”, responde Reid. La lógica es temporal, no ideológica. “Porque si compro un panel solar, una batería o un aerogenerador, lo compro una vez cada 25 años; no tengo que comprarlo todos los días. Esa es la gran diferencia.” La dependencia fósil obliga a pagar a diario; la dependencia tecnológica se materializa en una inversión puntual que luego produce energía durante décadas. 

La paradoja es que el país más expuesto al shock y gran rival de EEUU, China, es también el que mejor armado está para usarlo a su favor. Es el mayor importador de crudo del mundo, pero lidera la fabricación de paneles solares, baterías, vehículos eléctricos y buena parte de la cadena de suministro de las tecnologías que permiten electrificar transportes, industria y calefacción. 

Cada euro de petróleo que encarece la gasolina y el diésel mejora el caso económico del coche eléctrico. “En particular, si miro lo que está pasando en China, esto es lo que están haciendo: los coches eléctricos chinos ya son más baratos que los motores de combustión interna. De cara al futuro todo va de electrificación”, señala Reid.