A causa de los últimos acontecimientos en el panorama internacional, el estrecho de Ormuz es un nombre que evoca tensión geopolítica, guerras y subidas de precio en el combustible. Pero hubo una época en el que este brazo de mar no olía a petróleo, sino a clavo, canela, perlas y ambiciones imperiales. Una época de descubrimientos fascinantes, viajes imposibles, personajes legendarios y extravagantes e intereses contrapuestos.
Las huellas de Alejandro Magno
La importancia del estrecho se remonta hace decenios, ya que el golfo pérsico alberga una de las rutas comerciales más antiguas de la historia. Mucho antes de que las potencias europeas soñasen con el comercio de las especias, los macedonios ya sabían lo que valía este lugar. En el siglo IV a.C., el almirante cretense Nearco, por orden de Alejandro Magno, partió del río Ganges y acabó fondeando su maltrecha flota en Harmozeia (actual Minab, en la provincia iraní de Hormozgan), para constatar que el estrecho de Ormuz conectaba la India con los puertos de Mesopotamia. Algo clave para el comercio del nuevo imperio helénico (Arriano, Antonio Guzmán Guerra 2025).
Durante los siglos siguientes, griegos, romanos y los poderosos persas Sasánidas utilizaron el paso para sus respectivos intereses comerciales. Prueba de ello son documentos como “Periplus Maris Erythraei” (Periplo del mar Eritreo), un manual comercial del siglo I d. C. que describe la geografía del estrecho e incluso menciona las huellas que la expedición de Alejandro dejó en la región, 500 años después de producirse (Casson, Lionel 1989).

La edad media en el Golfo
El verdadero "Reino de Ormuz" nació en el siglo XI bajo la sombra del imperio Selyúcida. Fueron los reyes locales quienes, asediados por las invasiones de mongoles y turcos en tierra firme, tomaron una decisión desesperada en el año 1301: mudarse al mar. Trasladaron la capital del reino a la isla de Ormuz, un peñasco de sal y azufre sin una gota de agua dulce. Parecía una imprudencia mover una ciudad a un páramo desolado como aquel, pero el tiempo demostró que fue una genialidad. Cubierto por el mar, el reino construyó una flota de 500 barcos y sus gobernantes pasaron a convertirse en los amos del Índico, controlando el paso de cualquier embarcación que tratase de cruzar esas aguas (Lawrence G. Potter, ed. 2009).
Tan poderosa y rica llegó a ser la isla, que fue un lugar de paso de exploradores como Marco Polo y el mítico almirante chino Zheng He, que la visitó en el siglo XV. Ambos quedaron prendados ante las maravillas, el refinamiento y la majestuosidad que imperaba en la ciudad. (Libro de las maravillas del mundo. M. Moleiro, f. 14v / Cartwright, Mark. 2022)

La llegada de los cañones europeos
Ese fue el tesoro que encontró el almirante portugués Afonso de Albuquerque el "León de los Mares" en 1507, cuando los lusos lanzaron sus carabelas por todo el globo para hacerse con sus riquezas. El almirante comprendió rápidamente la importancia del enclave y sin perder el tiempo, se lanzó a su conquista. Así, con sólo seis barcos y una brutal superioridad artillera, destrozó a una armada de 400 naves locales, consiguiendo una victoria aplastante.
Sin embargo, los portugueses, pragmáticos como eran, no destruyeron el reino. Mantuvieron al rey local como un títere en su palacio, así como sus instituciones, y tan solo se limitaron a construir el fuerte de Nuestra Señora de la Concepción para cobrar la aduana y asegurar el control en la zona.
Y entonces, en 1580, la historia dio un vuelco dinástico. Con la muerte del rey de Portugal, Felipe II reclamó el trono luso y consumó la Unión Ibérica. De improviso, la monarquía hispánica, que ya estaba mirando a América, se encontró administrando el peaje más lucrativo y exótico de Asia. Los propios cronistas portugueses, como João de Barros describían el enclave, recogiendo el testimonio de sus habitantes, del siguiente modo: “si la tierra fuera un anillo, Ormuz es la piedra preciosa engastada en él".


Un ruta de oro bajo el sol español
Durante 42 años Ormuz fue, a efectos prácticos, territorio bajo jurisdicción de los Austrias españoles, y la vida allí era un delirio. El propio San Francisco Javier la bautizó como una "Sodoma oriental". En sus mercados se cruzaban mercaderes armenios, espías venecianos, tratantes de esclavos africanos y soldados extremeños o andaluces que se asfixiaban con sus corazas a más de 40 grados. Al no haber agua ni pastos, todo, desde las frutas hasta las mujeres y el agua dulce, se importaba desde la vecina isla de Qeshm o de la costa persa.
Mas allá de la vida en Ormuz, la ciudad daba más dinero por impuestos que plazas como Goa o Malaca, pero en Madrid no terminaban de entender su valor. La monarquía hispánica tenía otros frentes que cubrir, la plata venía de América, las guerras que se libraban en Flandes y el gran enemigo estaba en el Mediterráneo (los turcos otomanos).

La pérdida de Ormuz
La autoridad de los ibéricos estaba limitada a la sombra que daban sus lanzas, es decir, se necesitaban soldados para cubrir el territorio conquistado y mantenerlo. Pero, para abaratar gastos militares y desviar tropas a otros frentes, Felipe III intentó la diplomacia. Mandó a un noble pacense, García de Silva y Figueroa, como embajador ante el Sah Abbas I de Persia “El Grande”(soberano el Imperio Safávida). La idea de Madrid era establecer una alianza entre ambos reinos y así hacer una "pinza" contra los turcos. De esta manera se conseguía asfixiar a sus enemigos comunes, ya que los persas safávidas controlaban los territorios del actual Irán, es decir, el flaco oriental Otomano. Pero el Sah no quería alianzas con los occidentales; quería recuperar Ormuz, lo que consideraba como “un cuchillo clavado” dentro del imperio.
Así, la falta de envío de recursos por parte del gobierno español dejó a la guarnición luso-española sin refuerzos, aislada y rodeada de enemigos. Finalmente, el clavo en el ataúd lo puso la Compañía Británica de las Indias Orientales, ávida de arrebatar el monopolio comercial a los ibéricos, lograron aliarse con el ambicioso general Safávida Emamgoli Khan. Los ingleses pusieron los barcos y los cañones; los persas, miles de soldados. Finalmente, en 1622, Emamgoli Khan atacó y conquistó la cercana isla de Qeshm, cortando el suministro de agua, y con la guarnición española y portuguesa muriendo de sed, los persas minaron los muros del castillo. Tras meses de duros combates, el 28 de abril de 1622, la fortaleza finalmente se rindió (Morató-Aragonés Ibáñez 2022).

El eco de una derrota
A pesar de la pérdida de este importante enclave comercial, la noticia apenas hizo ruido en los despachos del Conde-Duque de Olivares. No obstante, la derrota no fue pasada por alto por el poeta Francisco de Quevedo quien, con su pluma afilada, puso el dedo en la llaga de la decadencia hispánica en un soneto compuesto en "honor" al mal gobierno de Felipe IV: "Los ingleses, Señor, y los persianos / han conquistado a Ormuz...".
Finalmente, el Sah Abbas destruyó la ciudadela y trasladó el comercio al continente, al puerto de Bandar Abbas para un mejor control de las rutas comerciales y la antaño "piedra preciosa", volvió a convertirse en un peñasco de sal. Así terminó el capítulo español en el estrecho de Ormuz.
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