León XIV visita España

Opinión

El papa y los fariseos

El papa firma en el libro de honor del Congreso ante Francina Armengol, Pedro Sánchez e Isabel Perelló.
El papa firma en el libro de honor del Congreso ante Francina Armengol, Pedro Sánchez e Isabel Perelló. | Eduardo Parra / Europa Press

Si en un futuro alguien decidiera iniciar el procedimiento de canonización de Robert Prevost, su histórica visita a España podría presentarse como prueba de santidad. Durante sus siete días en Madrid, Barcelona y Canarias, León XIV ha obrado el milagro de la unidad que predica con ahínco. O al menos eso es lo que ha logrado proyectar la Iglesia española con la inestimable colaboración del Gobierno socialista, de todas las administraciones implicadas y de una abrumadora mayoría de los medios de comunicación a izquierda y a derecha del espectro radioeléctrico. El papa ha suscitado una sorprendente adhesión en esta sociedad escindida, donde millones de ciudadanos no sólo no creen en Dios sino que piensan que la Iglesia es un milenario y taimado enemigo que expolia, viola niños y lava sus tiernos cerebros desde la educación concertada.

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No se dejen engañar por su apariencia beatífica: León XIV es un hombre "muy conservador", advertía el corresponsal en Roma de la Cadena SER, Joan Soles. Pero su advertencia resonaba solitaria en la emisora progresista más oída del país. La visita del papa no solo ha contado con la bendición del Gobierno, sino con su patrocinio expreso. Pedro Sánchez ha encontrado en la doctrina papal sobre la guerra y la inmigración (hace tiempo que Sánchez se parece más a un gurú espiritual que a un líder político) un valioso asidero al que aferrarse en su lucha por la supervivencia política. Y la galaxia mediática de la izquierda, salvo contadas y marginales excepciones, ha acompañado disciplinadamente la necesidad de Moncloa.

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Aún más prietas que las mediáticas han estado las filas de la alianza gubernamental que sostiene a Sánchez. Si algo ha demostrado la visita papal es la solidez del pacto de supervivencia mutua del PSOE y sus socios. 

Se sea o no católico, hay que convenir que el discurso de León XIV ante las Cortes propició un espectáculo de sumisión sin precedentes en la sede de la soberanía nacional. No del Estado laico ante el vicario de Cristo, como han pretendido algunos, sino del Gobierno y de los partidos que lo sostienen, dispuestos a esconder las banderas que han agitado para llegar al poder y mantenerse en él. Nadie protestó porque el papa no hiciera mención alguna desde la tribuna del Congreso a los abusos sexuales en el seno de la Iglesia, un asunto de máximo interés para este Gobierno hasta hace pocos meses –como lo era la expulsión de los benedictinos de la abadía del Valle de los Caídos, ahora abadía de la Santa Cruz, antes de renunciar a ello de manera vergonzante durante la negociación de los términos de la discreta resignificación de Cuelgamuros–. Pero es que nadie se levantó, ninguna mujer relevante de la izquierda española hizo siquiera una mueca airada, y si se produjo desde luego las cámaras oficiales no la recogieron, cuando el papa rechazó con palabras firmes el aborto o defendió el establecimiento educativo de la Iglesia. Ninguna dijo nada, y después han seguido a León XIV vestidas de negro a misas y vigilias en las que nunca nos las hubiéramos imaginado. Mucho más que las tragaderas ante la corrupción y la deshonestidad, la visita del papa ha demostrado que algunas están dispuestas a todo para seguir atornilladas al Gobierno de coalición progresista. Aun a costa de arrancar algunas páginas de su preciada agenda de progreso.

Mientras este monumental ejercicio de fariseísmo tenía lugar, a cambio de nada y sin fricción alguna, la Iglesia ha conseguido el asentimiento del que en tiempos fuera el Gobierno más hostil con la institución y su ascendiente sobre la sociedad española.  

Francisco no se atrevió a ser árbitro del procés y renunció a venir a España. En cambio, León XIV no ha vacilado en abrirse paso en la discordia española y tomar posesión de este católico país con primorosos discursos ecuménicos. Mientras se dejaba interpretar por unos y otros, miraba a todos con gesto de piadosa paciencia. En Cataluña, con la misma autoridad que esgrimió sus convicciones en el Congreso, Prevost dijo región cada vez que Salvador Illa dijo nación. Le faltó ir a Poblet para culminar la reconquista de Cataluña. ¿Se acuerdan cuando Felipe y Letizia no podían pisar Barcelona? Esta semana reinaron en la Sagrada Familia. La presencia papal propició incluso que la policía autonómica neutralizara el intento de boicot de los cantaires indepes. La Policía Nacional lo detectó, los Mossos ejecutaron.

León XIV ha logrado muchas cosas en este viaje, pero lo que no ha conseguido es que Óscar Puente cerrase el pico. Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja. Tratándose de él, la exhortación de Prevost a los políticos para "custodiar la palabra" solo podía caer en saco roto. Sin esperar siquiera a que el pontífice estuviera volando de regreso a Italia, el menos presentable de nuestros ministros celebraba la calidad del espectáculo de la Sagrada Familia para atacar a Madrid y señalar el mal gusto de los eventos papales en la capital (la pachanga del Bernabéu con Manolo Lama cantando los goles de la Iglesia dio mucha vergüenza, pero la efigie de Gaudí a base de drones flotando sobre Barcelona, de una vulgaridad saudí, demuestra que hasta la pretendida superioridad estética de Cataluña es cosa del pasado).

El penúltimo exabrupto del ministro Puente puso fin a la tregua, al efímero milagro papal y nos devolvió a esa realidad escindida y polarizada, "poblada de fantasmas y enemigos", contra la que estos días ha predicado León XIV en España, y que es condición necesaria para la existencia de un Gobierno como este.

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