España triunfó en las semifinales del Mundial y Rajoy triunfó en la barbería como un torero de barbería (los barberos de antes cortaban mucho las orejas peludas y verbeneras del español y sólo les faltaba sostenerlas luego en alto como castañuelas). Francia no pudo con una España que resulta que no necesita saltar el plinto, que gana al fútbol como al ajedrez, con empollones, con pitagorines armando triángulos perfectos, irreales y más platónicos que pitagóricos. Tampoco los bien pensantes pudieron con Rajoy, que se ha refugiado en el humor igual que los guasones de barbería, con la capa de corte o el periódico desplegado haciendo de capote quevedesco o de babero de niño viejo. Rajoy no ha pedido perdón por su metida de pata porque, simplemente, la gente, sobre todo la que entra en la barbería creyendo que entra en una embajada, no tiene buen humor. Está claro que hay que tener buen humor cuando se entra a la barbería, y más si hay un guasón o un faltón de barbería, jubilado e incontinente. A lo mejor Rajoy desconcentró más a la selección francesa que nuestro centro del campo hecho de escolares con plumier y clarinete, pero eso no es razón para aplaudirle. Ni siquiera Sánchez es excusa para ir quedando como un racista, aunque sea entre pelos de cogote y calendarios de Marisol, que por ahí anda Rajoy.
Rajoy no ha pedido perdón porque aquí nadie pide perdón y no va a empezar él por un artículo de barbería, como esos artículos de mesones que luego, efectivamente, uno veía colgado en el mesón como si fuera una pata de jamón, con el papel de periódico ya atocinado y amoscado. Desde su tribuna como un sillón de barbero, o como un trono de Salomón guasón, o como aquel palco de los Teleñecos, Rajoy ha agradecido con sorna y como con espuma de afeitar en la cara la atención que le han prestado las “autoridades”, para luego quitarle mérito a lo suyo en comparación con los méritos de otros. Tiene razón Rajoy porque eso del perdón es algo que ha desaparecido de España, como los barberos taurinos (ahora los barberos parecen artistas de collage, con mandil, tatuaje, soldador y engrudo). Aquí nadie pide perdón, nadie asume responsabilidades, nadie se siente concernido, nadie se acuerda siquiera de lo que dijo en la campaña, en el telediario o en el artículo o el libro escrito por el negro (negro literario, no de Rajoy). Aunque se le olvida a Rajoy que el argumento para no pedir perdón suele ser que el otro tampoco lo pide y, además, lo del otro es peor que lo tuyo. O sea, justo lo que ha dicho él. El castizo “y tú más” con el que parece que se empata todo. Claro que se empata porque casi nadie se pone a echar las cuentas, que si no ganaría Sánchez hasta en el Mundial.
Ahí está toda la corrupción del sanchismo, pero luego Rajoy habla de la francesidad cromática y Feijóo habla de cáncer y todo queda en empate
Sí, es cierto, aquí nadie pide perdón, todavía menos en el sanchismo. Y, lo que es peor, nadie es responsable de nada. Los ministros no tienen competencias sino Twitter, el presidente del Gobierno no tiene ministros sino desconocidos (es como si el Gobierno fuera una pensión de viajantes y maletillas), el partido no tiene cargos ni jerarquías sino aprovechados, Sánchez no tiene subordinados sino infiltrados y no tiene siervos ni colocados sino perseguidos. Sánchez no tiene siquiera familia, sino sólo mártires. Todo lo que pasa, desde la corrupción a Adamuz, desde el enchufe a las cloacas, es fortuito, sorprendente, inevitable, trágico, si acaso, como mucho, injusto. Y, sobre todo, no tiene ni consecuencias ni culpables. Los únicos que tienen aquí culpa de algo, o de todo, son los jueces fachosféricos, que son ya todos o casi todos porque, si no, no hay manera de cuadrar las culpas de tanto inocente. Las culpas no se asumen, sino que se ignoran o se endilgan, pero si se hace así es porque funciona, porque el españolito, cansado o predispuesto, olvida y no hace cuentas. Ahí está toda la corrupción del sanchismo, pero luego Rajoy habla de la francesidad cromática y Feijóo habla de cáncer y todo queda en empate.
Se diría que el Gobierno es como una pinacoteca, que el PSOE es sólo como una estación de tren por la que pasan estafadores y novicias, y que Sánchez es algo así como el más tonto de los listos o el más listo de los tontos. En cualquier caso, nunca pasa nada para que pase algo. Mangazos y extorsiones, mentirosos y trincones, esbirros y lacayos, imputados y condenados desfilan en pasacalle, como gigantes y cabezudos, y no pasa nada. Se podrían llevar a Sánchez en una lechera de la policía, como al Joker de los Sanfermines (ya se va pareciendo a él) y tampoco pasaría nada. Ábalos empata con la Gürtel, Leire empata con la Kitchen, y así, una y otra vez, patadón y a seguir. Sí, tiene razón Rajoy, lo suyo ha sido una distracción dentro de una distracción, un meme dentro de un meme, como el meme de la defensa de nuestra selección, con el niño trompeta y el gato melenudo. Ha sido un comentario de barbería en una España que es en realidad una barbería, y lo es porque conviene que sea una barbería y también porque hay gente que se presta a convertirla en una barbería. Él, por ejemplo.
Hasta Francia reconoce el éxito de España, así que quizá los plumillas deberíamos reconocer el éxito de Rajoy, que yo creo que es un auténtico influencer de barbería, una categoría que seguramente sólo existe en España. Es posible que tenga más éxito como articulista que el que tuvo como político, y diría que su vocación se veía venir, que lo suyo también fue siempre un poco ir mirando la vida pasar e ir haciendo glosas ambiguas y de lejos desde el balconcillo del Congreso, mientras la actualidad le despeinaba la barba. Rajoy tiene razón en que aquí nadie pide perdón, no lo pide un sanchismo que hiede de corrupción e ineptitud y no lo va a pedir él por un comentario de barbería con un poco de pelo de barbería. Pero Rajoy no se da cuenta de que el “y tú más” funciona porque aquí nadie se pone a medir y pesar la viga y la paja. El “y tú más” funciona como un empate automático, por pereza o por hartura. Igual que en la barbería, un zasca empata con un razonamiento y un desliz puede empatar con la pura maldad. Sí, por eso los políticos salen a empatar, porque empatando ya ganan, sobre todo si van perdiendo. Y es que la cosa parece, ciertamente, un artículo de Rajoy. Quizá nos merecemos a Rajoy como nos merecemos a Sánchez. Mientras no nos hartemos de que los políticos salgan buscando el empate y el piscinazo, habrá que dejar la cosa así: Rajoy 1 – Sánchez 1.
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