Opinión

EL GOLPE

España sin España

España sin España
Decenas de aficionados de la Selección Española durante un partido del Mundial de fútbol 2026 | Europa Press

Estos días grandes de fútbol, que son como días de batallas navales encargadas por la propia historia, no hace falta preguntar qué es España porque es estar viendo España ser España. Y no como en una tertulia ni como en una pinacoteca, sino como en la cubierta de un galeón, con la bandera tiritando y salpicando igual que un foque. La selección de Noruega ha puesto de moda el remo vikingo, aunque lo que mola de los vikingos no es que remen ni que gruñan, sino que venzan o al menos atemoricen. La selección de Noruega ha recuperado la identidad futbolística y hasta nacional no por Haaland, entre dios del trueno y sirena de bañera, sino por las expectativas de éxito. Un proyecto común de éxito, eso es lo que une y hasta emborracha a la gente, incluso para que tipos serios o gélidos se pongan trenzas postizas y remen en la grada o en un taburete como en la batalla. El ritual de Noruega no era tanto un ritual guerrero sino de sincronía, o sea de propósito; un ritual además ascendente en intensidad, que culmina en el máximo esfuerzo y la máxima recompensa. Nosotros tenemos banderas desenrolladas como tapices reales, señores vestidos de torito de felpa, cánticos de taberna como si fueran de capilla y novias en los hombros como en la piscina. Pero parece que sólo tenemos propósito en el fútbol. Que España sólo existe en el fútbol.

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Noruega es más Noruega con este intento, con esta embestida, y hasta Cabo Verde es más Cabo Verde, o ha empezado a ser Cabo Verde, que es como si los caboverdianos, un poco africanos y un poco atlantes, acabaran de poner el país en el mapa, como una pieza de puzzle o una esquirla del asa de África. Los noruegos ahora son guais, que parece uno de esos milagros de Navidad con muñeco de nieve viviente, y en Cabo Verde, un país pequeño, con numerosa y sufrida diáspora (esa sensación de disolución que conlleva el exilio), ahora tienen por orgullo ser algo así como héroes de cómic, como habitantes de Wakanda. El fútbol no sólo es fútbol, siempre es algo más (casi todo es siempre algo más, siquiera en lo simbólico, y, como venía a decir Roland Barthes, el que está ciego a la simbología está ciego al mundo). El fútbol no sólo es fútbol, salvo aquí, donde, al menos con la selección nacional, cuando se pliegan las banderas y las camisetas, como embozos de madre o velos de novia, parece que desaparece el país y hasta la historia. Sí, entonces volvemos a ser plurinacionalidad, o tribu, o Estado español, o “este país”, que es como se llama España en pesimista.

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Cuando pase el fútbol, como una naumaquia de fango y gloria, volveremos no ya a no saber qué somos, sino a no saber qué queremos

Vamos a jugar con Francia la semifinal del Mundial, y no se trata ya de la victoria o del ranking sino de la cercanía y la inminencia del concepto de España, que nos atropella por la calle con sus autobuses rojos y nos arrolla en los bares como la camarera con patines y coletas. Vamos a jugar con Francia y no es que la cosa tenga ecos de Napoleón, ni siquiera de Rajoy (parece mentira que un político se haya olvidado de que sus palabras siempre van a ser política, o no parece tan mentira, en realidad). Estos días grandes de fútbol de lo que tienen eco es de algo que nos falta, que nos falta hace mucho además, no sé si desde Fontainebleau o desde Ortega o quizá desde siempre. Tenemos cerveza, tambor y loroloro (somos un poco vikingos sin trenzas, ahora que caigo), y tenemos a la novia, con súbita belleza californiana de novia del quarterback, con la camiseta de Iniesta, y al hijo con la camiseta de Lamine, y al padre a lo mejor sólo con la de Naranjito, pero nos las hemos puesto, todas, como armaduras de samurái. Tenemos todo esto, y la bandera de abanico o de mantón de Manila, y la esperanza y la fe, y el orgullo y el miedo. Lo tenemos casi todo, menos una España a la que volver después del fútbol o de la batalla.

En estos días grandes de fútbol, como días santos, como domingos en martes, como bodas en mayo, no tanto con juego sino con sacramento, no tanto con guerra con otro país sino con armisticio con nosotros mismos; en estos días, lo que parece es que sólo tenemos fútbol y a lo mejor es verdad. Sólo tenemos fútbol y necesitamos más, por eso nos llena tanto, o queremos que nos llene tanto, que al final más que vikingos vamos a parecer argentinos. Creo que fue Borrell el que dijo que las fronteras son las cicatrices de la historia, o lo dijo algún otro cursi que él copió aún más cursimente. Pero la verdad es que es así. Mucho peor que la cursilería del humanista universalista es la paletada del reaccionario nacionalista. Por cierto, me he acordado del reaccionario francés Joseph de Maistre y su famosa frase: “He visto franceses, italianos, rusos... Sé incluso, gracias a Montesquieu, que se puede ser persa. Pero en cuanto al hombre, declaro no haberlo encontrado nunca en mi vida; si existe, es ciertamente sin que yo lo sepa”. Todos los nacionalismos se mantienen en esta paletada, incluidas nuestras ínclitas y progresistas tribus de montaña, ribera o campanario. Lo curioso de España es que parece ser la única gran nación de Europa que no tiene derecho a la paletada del nacionalismo. No tiene derecho ni a ser. Salvo en el fútbol.

En estos días grandes de fútbol, lo que pasa es que vemos una España sin España que nos llena y nos deja vacíos sucesivamente, que nos eleva y luego nos tira, que nos deja cojos o huérfanos. Que no haya España más allá del fútbol no es una cuestión de añorar patrias decimonónicas o treintañistas con imperios a vapor o águilas desplumadas. Ya he dicho muchas veces que las naciones son constructos del azar o del interés, que el Estado moderno es un Estado de ciudadanos, y eso es lo que nos salva (de momento) de la tribu. Lo que ocurre con España no es sólo que no tenga derecho al nacionalismo ni al chovinismo, aunque sus tribus sí lo tengan, sino que no hay objetivo común, sólo despiece y rapiña. Sí, no tenemos proyecto común, y así no puede funcionar nada, ni España ni Noruega ni Cabo Verde, ni los trenes ni el fútbol. En estos días grandes de fútbol parece que no hace falta preguntar qué es España porque todos lo vemos, pero sí que hace falta, porque sigue siendo una España sin España. Cuando pase el fútbol, como una naumaquia de fango y gloria, volveremos no ya a no saber qué somos, sino a no saber qué queremos. Hasta el próximo campeonato, al menos.

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