Opinión

Moreno Bonilla, boda de penalti

El presidente de la Junta de Andalucía en funciones y candidato del PP, Juanma Moreno Bonilla.
El presidente de la Junta de Andalucía en funciones y candidato del PP, Juanma Moreno Bonilla. | EP

Moreno Bonilla ha tenido una toma de posesión muy ajardinada, que quizá no le queda otra que ir ajardinando el pacto con Vox, igual que se ajardinan las calores o los cementerios. La liturgia, en los jardines del Palacio de San Telmo, fue una cosa ya de verano municipal, como esas reuniones de poetas de las mareas y músicos de la luna que se empiezan a hacer en los pueblos por esta época, con cartelón, abanico y azafata de Tío Pepe. Tenía mejor cara Juanma Moreno que el otro día cuando firmaba el pacto, que era una cara de apendicitis, de letra de cambio o de boda de penalti. Yo creo que la mala cara del principio, como el pacífico jardín de después, están muy pensados: uno admite que hay boda sin amor o hipoteca sin ganas pero luego apechuga con el compromiso y le pone hasta un poco de fiesta, de vals y de brocheta de fruta. Haber puesto la sonrisa del vendedor de lavadoras, o haberse dado el abrazo de los falsos compadres, como el que se dieron Sánchez e Iglesias, que parecía que sacudían tapices del Congreso o quizá sólo alfombras de la mudanza; eso hubiera sido muy falso, muy sanchista incluso. El pacto tenía que doler un poco en el epigastrio, quizá de verdad, mientras Manuel Gavira, de Vox, se reía con risa de casino o de braguetazo. Luego, bajo los perifollos y las cucardas, todo se santifica o se olvida.

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Moreno Bonilla se casaba de penalti, con jardín de niños y de suegros, con asistencia y catering apenas dignos. No había figurones del partido, sólo Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría, que parecían parientes de Logroño, y Elías Bendodo como un sacristán de Feijóo. No debe de estar especialmente orgulloso o cómodo Feijóo con este pacto, que su ausencia parecía la del padrino o la del padre. Claro que siempre resulta difícil saber dónde está o qué planea el líder del PP, por eso solemos sospechar que no sabe muy bien dónde está ni tampoco planea demasiado nada, ni siquiera comprarse una corbata o una excusa para un evento que se veía venir. Yo creo que Feijóo sigue atascado entre la necesidad y la vergüenza de Vox, entre el cortejo y el distanciamiento con Vox, como entre dos corbatas horrorosas. Tendría que haberse decidido hace mucho tiempo, pero decidirse, como declamar, no es lo suyo. Así que ahí sigue, mirando las dos corbatas, cosa que nos hace pensar que son verdaderamente horrorosas las dos, y alguien que sólo tiene dos opciones horrorosas puede parecer también, pronto, una opción horrorosa. O se pacta y se intenta llevar con dignidad y con líneas rojas (no van a parecer líneas rojas muy satisfactorias si a uno le siguen dando miedo o vergüenza), o se hace uno el digno, apechuga con la dignidad igual que con el bombo, y a ver quién gobierna.

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Moreno Bonilla se casaba de penalti, decente y tristemente, con la croqueta fría, el vino caliente y el padre ausente, y parecía el primer novio triste o decente del mundo. Es curioso porque no es ni mucho menos el primer barón del PP en pactar con Vox, pero se diría que era, de repente, el príncipe azul, y no sólo de Vox sino sobre todo del sanchismo. El “fascismo” no parecía haber conseguido mucho por Castilla y León, Extremadura o Aragón, apenas colocar alguna capea y, de camino, algún señor de capea. Pero ahora, rendido Moreno Bonilla, el último moderado, el último heredero o el último caballero, el fascismo ya parece inevitable, apabullante y contrachapado, ya vamos directos a ser Austria o Alemania, que diría Manu Sánchez (está el chaval haciéndose su propia colección de cromos del fascismo con el Mundial, o está haciéndose su propio Mundial con sus cromos del fascismo). Seguramente esto no tiene que ver con Juanma Moreno, triste, decente, resignado o sobrepasado en su boda, sino con que Sánchez ahora apenas tiene la carta del fascismo para jugar, el cromo del fascismo para cambiar.

Vox tiene que cumplir el ciclo de los populismos, o sea que tenemos que verlos en sus sillones de fraile resultando inútiles, retóricos o ridículos en un gobierno real"

Moreno Bonilla se casaba de penalti, o sin amor, que no es lo mismo; se casaba un poco de luto, ante las escopetas de la política, entre toses y reojos, aún justificándose o convenciéndose bajo la beatitud de los árboles, que hacían de cedazo de pájaros, de sol, de miedos y de esperanzas. Algunas bodas son irremediablemente tristes o incluso amargas, pero, como ya he dicho otras veces, Vox tiene que cumplir el ciclo de los populismos, o sea que tenemos que verlos en sus sillones de fraile resultando inútiles, retóricos o ridículos en un gobierno real, y por tanto innecesarios en la política real. Es lo que estaba ya ocurriendo, que a nadie le parece que el fascismo vaya triunfando, mucho menos seduciendo, por Zaragoza o por Valladolid. Este desengaño de los populismos quizá es un proceso más rápido si se ajardina un poco, si se les pone, como en una pérgola, una consejería de Turismo con rango floral de vicepresidencia y con rango sentimental de nidito de amor, desde la que se dedicarán a las capeas y los porrones. O sea que el sacrificio de Moreno Bonilla, como la boda con lágrimas de una princesa, lo mismo le facilita luego las cosas al perezoso Feijóo.

Moreno Bonilla ha tenido una toma de posesión ajardinada y nupcial, aunque con el agobio, el disimulo o la necesidad de una boda en julio o de un pregón municipal en julio. No le quedaba otra al presidente andaluz más que ir con flor a la boda triste y con vino al tálamo frío. No es, como decimos, el primero del PP, lo que pasa es que a él, con esa pinta de novio aplicadito y soso, de buen chico sin alardes, como esos opositores de antes, le queda peor que a nadie esta novia jaquetona. También a Sánchez le viene mejor que nunca el escándalo de otros, aunque sean de jardín, como los escándalos galantes. Seguro que Moreno Bonilla estará pensando que todo se olvidará pronto, bajo la parra del verano. Y Sánchez estará maldiciendo porque todo se olvidará pronto, con su próximo escándalo.

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