Julito Martínez tira ya de la manta maragata, familiar, venezolana, china, universal, talantosa, dialogante, pacificadora, gruesa y mugrienta de Zapatero. Ante el juez Calama, al que se le está quedando un caso límpido, con Zapatero con el botín ovillado y crujiente en los bolsillos como un ladrón del Rastro, Julito ha explicado que el expresidente con melancolía lunar de Pierrot fue quien medió en el rescate de Plus Ultra y que Análisis Relevante era una tapadera para los pagos a Zapatero, que lo manejaba todo. La empresa incluso abonaba una cantidad fija, una iguala, a sus hijas, un poco hijas de la luna también. La iguala tiene todo el sentido familiar de una paguita de adolescente a quienes no han dejado de ser adolescentes y todavía están con corazones rosas en los cuadernos y puesto de limonadas caseras. Lo que parece increíble no es que a Zapatero le gusten el dinero y los collares como sauces llorones, sino que haya intentado despistarnos con estas cosas, con puestos familiares de limonada, con amigos simplones con delantalillo y tonsura de calva, como un amigo de barbacoa, y, eso sí, con su sonrisa de tragabolas de la democracia o de las dictaduras. Julito Martínez tira de la manta pero resulta que la manta tapaba poco, apenas era un taparrabos o un felpudo con mucho fleco y mucha pelusa atigrada, aselvajada y asalvajada por el tiempo.
La manta era poca manta, la tapadera era poca tapadera, las hijas eran poca cosa con su empresa de broma o con broma y sus flyers de bareto, y en realidad Julito Martínez podría haber llevado toda la trama en una servilleta de papel, como una idea para una canción indie (las canciones indies yo creo que se quedan en la servilleta para siempre, y hasta siguen sonando a servilleta siempre). A mí esta simplicidad o esta simplonería, esta irresponsabilidad, incluso, de meter a tus hijas a hacer flyers de tus negocios subterráneos o chinescos (nunca mejor dicho), no me parecen prueba de simpleza sino de seguridad, de tranquilidad. Da la impresión de que Zapatero se creía impune y por eso no se molestó mucho en enmarañar lo que sin duda su posición, su trabajo, su ideología y la historia le habían otorgado merecidamente, como si fuera un indiano con plantación, y lo que, además, sus poderosos contactos o socios se encargarían de proteger. Hay algo no de modestia, sino al contrario, de engolada soberbia, en montar una trama internacional o geopolítica con lo que tienes en casa, como si fuera esa barbacoa con amigos de calva y butifarra rosadas.
Zapatero se creía impune y por eso no se molestó mucho en enmarañar lo que su posición le había otorgado, y lo que, además, sus poderosos socios se encargarían de proteger
La manta, leonesa y familiar, como una manta de borriquillo, era poca manta, y hasta Julito parece poco Julito, ahí desde el principio con su diminutivo como de recadero del pueblo con pañuelo anudado a la descampada frente (en realidad era algo así, que el juez Calama lo ha llamado “correveidile”). Julito, desde ese despejamiento de su propia figura, ha despejado algunas dudas, porque sabemos que al soplón no le sirve de nada mentir, pero no ha aportado ningún gran descubrimiento, ningún sorpresón, aunque ya nada nos puede sorprender. Una vez que el diseño servilletero de la cosa (hasta los grandes robos se pueden planear en una servilleta) tampoco se ha revelado demasiado misterioso, lo que queda por saber es qué más negocios vinieron de la influencia o influjo de Zapatero y, sobre todo, en qué altas autoridades públicas influyó. Julito no ha dicho nada de esto, aunque yo creo que la Moncloa habla incluso más claro que Julito Martínez vaciándose los bolsillos de servilletas, pesetas y canicas ante el juez. Y es que los negocios de Zapatero, desde Venezuela o desde China, llegan al propio Consejo de ministros y en esas alturas quedan todavía menos misterios que en la servilleta.
La Moncloa sigue defendiendo a Zapatero, sus ministros oficiantes (lo suyo no son comparecencias sino algo así como misas cantadas) y sus exministros exprimidos (María Jesús Montero, con su cosa de medio limón político en el fondo del frigorífico sanchista) no dejan de reiterar la confianza en su inocencia, que es la misma confianza inquebrantable y agónica que muestran con Begoña o con el hermanísimo lírico y náufrago (él es como un náufrago de la nieve de San Petersburgo que acabó en Badajoz como en un islote). A uno le sigue pareciendo que Sánchez no puede sino seguir defendiendo a Zapatero, y a Begoña, y al personaje de David Azagra (David Sánchez cuando se quita la peca), porque dejarlos caer sería caer con ellos. Con Zapatero aún tiene la esperanza de la leguleyería, el tecnicismo, la triquiñuela, la nulidad que ya ha ha solicitado su abogado, y que no salva la cara pero sí el pellejo. Si no, siempre quedará el lawfare, que suena a fuelle con el que quieren aventar todos los escándalos y hasta convertir a los jueces en Marilyn enseñando la braga de encaje. Defender con tal fuerza la inocencia de Zapatero, ante tantas evidencias, puede parecer increíble o ridículo hasta que uno cae en que es inevitable si, en realidad, estás defendiendo tu propia inocencia.
Julito Martínez tira de la manta doméstica, escocesa, venezolana, china, españolísima y vieja de Zapatero, que no era mucha manta para las vergüenzas del expresidente pero tampoco es algo insignificante. Los arrepentidos, las ratas, los delatores, los testaferros, los esbirros y los correveidiles han sido convocados a la supervivencia y, cada uno con su mantita, o su plano o canción de servilleta, van a dibujar todo el mapa de esta época. Lo van teniendo claro los jueces, la ciudadanía y también la Moncloa. Sánchez defendiendo lo indefendible no es una contradicción sino una necesidad, una inculpación, una obviedad.
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