Todavía en vaqueros, alpargatas o bicicleta, los políticos llegan a septiembre igual que los escolares. El Sánchez de la Mareta es como el repetidor despreocupado y golferas (aunque casi nadie repite ya) que ha tenido un verano de fumar, cazar lagartijas y tirar piedras al río y a las señoras con capacho. Feijóo, por su parte, ha abierto el curso como un empollón, allí entre los robles gallegos como lápices de plumier nuevo, deseando que empiecen las clases, los exámenes y las raíces cuadradas. A Sánchez, desahuciado cada año, superviviente de las mates y los batacazos, martirizado de Veriscrom, viejo de fracaso como esos niños viejos que uno veía en su escuela, como mendigos que no se molestaban en mendigar ni siquiera el aprobado; a Sánchez, sin presente, futuro ni fecha para nada salvo asaltar las higueras, le dan igual el curso, el calendario, la seño y las raíces cuadradas del país. Nadie espera que Sánchez haga nada salvo barzonear y buscar la mejor piedra para el tirachinas o para hacer la rana (epostracismo se llama la cosa, que parece que lo hiciera Heráclito). Es Feijóo el que tiene que aprobar los exámenes, aprender logaritmos, pasar a pasiva y usar ese compás que a nosotros nos convertía un poco en espadachines de la geometría, cirujanos de lápiz o ingenieros de la merienda.
Llega septiembre, con olor a alacena y zapatos nuevos; llega Sánchez quemado e incólume, como esos niños a la vez quemados e incólumes de escuela, y llega Feijóo como con corbatín, aunque no sabe uno todavía si es corbatín de pitagorín o corbatín de figurín. En Galicia, con los árboles como severos maestros ancestrales, como monjas de parvulito, altas y de gran toca, Feijóo ha vuelto a hablar del cambio. Es algo que lleva diciendo desde que llegó y, además, es una palabra que han dicho todos y ya está vacía, como casi todas las palabras en política y como el mismo futuro en política. En realidad el político ya no puede decir nada concreto de ese cambio ni de ese futuro porque ni siquiera sabe qué podrá hacer cuando llegue el momento. El voto del “cabreo” y la “esperanza” también es un tópico, como el septiembre que sale de los armarios, los sombreros y las librerías, y como la escuela de puntos cardinales cantados y gusanos de seda (toda esa escuela que estoy sacando y que ya no existe, claro). Si uno no se cabreara con los políticos, y no tuviera a la vez algo de esperanza, no iría a votar nunca, sino que se quedaría tocando la armónica como un golfillo con armónica, heroico y pagano en sus novillos.
A Sánchez ya lo conocemos, como al mal profesor o al abusón del patio. Lo de Ceuta parece ahora definitivo, en cabreo, incompetencia, mentiras y desfachatez, pero ya hemos tenido muchos escándalos que parecían igual de definitivos, o más, y ahí sigue Sánchez, dando la lección y dando collejas. El cabreo hay que articularlo en alternativa y en ideas, porque todos los cabreos terminan confundiéndose, como todos los escándalos y todos los septiembres, con olor a la misma vendimia, al mismo cajón, a la misma lluvia que parece que cae de un panal. “No quiero llegar a la Moncloa simplemente por el fracaso del sanchismo. Quiero llegar porque sé lo que hay que hacer después de Sánchez. Y os aseguro que lo haré”. Eso ha dicho Feijóo, cosa que podría haber dicho hace cuatro años y de hecho lo dijo, casi exactamente igual o aún con más vehemencia y urgencia (lo de “derogar el sanchismo”). No es que dude uno del empollón, o del que va de empollón nada más empieza septiembre y compra el forro para los libros como si fuera seda para su amada. Pero algo más habría que esperar de los salvadores, sobre todo si son salvadores con gafas como Feijóo (Feijóo siempre llevará gafas aun sin llevarlas, como Aznar bigote).
Querer arreglar España diciendo que vas a arreglar España es como querer aprobar un examen diciendo que vas a aprobar el examen
Empieza el curso con septiembre sacando mantas para los parques, las rodillas y la memoria, el septiembre tan tópico como el político en septiembre o el columnista en septiembre, que parece que ha vuelto a la redondilla. Parece que sigue siendo el mismo septiembre, el mismo año de escuela con tizas de colores, niña con coleta y libros recién talados, y hasta el mismo año en el que Sánchez, tan muerto, sigue vivo después de su verano, sus postillones y sus lagartijas aplastadas. Se supone que el empollón ganará en sobresalientes y el golfante ganará jugando al burro en el recreo, pero diría que no sabemos todavía muy bien a qué se va a jugar. Sánchez hace mucho que no puede jugar a gobernar, así que esperamos cualquier cosa, que nos robe el bocadillo, que nos quite el balón, que se suba por las tapias, que le tire de las coletas a toda la España que parece que tiene todavía coletas. Tampoco está uno muy seguro, en realidad, de que Feijóo sea aquí el empollón sólo por colocar el cartabón y el sacapuntas en el pupitre como si fueran catapultas. Querer arreglar España diciendo que vas a arreglar España es como querer aprobar un examen diciendo que vas a aprobar el examen.
Sánchez hace lo de siempre, Feijóo dice lo de siempre y a lo mejor uno también escribe lo de siempre, cuando la hoja del calendario parece que se va a caer como el último goterón de sudor o la primera moquita. Feijóo no sólo ha tardado mucho en todo, en pensar, en decir y en hacer, sino que todavía no termina uno de ver claras sus prioridades ni sus ideas ni sus soluciones. Sí, quizá lo de Ceuta signifique la muerte definitiva del relato ante la realidad, y quizá la justicia termine de rematar al sanchismo como no han podido hacerlo varios apocalipsis consecutivos. O quizá no, como otras veces. Pero, entre el cabreo del españolito, que ya suena como lluvia septembrina, a lloro del canalón, y la negligencia, la corrupción y el vacile de Sánchez, Feijóo tendría que ir contando ya en qué exactamente va a consistir su arreglo de España. No vaguedades, que eso de un Gobierno “que proteja, que gestione, que cumpla y que sea decente” suena a lema de bomberos. No, algo más concreto, qué leyes, qué estructuras, qué conceptos, qué sistemas está contemplando. Algo concreto e incluso cantable, como esas rimas, esas listas, esas tablas de la escuela que ya no existe, como esa política que ya no existe. Algo que vaya a hacer o al menos pretenda hacer, pero algo de lo que se pueda examinar Feijóo, incluso cuando no esté Sánchez en la Moncloa como en la charca de las ranas y los gamberros.
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