Economía

Calviño, una tecnócrata querida en Europa para dirigir el frente del euro

El Gobierno apuesta por la gallega para presidir el Eurogrupo en un momento clave para España

La ministra de Economía, Nadia Calviño, durante su asistencia a la Coalición de Ministros de Finanzas para la acción climática. EFE

Pocas veces un Gobierno ha logrado tanto apoyo de la oposición a la hora de mandar a un candidato de su partido a representar a España en un puesto internacional como el que ha obtenido Pedro Sánchez al plantear a Nadia Calviño como opción para presidir el Eurogrupo. Su buena imagen y su extenso currículum en altas instancias europeas avalan el apoyo de la oposición y ejercen de carta de presentación de esta gallega, vicepresidenta y ministra de Asuntos Económicos, que representa la parte más ortodoxa del Ejecutivo de coalición.

Hija de un ex director general de RTVE que ocupó el cargo bajo la presidencia de Felipe González, Calviño, a quien se suele perfilar como una tecnócrata social-liberal, fue la apuesta de Sánchez para conquistar las instancias europeas y ganar credibilidad para su frágil Gobierno. La apuesta por alguien a quien la opinión pública siempre define como inteligente, trabajadora y tenaz se ha demostrado con el tiempo acertada y, en un momento de tensión como el actual, clave para el país.

Calviño lleva dos años marcando la política económica de los gobiernos de Sánchez y, en la legislatura actual, además, aportando el punto más ortodoxo a las medidas más agresivas puestas sobre la mesa por el ala de Unidas Podemos. La actual vicepresidenta tercera fue elegida para el cargo tras la moción de censura a Mariano Rajoy, que llevó a Sánchez a la Moncloa, y se ha mantenido en el mismo a pesar de los continuos intentos de su presidente de colocarla en posiciones internacionales y de la tensión con una parte del Ejecutivo.

Tras una carrera en el Ministerio con mentores como Solbes, Almunia o Vegara, se instaló en los engranajes de la UE en 2006

La sucesora de Román Escolano, exministro de Economía que solamente permaneció tres meses en el cargo, volvió a España procedente de las instituciones europeas, donde ostentaba el cargo de directora de Presupuestos, siendo comisario de este área el alemán Günther Oettinger. Durante los doce años anteriores había sido directora general adjunta en Competencia, Mercado Interior y Servicios Financieros.

En los engranajes de la Unión Europea se estableció en 2006, tras una carrera en el Sector Público español en la que tuvo como mentores a pesos pesados como David Vegara (exsecretario de Estado y actual consejero ejecutivo de Sabadell) y los exministros Pedro Solbes y Joaquín Almunia. Calviño trabajó una década en el Ministerio de Economía, algunos con Luis de Guindos, y fue directora general de la Comisión Nacional de la Competencia (ahora parte de la CNMC). La actual ministra pertenece al cuerpo de técnicos comerciales y economistas del Estado.

Equilibrio en el Gobierno

Desde la constitución del Gobierno de coalición, el equilibrio entre la ortodoxia de Calviño y las propuestas económicas más agresivas de Pablo Iglesias han marcado el día a día de la agenda política. Ambos vicepresidentes han luchado por el poder económico con momentos de absoluta tensión, como demostró el acuerdo con EH Bildu para derogar la reforma laboral.

Tras el pacto de enmienda a la totalidad de esta ley entre PSOE, Unidas Podemos y la formación de la izquierda abertzale, que el propio PSOE se lanzó a matizar horas más tarde y Unidas Podemos a reafirmar, Calviño esperó casi 24 horas para pronunciarse y dejar claro que derogar la reforma laboral por completo en un momento como el actual carecía de sentido. «Absurdo» fue el término que utilizó para definir este plan y lo hizo en un encuentro del Círculo de Economía, con todo el empresariado pendiente de sus palabras.

Esta autoafirmación, que sorprendió a muchos, sirvió a la ministra como estrategia para marcar su territorio y mantener la credibilidad en un momento de complicadas negociaciones en el frente europeo.

Durante estos dos años en el Gobierno, Calviño siempre ha mostrado interés por modernizar la economía y por impulsar las reformas que marca Europa a través de las directivas de obligada trasposición, sacando del cajón algunos proyectos que habían quedado pendientes tras los mandatos de De Guindos y Escolano.

El momento de su hipotético nombramiento como presidenta del Eurogrupo no podría ser más oportuno. España se juega mucho en el frente europeo, en el que se debaten las características y condiciones del fondo de reconstrucción, puesto que sería, según el diseño propuesto por la Comisión Europea, el segundo mayor receptor de ayudas, solo por detrás de Italia, las dos economías del continente que más sufrirán las consecuencias económicas de la pandemia. España podría recibir ya el año que viene más de 66.000 millones de euros en virtud de este plan.

Que el asiento sea para Calviño es algo que por el momento no está claro, pues el plazo para presentarse se mantiene durante el día de hoy y las candidaturas de sus homólgos irlandés y luxemburgués podrían complicar el anhelo de España. Pero si hay algo sobre lo que existe verdadera certeza es que a la vicepresidenta no le hará falta una carta de presentación. La suerte está echada.

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