Economía

Valle Salado, la fábrica de sal más antigua del mundo

Salinas de Añana (Álava)

El ucraniano Ivan Khomenko, el empleado más joven entre los salineros de Añana. FRANCISCO CARRIÓN

«Soy nacido en esta noble villa de Salinas de Añana. Soy tataranieto, bisnieto, nieto e hijo de salineros. Lo mío ha sido siempre la sal», cuenta Edorta Loma mientras observa el paisaje que ha estado ahí durante sus 63 años de vida y se halla, además, hilvanado a su familia desde tiempo inmemorial. «Mis antepasados han estado en esto desde el 1540. Digamos que llevo la sal en la sangre«, presume con evidente orgullo mientras merodea por una geografía de estalactitas y riachuelos de tonos cobrizos.

Es una mañana de septiembre en el Valle Salado, un paisaje cuya apariencia oscila entre lo lunar y lo nevado en la provincia de Álava, a 26 kilómetros de Vitoria-Gasteiz. Rodillo en ristre, Loma recorre las eras, las piscinas donde se amontona la última sal de la temporada. Es un día meteorológicamente desapacible, con el sol enfrascado en idas y venidas. «El sol es nuestro mejor amigo, igual que lo son el viento y el agua», explica a El Independiente Loma mientras se halla absorto en su faena de revolver el agua salada con los rodillos, manejar el trabuquete para el llenado, recoger el cloruro sódico y entrojarlo en los almacenes.

«Los salineros somos unos todoterrenos. Debemos entender de mampostería, carpintería, albañilería y por supuesto del buen hacer que nos enseñaron nuestros ancestros», detalla el capataz de una cuadrilla que durante la campaña de ‘cosecha’ -que discurre de mayo a septiembre- forman hasta siete personas. «Lo nuestro es una conjunción de oficios en armonía. Si se cumple con esos requisitos, sale un buen salinero que tiene el futuro garantizado».

Un laberinto de trece hectáreas

Camino de los 64 años, Loma recorre las trece hectáreas con la agilidad de un niño. «Yo es no sé estar de vacaciones. Cuando me tomo unos días, me quedo por aquí, caminando por el manantial y escuchando a los pájaros», dice. El agua que riega las salinas a través de una red de pequeños canales tallados en madera brota del manantial de salmuera de Santa Engracia, montaña arriba. Es el corazón que alimenta unas arterias que producen un cotizado «oro blanco» allá donde pocos hubieran imaginado su fabricación, mar adentro.

«Es un paisaje insólito a nivel mundial», confirma Pablo Dorado, director gerente de la Fundación Valle Salado de Añana. «Se trata de la fábrica de sal más antigua del mundo. Aquí se ha elaborado este producto de forma ininterrumpida desde hace más de 7.000 años. Somos un fenómeno geológico que se llama diapiro», se jacta Dorado frente a la sucesión de galerías de madera que se agarran a la ladera, cubriéndola por completo. «Los hombres y las mujeres del Neolítico ya elaboraban la sal mediante la cocción de la salmuera en unas cerámicas. Los romanos, hace 2.300 años, nos enseñaron a elaborar una sal con los métodos más ecológicos», rememora.

Las salinas con la localidad de Añana al fondo. FRANCISCO CARRIÓN

Desde 1999 el páramo ha tratado de evitar su desaparición, un fantasma con el que ha bailado peligrosamente. «En los años 60 del siglo pasado había 5.648 eras productivas. En los años 80 y 90 apenas quedaban 300 funcionando», apunta Alberto Plata, responsable del área de Cultura y Comunicación de la Fundación Valle Salado. Plata había estudiado precisamente el lugar, convirtiéndolo en el objeto de su tesis doctoral. «Para mí es un orgullo verlo hoy y haber participado en su recuperación», desliza.

Plata alberga la reconfortante sensación de «haber llegado a tiempo». «Se puede producir sal durante siete milenios, como aquí, pero en el momento en el que una generación desaparece, también desaparece el oficio. La sal de Añana es un saber hacer transmitido oralmente de generación en generación», comenta el técnico. Desde 2017 el Valle se halla bajo el abrigo de Valsipam (Valorización de los Sistemas Importantes de Patrimonio Agrícola Mundial), un proyecto europeo que integran siete espacios agrícolas de España, Portugal y Francia reconocidos por la FAO, la Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura.

Se puede producir sal durante siete milenios, como sucede aquí, pero en el momento en el que una generación desaparece, también desaparece el oficio

Alberto Plata, responsable del área de Cultura y Comunicación de la Fundación Valle Salado

El milagro de su salvación

Hoy unas 400 eras producen anualmente 23 toneladas de flor de sal y unas 140 de sal mineral. «Los datos de producción no son relevantes para nosotros. Podemos llegar hasta las 4.000 eras en operación, pero no producimos toda la sal que podríamos producir, sino la que podemos vender», precisa Plata, testigo de un proceso que se enfrentó al reto de conciliar la voluntad de los 54 propietarios originales de las tierras. «Se formó una asociación de salineros y se tuvo claro que la propiedad no podía seguir en manos particulares. Los dueños donaron la propiedad, pero se quedaron con los derechos del agua salada de los manantiales», explica.

Estamos fijando población y riqueza en la zona

Pablo Dorado, director gerente de la Fundación Valle Salado de Añana

En concepto del agua la fundación, propietaria y gestora de la explotación, desembolsa cada año un canon de 70.000 euros, destinado a los propietarios primigenios. Un dinero que es invertido en actividades económicas de la comarca. En Añana, la pequeña localidad de 152 habitantes que se alza frente al Valle, existen cuatro restaurantes, un bar y varias casas rurales. «Estamos fijando población y riqueza en la zona», señala Dorado. «Ya no se van; ahora vienen».

El último en llegar es Ivan Khomenko, un joven ucraniano de 36 años que desembarcó en el pueblo el pasado marzo, en mitad del éxodo que desató la invasión rusa a gran escala de su país. Un mes después de llegar se enroló en la salina. «Es un trabajo completamente nuevo para mí y un poco duro, pero me gusta», esboza en un breve receso. Khomenko, que se guarece con un sombrero de paja de los rayos de sol que se proyectan sobre la blancura infinita del enclave, es un viejo conocido de los lugareños. En su infancia, pasó cinco estíos en Añana en el marco del programa de acogida de niños de Chernóbil. «Tengo una fotografía tomada aquí de niño, jugando con la sal. No tenía idea entonces de que, pasados los años, trabajaría aquí».

Ser salinero es lo que mejor se me da en la vida

EDORTA LOMA, MAESTRO SALINERO DE AÑANA

Un tesoro de ‘oro blanco’

La misión cumplida de salvar el Valle Salado ha tejido una suerte de familia. «Aquí veníamos los niños en excursiones escolares pero no me imaginaba la importancia de salinas como ésta. Es impresionante. Lo sigo aprendiendo a diario», admite Cristina Arregui, coordinadora del servicio turístico del Valle, una de las fuentes de ingreso que garantizan la continuidad de la iniciativa. «Los salineros han sido los guardianes de un sitio cuya característica principal es la sostenibilidad».

La geografía de la salina de interior, con una sal siete veces más salada que la del mar, está levantada con recursos naturales, desde la madera hasta la arcilla y la piedra. «Materiales que podemos reutilizar y que resisten en estas condiciones pero que necesitan un mantenimiento constante a lo largo de todo el año», relata esta joven fascinada por «un paisaje de sal» formado de caprichosas estalactitas y una fauna y flora que, desde lechugas de mar o juncos hasta coleopteras y crustáceos, evocan al mar.

La mejor sal del mundo proviene de un océano de hace 200 millones de años

Cristina Arregui, coordinadora del servicio turístico del Valle SALADO

«Es una sal muy pura. Cuando realizamos catas, apreciamos las escamas. Son láminas planas. Uno de sus lados es liso, el otro rugoso; uno ha estado en contacto con el viento y el otro con el agua. Su textura en boca es crujiente», subraya Arregui.

«La mejor sal del mundo proviene de un océano de hace 200 millones de años, sin contaminación y rico en minerales, oligoelementos. La producimos en verano gracias al sol, el viento y el agua». Su limpieza y envasado es también un proceso completamente artesanal que firman mujeres como Estíbaliz Bravo. «Hay que quitar a mano todas las impurezas, desde paja a bichos. Hoy la hemos limpiado y envasado en los distintos formatos que tenemos», detalla. Su turno comienza a las seis de la mañana. «Trabajo no falta», comenta sonriente.

Panorámica del Valle Salado. FRANCISCO CARRIÓN

En los confines de Añana, unos hombres y mujeres de sal modelan con su labor cotidiana un horizonte entre blanquecino y rosado que sobrevivió a su propia extinción y supera a diario las inclemencias del tiempo, «a los cincuenta grados en verano y los ocho bajo cero del invierno», apostilla Loma, que desprecia la jubilación. «Es que esto es lo que mejor se me da en la vida», replica. Reconoce, en cambio, que el relevo generacional es una de las asignatura sin resolver.

Ya instalado en la sesentena, Loma es el centinela que mima la cuenca. Uno de los rostros tostados por el sol que aportan su grano, de sal obviamente. «Nuestro cuerpo la necesita para funcionar y también el mundo que nos rodea, desde conservante hasta usos industriales que desconocemos», explica Arregui. «La historia de la Humanidad se puede contar a través de una de sus pizcas. Es la sal de la vida», concluye. El patrimonio más universal que los habitantes de Añana guardan como el tesoro que es.

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