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Cuadernos de olvido y abandono

El Gobierno vasco entrega dossieres a 86 víctimas de ETA cuyos casos no han sido juzgados y en los que recopila toda la información disponible de los casos ocurridos entre 1968 y 1979, "no podemos devolveros la vida, sí restituiros la dignidad".

La consejera de Justicia, Igualdad y Política Social, Beatriz Artolazabal, abraza a una de las víctimas. EFE

El silencio también tiene rincones oscuros, lugares en los que el olvido se perpetúa. Lo puede hacer durante décadas. Es capaz de enterrar lo más dramático, lo más injusto y que nadie lo recuerde. En Euskadi la mirada al otro lado, la desidia temerosa y el temor a ser señalado alimentó pozo negro de memoria. Ocurrió tras decenas de atentados de ETA, de crímenes que arrebatan vidas y sólo legan injusticias de por vida. Una desmemoria cruel que el Gobierno vasco quiso ayer paliar. La deuda es imposible de saldar pero sí de consolar levemente. Lo hizo de la mano de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) entregando 86 ‘Cuadernos de Memoria y Reconocimiento’ a las familias de quienes la violencia arrebató un día la vida y la desidia social e institucional robó la verdad.

Los documentos elaborados sobre cada uno de los casos recogen toda la información disponible de lo sucedido en cada uno de los atentados. En algunos es más bien poco. Hubo crímenes de ETA que ni siquiera se llegaron a investigar, atentados cuya instrucción fue mínima, casi inexistente. A finales de los 70 y comienzos de los 80, cuando la banda terrorista llenaba de sangre cada semana del calendario, los recursos, la actitud y la disposición a esclarecerlos estaba lejos de ser plena. Por el camino quedaron cientos de atentados que aún hoy siguen sin resolver. Se trata de casos ocurridos entre 1968 y 1979, uno de los periodos más sanguinarios de ETA. Casos que jamás pasaron por las manos de un juez y apenas fueron investigados por la policía.

Eulalia estaba embarazada de su hija cuando ocurrió. Tenía apenas 20 años. No ha podido olvidar aquel parto, sola, viuda y olvidada. Han pasado 41 años del 17 de diciembre de 1974 que cambio su vida y la de su hija. Hoy es abuela. El paso del tiempo no ha borrado la herida, la injusticia de que su hija nunca pudiera pronunciar la palabra ‘papá’. ETA sentencio que no lo conocería. “Por eso no puedo perdonar, ¡cómo voy a hacerlo sabiendo que nunca pudo decirlo!”.

A su marido, a Jesús María Colomo, lo mató ETA a balazos. Durante todos estos años siempre lo había ocultado. Eulalia decía en su entorno que Jesús Mari murió “de accidente”. No ha sido hasta hace poco cuando se ha liberado de esa carga, cuando ha comenzado a contar la verdad, a asegurar que fue la violencia de ETA la que se lo arrebató. Ocurrió cuando se dirigía a la sala de fiestas Sunday de Besasain, donde trabajaba como camarero. También entonces, como acostumbraba la banda, la justificación falsa fue ser ‘colaborador’ del Estado.

‘Algo habrá hecho’

Cuatro décadas después, Eulalia no se quita de la cabeza que sus asesinos ya están libres, que “los verdugos están hoy libres y perdonados”. No con su perdón. Cree que su marido, su familia, se merecían al menos un juicio justo.

Rosa Vadillo tiene aún muy presente la frase que acompañó a cientos de víctimas durante años. Aquel “algo habrá hecho” que se verbalizaba en silencio como cruel justificación y calma conciencias de quienes aplaudían los crímenes etarras. “Muchos decían en esos años aquello del chivato y demás. Había miedo y no se podía hablar”, recuerda. Su marido era chapista, trabajador de un garaje. ETA también decidió acabar con su vida acusándole de colaborador. Aquel crimen ocurrido el 25 de octubre de 1978 sigue hoy sin culpables y sin que apenas se conozca nada de su autoría.

Diez años después de que ETA anunciará el final de sus acciones criminales, Rosa mira hacia atrás y recuerda que durante mucho tiempo se sintió desamparada. “Ahora, al menos, se está haciendo algo que se debía haber hecho hace mucho. Tampoco ella es capaz de perdonar, “¿perdonar y olvidar? No voy a poder hacerlo nunca. Otra cosa es vivir con odio, eso no, pero olvidar…”.

José María García es el hijo de Argimiro García. Su padre fue guardia civil. Aún recuerda cómo se había integrado sin problemas en Mondragón. Nacido en Castilla y León, aquella localidad guipuzcoana lo había acogido, “él ayudaba a todos los caseros en lo que podía”, recuerda. Padre de siete hijos, Argimiro patrullaba con su compañero Luis Santos Hernández. Decidieron parar a tomar un vino en un bar de la localidad. Alguien avisó. A la salida, un comando de ETA les ametralló.

«No nos han dado ni un indicio»

“Aquellos tiempos fueron muy difíciles”, recuerda. Aún le duele recordar el abandono que vino después. Cambió de pueblo y logró rehacer su vida, “seguir adelante”. Pero la verdad sobre la autoría de aquel atentado que le dejó huérfano el 17 de diciembre de 1974 sigue siendo un misterio. “No nos han dado ni un indicio”. No oculta que él sí se ha acercado al perdón, que el paso del tiempo y la necesidad de resolver la difícil “situación de aquellos años”, le ha llevado a intentar pasar página para poder vivir.

El que sufrieron Eulalia, Rosa y José María fue el olvido más cruel, el de la desidia y la desmemoria que ahora el Ejecutivo quiere paliar. Los ‘Cuadernos de Memoria y Reconocimiento’ entregados a cada familia incluyen información sobre quién fue su ser querido, cómo vivió y cómo murió. También hasta dónde se llegó en el esclarecimiento del caso y material gráfico aportado por la familia.

En estos dossieres también se ha incluido una carta del lehendakari Urkullu en el que hace un reconocimiento solemne e institucional de la víctima y se presenta el paso dado por el Ejecutivo como “una contribución al derecho a la verdad y la justicia” que le asiste: “Mantener su memoria contribuye a evitar que algo parecido pueda volver a repetirse”.

El Gobierno y la AVT trabajan ya en la redacción de otro medio centenar de casos sin resolver. “No podemos devolveros la vida, pero sí restituiros la dignidad”, aseguró ayer la consejera de Igualdad, Justicia y Políticas Sociales, Beatriz Artolazabal. Recordó que todas las víctimas tienen derecho a la verdad, “a una verdad con mayúsculas, sin adjetivos” y a la que esta iniciativa pretende contribuir. Artolazabal defendió que tras el olvido al que fueron condenados durante muchos años, es tiempo de intentar paliar esa injusticia y recordarles “como eran”: “Camareros, jueces de paz, comerciales, guardias civiles, policías nacionales, policías municipales, taxistas, periodistas…” para hacer “eterna su memoria”.

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