Es una historia de rupturas y reconciliaciones, de odios y amores. Como en las parejas con una larga trayectoria vital, la relación del PNV y el PSE está repleta de riñas, enfados y algunas fracturas que quizá aún no han cicatrizado del todo. Esta semana ha sido una piscina, un ‘meme’ convertido en airada ofensa por parte de los nacionalistas, el que les ha distanciado. Pero una vez más, la sangre no ha llegado al río. La imagen del actual presidente del PNV, Aitor Esteban, lanzándose a una piscina pasó al cajón de los tropiezos en apenas unas horas.
No es el primer traspié y probablemente no será el último. En Euskadi, el PNV y el Partido Socialista de Euskadi se han querido 26 años y se han ‘odiado’ otros 13. Los algo más de cinco lustros son los que han gobernado en coalición en el Gobierno Vasco o apoyándose desde la Cámara vasca. Junto a ellos, durante trece años no se han podido ni ver, protagonizando un ciclo de enfrentamiento y rechazo que en ocasiones ha llegado a posiciones extremas.
Una mirada a su historia muestra que su relación de pareja política es una suerte de ‘ni contigo ni sin ti’. En ella las rupturas han pesado algo menos que los ‘sí quiero’. Haber hecho política en el País Vasco de la política amenazada por el terrorismo y un pulso nacionalistas-constitucionalistas, ha marcado a dos tradiciones políticas centenarias. Una realidad que ha configurado la realidad sociopolítica vasca en la que PNV y PSE han ocupado la centralidad.
'Matrimonio de conveniencia' y 'fábrica' de gobiernos
Desde la recuperación de la democracia, las dos formaciones se han necesitado. Para luchar contra el terrorismo, para frenar a la izquierda abertzale y para dar respuesta al giro social vasco hacia el centro-izquierda ideológico. Alcanzar mayorías absolutas en el gobierno autonómico ha sido una quimera durante muchos años. Imposible cuando la pluralidad de las urnas dibuja un Parlamento con hasta siete partidos. Es lo que ha hecho del País Vasco la mayor ‘fábrica’ de gobiernos de coalición de España.
Que la sintonía entre Aitor Esteban, presidente del PNV desde hace poco más de un año, y el actual líder del PSE, Eneko Andueza, no es la mejor, es una evidencia. Y no se trata de un aspecto baladí en política. Sucedió en otro periodo mucho más agitado entre el entonces líder socialista vasco, Nicolás Redondo Terreros y el PNV de Arzalluz y el Gobierno de Ibarretxe.
Terminada ETA, esa distancia no se percibía entre Andoni Ortuzar –anterior presidente del PNV– con Andueza. Menos aún entre Iñigo Urkullu, lehendakari y presidente del PNV entre 2008 y 2013, con Mendia, secretaria general del PSE. Incluso el histórico dirigente nacionalista, Xabier Arzalluz, también supo convivir en cierta armonía con líderes socialistas vascos como ‘Txiki’ Benegas o Ramón Jáuregui en un periodo políticamente convulso.
Las 'piedras' del zapato: autodeterminación, ETA, euskera...
Las piedras en el zapato de la relación PNV-PSE siguen siendo, básicamente, las mismas: la autodeterminación y el derecho a decidir, la relación con la izquierda abertzale, el cumplimiento del estatuto vasco, el peso del euskera en la Administración vasca, el papel de la Administración española en Euskadi, el concepto de España… En muchos casos, discrepancias que incluso siempre se han empeñado en dejar plasmadas y reconocidas en sus sucesivos acuerdos de gobierno. Un modo de evitar malentendidos.
Unos y otros se necesitan. Los nacionalistas para conformar mayorías suficientes que las urnas no le otorgan y los socialistas para evitar la irrelevancia de ser oposición y no tocar poder. El PNV ha sido históricamente el partido más votado en las elecciones autonómicas. El PSE, el tercero. La pinza que han ido engrasando les ha permitido gobernar y moldear Euskadi entre abrazos y enfados.
Su primera gran alianza se remonta a 1987. El PNV se fracturaba. Era el lehendakari Carlos Garaikoetxea quien lideraba la corriente que precipitaría la escisión del partido que se traduciría en el nacimiento de Eusko Alkartasuna (EA). Su salida del Ejecutivo en solitario del PNV dio paso a un nuevo lehendakari, José Antonio Ardanza, y a una nueva y debilitada realidad parlamentaria del PNV. Sin mayoría, Ardanza buscó apoyo en el PSE. Fue aquel año 1987 cuando comenzó la ‘era Ardanza’ en la que se formalizaría el primer Gobierno de coalición con el PSE de Benegas. Ramón Jáuregui sería, como vicelehendakari, la imagen de gobierno de los socialistas vascos.
De 'Ajuria Enea' a 'Lizarra': de la alianza a la ruptura
Fue el inicio de doce años de relación y tres gobiernos de coalición. Más de una década de convivencia en un clima hostil por la violencia terrorista, la ‘guerra sucia’ contra ETA, el acoso de la izquierda abertzale o la crisis industrial. En estos doce años de felicidad, con altibajos, el momento de mayor unidad se vivió en 1988 con la firma del ‘Pacto de Ajuria Enea’, el primer gran consenso de los partidos contra el terrorismo. Después llegaron otros muchos entendimientos entre nacionalistas y socialistas como los traspasos para el cumplimiento del aún incipiente modelo autonómico o el impulso a la reindustrialización.
Tres legislaturas en las que el enfrentamiento también irrumpió y llegaría a rozar el odio. En 1990 una resolución en defensa de la autodeterminación respaldada por los nacionalistas fue el primer amago de ruptura. El papel de la Ertzaintza y su colaboración con la Guardia Civil o la relación entre el PNV y HB elevaron la tensión. Todo se torció en septiembre de 1998 con el llamado ‘Pacto de Lizarra’, el acuerdo entre nacionalistas que dejó fuera a PP y PSE y que planteaba una negociación política con ETA a cambio del cese de las armas. Al fracaso del acuerdo le siguió la ruptura de la tregua que había declarado ETA. Fue el final de la relación.
Para entonces, la política vasca ya estaba conformada en una suerte de ‘frentes’: el constitucionalista y el nacionalista. A partir de ahí se inició un periodo de distancia y frialdad que duraría casi quince años. Sin duda, el momento de mayor enfrentamiento se vivió en las elecciones de 2001, cuando Jaime Mayor Oreja (PP) y Nicolás Redondo Terreros apelaron a derrocar de manera conjunta al nacionalismo. El PNV logró movilizar a sus simpatizantes y evitarlo. La ruptura social era ya profunda.
Ibarretxe, Urkullu y Pradales
Entre 2002 y 2005 el escenario se complicó con el llamado ‘Plan Ibarretxe’, la propuesta de nuevo estatuto vasco que planteaba una ‘libre asociación’ de Euskadi con España. El PSE se opuso en Euskadi y lo rechazó en el Congreso. Al mismo tiempo, el enfrentamiento entre ambos partidos se veía agudizado por el proceso de ilegalización de Batasuna iniciado por el Gobierno de Aznar y que los socialistas apoyaron. El PNV se opuso frontalmente.
En las elecciones de 2009, convertidas en un plebiscito a Ibarretxe, y con la izquierda abertzale ilegalizada, el PNV no logró la mayoría suficiente en el Parlamento Vasco. La alianza entre el PP de Antonio Basagoiti y el PSE permitió, por primera vez, desplazar al PNV del Gobierno Vasco y convertir al socialista Patxi López en lehendakari. De la ruptura total, pronto se pasó a una recomposición de las relaciones. La llegada de Zapatero al Gobierno y de Urkullu a la presidencia del PNV facilitaron las cosas. Pese a ser una legislatura tensa en lo institucional, permitió una renovación de las estructuras y direcciones del PNV y el PSE y una oxigenación en su relación política.
En 2012 el PNV volvió a vencer en las elecciones y logró retornar al Gobierno Vasco. Urkullu, tras un año gobernando en solitario, alcanzó un acuerdo con el PSE para un apoyo externo, sin entrar en el Ejecutivo. En la siguiente legislatura, en 2016, el PSE de Idoia Mendia volvería a firmar un pacto de Gobierno y lo reeditaría en 2024, con Andueza y Ortuzar. Hace dos años, socialistas y nacionalistas han vuelto a comprometerse por cuatro años más y con Imanol Pradales como lehendakari. En marzo del año pasado, Esteban accedió como líder del PNV y desde entonces, la sintonía con el PSOE ha sido más visible en Madrid que en Euskadi.
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