"Yo entré en la organización guiada por un sentimiento de empatía hacia los emigrantes, que durante ese periodo comenzaban a llegar al lugar donde yo vivía, y que recibían constantes desprecios por parte de algunos sectores de la gente joven del pueblo...". Así explica Mariah Oliver, conocida entonces como "La Madrina", las razones que la llevaron a ingresar en la Nación Latin King & Queen. Su incorporación la convirtió en la primera mujer en formar parte de esta organización juvenil en España y en una figura clave en la implantación y desarrollo del coro madrileño.
Durante seis años formó parte de los Latin Kings, una experiencia que terminó tras la denominada "Operación Pañuelo", en el marco de la cual pasó seis meses en prisión preventiva. En la actualidad, Mariah Oliver es escritora, investigadora y divulgadora, comprometida con la prevención de la entrada de jóvenes a bandas juveniles y con la defensa del feminismo.
P: Entraste en los Latin Kings cuando el grupo apenas acababa de asentarse en España. Una de las cosas que te atrajo fue su discurso contra el racismo. ¿Qué peso tiene realmente el componente antirracista dentro de este tipo de organizaciones?
R: Ahora mismo ya ninguno. Ese es uno de los problemas. Toda esta parte más ideológica de lucha contra una injusticia o contra una desigualdad prácticamente ha desaparecido. En algún caso, la pueden mantener en el discurso, pero no es el centro de su sociabilidad ni el motivo por el que los jóvenes se están uniendo ahora mismo.
P: Cuando entraste a la banda, ¿la imagen que te transmitieron de la organización era diferente de la realidad que encontraste después? o, ¿fue cambiando con el paso del tiempo?
R: Cuando entré, tuve la sensación de que eso era lo que nos unía a todas las personas que estábamos ahí. No creo que me vendieran algo de forma intencionada para engañarme; creo que verdaderamente existía esa lucha antirracista. Pero no tiene nada que ver la organización de los Latin Kings o de los Ñetas de aquel entonces con la de los grupos que hay ahora. Los Latin Kings tienen escritos, literatura y leyes que hablan de lucha social. En muchos casos esto salió adelante: en Nueva York, antes de que llegara la mano dura, funcionaban como una organización social, hacían manifestaciones por la ciudad y convocaban a miles de personas de origen latinoamericano.
En Ecuador se conformaron como una organización legal hace muchísimos años, y hubo un tiempo en que también lo fueron en Cataluña y en la Comunidad Valenciana. Existe una base, que no es la misma para todos los grupos, pero en nuestro caso sí lo era. Es cierto que después eso se fue dejando de lado y el grupo se centró mucho más en enfrentarse con otros grupos como modo de vida.
P: Entonces, ¿había miembros verdaderamente comprometidos con la causa?
R: Sí, y los sigue habiendo. Pero no son noticiables; no aparecen en los medios porque no cometen delitos. Hay mucha gente en España, en Ecuador y en Estados Unidos —que son los lugares de los que tengo mayor referencia— que pertenece a estas organizaciones y se dedica a causas sociales como parte de los principios que les llevaron a formar parte del grupo. Pero como no están en situaciones violentas, no se conoce su recorrido.
P: En el libro te refieres al componente antirracista de la lucha de estas bandas. Sin embargo, la mayoría de los conflictos se producen con otras bandas que en ocasiones tienen el mismo origen.
R: En sociología y antropología social se estudia bastante esta idea de la violencia horizontal entre los últimos y los penúltimos del escalafón social. Sin que esto sirva de justificación, lo que hace es dirigir la frustración de manera equivocada hacia personas que están prácticamente en su misma situación. Consideran que tener ese falso dominio de la calle, de un barrio, o sentirse por encima de un grupo que es igual a ellos, es lo único que les puede llevar a tener cierto prestigio social y reconocimiento entre sus iguales. A falta de aspiraciones mayores, consideran que eso es alcanzar el éxito.
P: ¿Actualmente hay alguna parte del discurso de estas bandas con el que estés de acuerdo? o, ¿consideras que ya se han corrompido totalmente?
R: Hay que separar las cosas. Me consta que hay grupos que siguen trabajando desde entidades sociales y que ya no ejercen la violencia; con esos principios sigo estando de acuerdo. Pero con los grupos violentos no estoy de acuerdo con nada de su discurso, porque promueve acciones violentas. Sin embargo, entiendo qué es lo que les venden a los jóvenes en muchos casos: comunidad. Sigue manteniéndose el discurso de que el grupo es familia, es comunidad y es quien está ahí para ti cuando todos los demás te faltan. El grupo te protege. No estoy de acuerdo con ello, pero sé que socialmente funciona.
P: ¿Cómo se financian estas organizaciones?
R: Financiar es una palabra muy grande. Es cierto que algunos de los chavales aportan una especie de cuota, de forma similar a si fueras socio de un equipo de fútbol o de una asociación de barrio. Es un sistema que copia a otros modelos, pero nadie se enriquece con una asociación así. Puede haber alguien aprovechándose de los chavales, pero nadie vive de las cuotas que ellos aportan. En muchos casos hay pequeños tráficos de droga; normalmente hay una persona mayor que el resto que se aprovecha de tener a su alcance a jóvenes para que hagan el transporte o el trapicheo por él.
P: Mariah, rechazas el término "banda latina". ¿Cómo deberíamos llamarlas?
R: Yo les llamaría grupos juveniles o grupos juveniles violentos. Eso no implica que todos sus miembros sean violentos, pero siempre les hemos llamado grupos juveniles o bandas callejeras. El término "latino", para empezar, invisibiliza que estos grupos nacen en Estados Unidos y que es allí donde se copia el modelo de las pandillas estadounidenses. Al obviar esa parte de la cultura norteamericana asociada a estos grupos, el término acaba estigmatizando y señalando a toda una comunidad. Ese término no aporta ninguna claridad, porque a día de hoy hay miembros de España, de diferentes países de Latinoamérica, del norte de África y del sur de Europa. No tiene mucho sentido.
P: Entrando en tus vivencias y experiencia, ¿qué fue lo más duro que viviste durante tu etapa dentro de la organización?
R: En general, el desencanto al darme cuenta de que aquello no era lo que yo esperaba. Tardé muchos años en entender que al final lo que se impone es la masculinidad, y que la violencia está asociada a ella. Mientras no nos demos cuenta de eso, estaremos dando palos de ciego.
P: En el libro, publicado en 2023, te planteas constantemente si había algo en ti que te predisponía a llegar a ese punto, y decías que no habías encontrado respuesta. Ha pasado el tiempo; ¿hoy podrías responder a esa pregunta? ¿Había algo en ti que te predisponía a ello?
R: No, creo que no es tanto una predisposición personal, sino una combinación de experiencia, momento y contexto. El grupo te ofrece esa sociabilidad, esa comunidad y un espacio cuyas ideas resuenan con las tuyas en un momento determinado. Creo que es más una cuestión de oportunidad; estaba ahí y fue lo que más me llamó la atención en ese momento. Es lo mismo que veo que les pasa a los chavales ahora: es algo que tienen cerca, disponible y que conocen.
P: Cuando estabas dentro de la banda, ¿sentiste miedo en algún momento?
R: No particularmente, porque creo que se es bastante inconsciente a esas edades.
P: ¿Qué ocurrió para que decidieras salir de ese mundo?
R: Básicamente, que la violencia no concuerda con mis principios, ni ha concordado nunca.
P: ¿Has recibido amenazas?
R: Sí, pero no de nadie dando la cara; han sido de cuentas anónimas por Instagram o redes similares.
P: En tu paso por la cárcel permaneciste un tiempo en aislamiento. Afirmas que la inclusión en el fichero FIES debería ser un escándalo en una democracia. ¿Qué supone realmente formar parte de este fichero y por qué lo defines así?
R: En primer lugar, porque te meten en un fichero de internos de especial seguimiento. Esto significa que se monitorizan todas tus comunicaciones, cartas incluidas, y que no puedes tener muchas cosas. El centro penitenciario, por su cuenta, te aplica un régimen de primer grado. Esto no es un requerimiento de la prisión provisional, sino que el centro decide ponerte un castigo o medida de seguridad extra que no ha decretado el juzgado. En segundo lugar, se lo están aplicando a una persona en prisión preventiva, lo que significa que todavía no ha sido condenada por ningún delito. La prisión ya está decidiendo que eres lo suficientemente peligrosa como para apartarte del resto, lo cual va directamente en contra de la presunción de inocencia.
P: En el libro cuentas que tu madre te preparó una mochila que te quitaron al entrar en aislamiento. Da la sensación de que ese detalle te marcó especialmente, incluso por encima de otras experiencias más duras o agresivas.
R: Sí, el aislamiento en general te marca porque es lo último que te esperas. Cuando te van a meter en la cárcel, te imaginas que podrás hacer una vida relativamente normal dentro. La gente entra con sus cosas, con su ropa. En mi caso, cuando me llevaron a casa para hacer el registro, mi madre, la pobre —ahora ya me puedo reír un poco de la situación porque han pasado muchos años—, me preparó un ColaCao mientras registraban la casa. Esa bolsa que te prepara tu madre es el último reducto de cuidados que tienes antes de entrar, y ni siquiera te dejan tenerla contigo en aislamiento, a pesar de que solo llevaba un libro y tres prendas de ropa.
Marca mucho porque ves que estás recibiendo un trato más duro que otras personas, decidido por el centro según su propio criterio, cuando todavía nadie ha dictado una sentencia que diga que eres culpable de algo.
P: Feminismo, amor romántico y bandas juveniles parecen conceptos muy alejados entre sí, pero tú los relacionas en el libro. ¿Qué los une?
R: El feminismo me dio muchas explicaciones que no había encontrado en ningún otro lugar. Para entender la lógica de las bandas, el feminismo nos habla del género, de los roles de género y de cómo estos definen o imponen nuestros comportamientos. También me abrió una ventana para entender por qué muchas mujeres y chicas jóvenes sentimos atracción hacia el modelo de "chico malote", supuestamente chulo, bajo la narrativa popular de que en el fondo tienen buen corazón.
Nos enseñan que si les acompañas y estás ahí lo suficiente, al final van a cambiar, te van a querer y te van a tratar como te mereces. Esto ayuda a entender por qué tantas chicas siguen encontrando atractivo el modelo del pandillero, aunque sea una persona que obviamente no es segura porque está metida en conductas violentas. El feminismo me permitió ver cómo se llegaba hasta allí y me enseñó el concepto del amor romántico.
También me enseñó que no es algo exclusivo de las bandas. En mi trabajo con adolescentes pongo muchos ejemplos con los que todas hemos crecido, como Crepúsculo, Tres metros sobre el cielo o La bella y la bestia. Nos han enseñado a no rechazar directamente a quien tiene una conducta violenta porque es posible que en el fondo tenga buen corazón y se acabe convirtiendo en un príncipe azul. A mí me pasaba eso. Aunque yo no entré en la banda como pareja de nadie, muchas de las chicas con las que trabajo hoy en día sí se acercan a estos grupos por la idealización de este tipo de chicos, validando y apoyando sus comportamientos violentos, aunque ellas mismas no lo sean. Siempre digo que el feminismo me salvó la vida literalmente, pero también me enseñó a comprenderla.
P: Los libros han ocupado un lugar muy importante en tu vida. ¿Cuál recomendarías a una persona que se encuentre prácticamente en cualquier punto de su vida?
R: Por un lado, casi cualquier cosa de fantasía ayuda mucho a entender el mundo de una manera indirecta. Pero un libro que enseña a moverse por el mundo con cariño y perspectiva de género es Ética para Celia, de Ana de Miguel. Está escrito para todos los públicos, es un libro de divulgación para hombres y mujeres. Ayuda a entender que el feminismo no va de enfrentar a mujeres y hombres, sino de acercarlos.
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