A Donald Trump no le hace gracia cumplir 80 años, según ha confesado, pero sí que le gusta estar en el foco. El presidente de Estados Unidos es el segundo que se convierte en octogenario en el cargo. El anterior fue su predecesor, Joe Biden, pero quiso que pasara desapercibido. Donald Trump, sin embargo, va a vincular sus 80 años, que celebra este domingo, con los fastos por el 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos, el 4 de julio.

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Para conmemorar su entrada en la nueva década nada mejor que una exhibición de artes marciales mixtas en el jardín sur de la Casa Blanca, un evento que costará 60 millones de dólares. El hispano-georgiano Ilia Topuria, será uno de los luchadores. ¿Es una muestra de su decadencia o de su poderío? En lugar de una Marilyn Monroe entonando el happy birthday, Mr President, Trump celebrará con los gladiadores, como un auténtico emperador. El show de Trump, que comenzó con The Apprentice, continúa en la Casa Blanca.

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Con los festejos tratará de olvidar sus últimos disgustos. Primero recibió abucheos en el Madison Square Garden cuando el lunes fue a ver a los New York Knicks. Este viernes, por orden judicial, han eliminado el nombre de Donald Trump del Kennedy Center de Washington. El juez Christopher R. Cooper se amparó en la ley de 1964 que sirvió para fundar el centro apenas dos meses después del asesinato de JFK. La institución, según la ley, es "el único monumento conmemorativo nacional al difunto JFK dentro de la ciudad de Washington y sus alrededores". Trump ni siquiera contó con el Congreso para renombrarla.

Contratiempos: la economía y la guerra

Trump tiene en realidad pocos motivos para celebrar este domingo. Y se nota cada vez más porque pierde los papeles siempre que tiene enfrente a un periodista que hace bien su trabajo. "Los precios están por las nubes, la guerra con Irán no va bien, los republicanos están entrando en pánico ante las elecciones de mitad de legislatura de noviembre y las encuestas revelan que la mayoría de los estadounidenses cree que las prioridades del presidente están mal enfocadas. Pero a Trump no le importa. Simplemente hace lo que le da la gana, que es ser el centro de todo, sin importarle lo más mínimo las consecuencias políticas", apunta Jonathan Lemire en The Atlantic.

Vayamos por partes. La inflación está en niveles máximos en tres años, el 4,2%. En la campaña electoral, Trump acusaba a Biden de ser el causante de las subidas de precios. Ahora, sin embargo, asegura que le "encanta" la inflación, que es una buena noticia. Argumenta que el aumento de los precios se debe únicamente al incremento de los costos energéticos provocado por la guerra con Irán. Pero dijo que está en curso una operación militar secreta para transportar 100 millones de barriles de petróleo a través del estrecho de Ormuz. Hay que tener fe en Trump únicamente.

La guerra con Irán podría estar a punto de terminar. O no. Trump ha anunciado ya en 39 ocasiones, según ha contado la CNN, que el acuerdo de paz estaba hecho. Ahora se ha llegado a redactar un memorando de entendimiento por el cual se darían los primeros pasos hacia la paz. Sea como sea, Irán ha demostrado que sabe jugar sus cartas. Incluso ha descubierto que puede utilizar el control del estrecho de Ormuz para presionar a Trump. El presidente de EEUU se ha visto atrapado en el laberinto iraní. Su aliado, Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel, le llevó a un atolladero. Y sigue insistiendo en bombardear el Líbano, lo que hará descarrilar cualquier acuerdo con Teherán.

Cada vez más impopular

Con este panorama, los republicanos empiezan a ponerse nerviosos. Apenas quedan cinco meses para las legislativas de mitad de mandato (midterms). Saben que muchos votantes se decidirán tocándose el bolsillo.

Los índices de popularidad de Trump van a la baja. Según el Silver Bulletin, "el índice de aprobación neta de Trump alcanzó a finales de mayo su nivel más bajo del segundo mandato, situándose en -21,2. Desde entonces, se ha recuperado ligeramente hasta situarse en -18,7. A modo de comparación, el índice de aprobación neta de Trump era de solo -11,2 en este mismo momento de su primer mandato, mientras que el de Joe Biden era de -13,5". Sobre todo hay desconfianza sobre su gestión de la economía: solo entre el 20% y el 30 % de los estadounidenses aprueban cómo aborda la inflación.

Ni siquiera Trump ha aprovechado la oportunidad que le brinda ser anfitrión de la Copa del Mundo de fútbol, ahora en curso. Ha marcado distancias con los otros dos anfitriones, México y Canadá, que actúan más coordinados. A Trump parece que el soft power le importa poco. Solo entiende de poder duro y con mayúsculas.

Trump, encarnación del espíritu de América

Pero Trump aparenta que nada de esto le afecta. Ni los sondeos desfavorables, o los preocupantes datos económicos para la población, o sus promesas incumplidas sobre las guerras en las que no iba a participar.

"Trump se asume como un agente transformador con el mandato de devolverle a  América su grandeza y el respeto que se merece en el mundo. Está convencido de que debe trascender las limitaciones del equilibrio de poderes, y de que es necesaria la ruptura con representantes y medios que si se oponen a él significa que defienden el statu quo que debe quedar atrás. No hay punto medio, solo quienes están con él aman América", afirma Ricardo Amado Castillo, consultor político con base en Washington.

"Celebraremos y mucho: victorias militares, victorias comerciales, victorias domésticas. Si estas victorias están o no acompañadas de apoyo popular o de evidencias no impedirá un 4 de julio con grandes reivindicaciones del poderío militar y tecnológico de EEUU y grandes aclamaciones al Cesar reformador", añade Amado Castillo. Este 14 de junio marca el principio de los festejos porque Trump, en su visión megalómana, se identifica con el espíritu de América.

Los años pasan y pesan

Trump y sus asesores han tomado la decisión estratégica de convertir al presidente en una figura omnipresente en la vida estadounidense, marcando así un contraste con su predecesor octogenario, Joe Biden. Trump realiza apariciones maratonianas habituales en el Despacho Oval, responde a las llamadas espontáneas de los periodistas y se lanza a las redes sociales a cualquier hora del día y de la noche. Como señala The Wall Street Journal, "el resultado es que los estadounidenses están viendo más tanto lo bueno como lo malo de un presidente que envejece".

Hemos visto imágenes de sus manos magulladas, sus tobillos hinchados, y sus ojos cerrados en ocasiones. Justo él que se reía del demócrata Biden, a quien llamaba Sleepy Joe (Joe, el dormilón). Es habitual que se trastabille o que confunda nombres: dice Islandia en lugar de Groenlandia o estrecho de Irán en lugar de estrecho de Ormuz. También es cierto que aguanta comparecencias maratonianas ante los medios y no para de hablar. No es difícil equivocarse en esas circunstancias. Cuenta a su favor con unos progenitores longevos: su padre murió a los 93 años y su madre a los 88. Pero no llevaban su ritmo de vida.

"Trump presume de perfecto estado de forma física y de buena salud mental. No podemos creerlo al cien por cien porque sabemos cómo es él, experto en alimentar su propia leyenda. Tiene una actividad política muy intensa y la cuestión de la edad se va a ir acelerando de forma inevitable. Habrá cada vez más debate sobre su estado de forma. No deja de ser irónico que todo su argumentario contra Biden se haya vuelto contra él", afirma Juan Luis Manfredi, quien ha sido catedrático Príncipe de Asturias en Georgetown (2021-24) y ahora ejerce en la Universidad de Castilla-La Mancha.

A la carrera por su legado

El atentado que sufrió hace dos veranos en Pensilvania le hizo más consciente de su mortalidad, según sus allegados. Quizá por ello parece tener prisa. Está en una carrera contra el tiempo para acumular poder y riqueza.

"Ya se pueden anticipar algunas claves de su legado: lo primero es la idea de America First, que significa redefinir el papel de EEUU en el orden mundial. Así exige más a sus aliados: demanda a Europa un nivel distinto y no garantiza una relación estable. En segundo lugar, el uso del comercio como una herramienta de la política de Estado. El tercer eje de su legado es la batalla cultural: está en batalla permanente. Todo (Venezuela, Cuba, Irán...) sirve para que él esté en el centro de la conversación", apunta Manfredi, quien no se atreve a predecir si será una anomalía histórica o si sus sucesores seguirán su estela.

En todo caso, según Manfredi, "EEUU ya ha cambiado: se ha desanclado del orden liberal internacional. EEUU aspira a ser un hegemón depredador o un actor sin grandes alianzas". La historia dirá si es el principio de la decadencia del imperio.