Muchos europeos recordaremos este verano como una pesadilla. El fuego ha arrasado más terreno que nunca antes en España y Francia. Las imágenes de bosques entre llamas se han quedado grabadas en nuestra memoria. Ver cómo la sequía ha afectado el curso del Rin o el Danubio, arterias fluviales fundamentales en Europa Central, impresiona a los más veteranos. Y hemos sentido el calambrazo de la tensión política al contemplar a miles de marroquíes, hasta 72.000 según el ministro español del Interior, cruzar a Ceuta. Como reacción, la mayoría de los gobiernos europeos dejaron la solidaridad de lado y se replegaron. Entre Italia y España saltan las chispas. A todo ello se unen los efectos de la guerra de Irán en los precios y la interminable guerra en Ucrania. Rusia, en venganza contra los europeos, aprovechará su división sobre la migración para apoyar a los movimientos ultras en las diversas contiendas electorales.

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Nos enfrentamos a interrogantes angustiosos: ¿Provocará el calentamiento global incendios forestales más extensos y devastadores cada verano? ¿Estamos condenados a sufrir temperaturas por encima de los 40 grados incluso en Europa Central? ¿Cómo afectará la sequía al ya debilitado crecimiento europeo? ¿Lo sucedido en Ceuta entre los Veintisiete anticipa que la frontera sur quedará a expensas de la voluntad de Marruecos? ¿Está la agenda europea hipotecada por el ascenso de la ultraderecha? ¿Iniciará Trump una guerra a gran escala contra Irán y nos condenará a tener que pagar precios exorbitantes por los combustibles?

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Está siendo un verano brutal para Europa: dos guerras, calor récord, incendios descontrolados, sequía y parón en la industria, inflación al alza y una profunda ansiedad por la alimentación, la energía y la seguridad. Son retos cruciales a los que se enfrenta Europa. Algunos escapan a su control, y otros se le han ido de las manos por falta de coherencia. Por ejemplo, la Comisión Europea ha permitido tantas anomalías en Schengen que ahora hay países que recurren a imponer controles por cuestiones electoralistas. No es Italia el primero.

El coste de la reconstrucción tras los megaincendios de España y Francia, así como de los incendios que ahora arrasan Grecia, ascenderá a miles de millones. La pérdida de productividad debida al calor está suponiendo un elevado coste para las empresas; la sequía está destruyendo las cosechas; y los precios de la electricidad se disparan, ya que los bajos niveles de los ríos privan a los reactores nucleares de agua de refrigeración, lo que ha llevado a Hungría al borde de una crisis energética.

Lo que arde

Los datos son estremecedores. Según EFFIS-Copernicus, la Unión Europea acumula más de medio millón de hectáreas calcinadas. España encabeza el siniestro balance, con más de la mitad del total europeo. La superficie quemada en nuestro país se ha quintuplicado. Francia, Italia y Portugal completan esa cabecera de destrucción.

El Ministerio para la Transición Ecológica cifraba en cerca de 186.500 hectáreas el bosque español reducido a cenizas entre el 1 de enero y el 2 de agosto, con megaincendios en la provincia de Ávila, los más devastadores de la historia, y en la Sierra Oeste madrileña que se llevaron por delante más de 70.000 hectáreas. En Francia, el fuego de Gironda arrasó 42.000 hectáreas, destruyó 240 viviendas y forzó la evacuación de más de 220.000 persona. Es la referencia de una temporada siniestra en el país vecino.

Grecia no ha corrido mejor suerte. En los últimos días, vientos de hasta 100 kilómetros por hora han avivado los focos en el área metropolitana de Atenas, Ática, Beocia y Creta, obligando a evacuar localidades turísticas como Kyra Vrysi o Agia Galini. Las temperaturas superiores a los 40 grados hacen que la preocupación por nuevos focos sea constante. En los Balcanes, Serbia combate sus propios incendios, y en Croacia turistas y residentes buscan la sombra donde ya casi no queda.

La combinación es la que ya conocen bien los científicos del Servicio de Vigilancia de la Atmósfera de Copernicus: calor extremo, ausencia de lluvias y vegetación reseca forman un cóctel que convierte cualquier chispa en emergencia nacional. Lo nuevo, lo verdaderamente inquietante, es la velocidad a la que se repite el patrón, verano tras verano. Y cada vez con mayor intensidad.

Unas pérdidas millonarias

Las pérdidas económicas, según datos estimados pero no oficiales, superan ya los 3.000 millones de euros en el conjunto del sur de Europa. Pero el impacto a medio plazo será aún mayor: muchos de estos parajes se asociaban al descanso estival. Las imágenes de evacuaciones, fuegos incontrolados, humo en zonas residenciales, van a quedarse en la memoria mucho tiempo. Y quienes vivían del turismo, o de la agricultura o la ganadería en esas zonas, van a necesitar ayudas millonarias para salir adelante.

"Hablamos de miles de millones de euros", afirma Arnaud Rousseau, presidente de la Federación nacional de sindicatos de explotaciones agrícolas (FNSEA), a Le Monde al referirse a lo que precisan para reactivarse. Según Rousseau, los agricultores franceses hacen frente a "una catástrofe" inédita, entre la canícula, la sequía y los incendios. Si se abandonan las zonas boscosas, y los prados, como ocurre en muchas áreas de España y Francia, la posibilidad de que se extiendan rápidamente los fuegos aumenta.

Temperaturas récord en Europa

Durante la mayor parte de las dos últimas décadas, los países europeos han estado en gran medida de acuerdo sobre los peligros que plantea el cambio climático y han tomado medidas para reducir las emisiones e invertir en energías renovables. Sin embargo, desde la llegada de Trump a Estados Unidos, han chocado con el mayor contaminador del mundo.

Como advertían los científicos, contra las tesis negacionistas de la ultraderecha, en Europa nos enfrentamos a las consecuencias del calentamiento global con unas temperaturas medias que aumentan a mayor velocidad que en otros continentes. En comparación con la era preindustrial, las temperaturas en Europa han subido 2,5 grados, mientras que la media en todo el planeta son 1,4 grados.

Solo en Alemania han muerto 9.800 personas por la ola de calor hasta finales de julio, según el Instituto Robert Koch. Es el dato más alto desde 2016. La mayor proporción de fallecidos se encuentra entre los que rondan los 75 años o más.

Al coste humano, hay que sumar cómo afecta a la economía esta ola de calor extremo en Europa. La pérdida de productividad debida al calor está suponiendo un elevado coste para las empresas; la sequía está destruyendo las cosechas; y los precios de la electricidad se disparan, ya que los bajos niveles de los ríos privan a los reactores nucleares de agua de refrigeración.

El grupo asegurador Allianz calcula que esta combinación provocará pérdidas acumuladas del PIB de hasta un 7 % entre 2026 y 2030, alcanzando los 207.000 millones de euros en Francia, 127.000 millones en Italia, 113.000 millones en Alemania y 104.000 millones en España, según Politico.

Una sequía de dimensiones bíblicas

Las sucesivas olas de calor, unidas a la escasez de precipitaciones, están ahora resecando Europa. La sequía, cada vez más grave, se está extendiendo por todo el continente, arruinando las cosechas, interrumpiendo el transporte de bienes esenciales, frenando la producción industrial y reduciendo el suministro energético.

El Rin, la principal arteria comercial de Alemania con 1.230 km, está en su nivel más bajo en décadas. Incluso la débil recuperación de la economía alemana puede verse interrumpida, si la sequía persiste. Stefan Kooths, investigador del Instituto de Economía Mundial, dijo a la cadena alemana ARD que puede reducirse el PIB entre un 0,1 % y un 0,2 % en el tercer trimestre.

Cada año se transportan por sus aguas cerca de 300 millones de toneladas de mercancías. El Rin conecta el puerto de Róterdam, en el mar del Norte, con tres de los mayores núcleos industriales de Alemania, uniendo a lo largo de su recorrido refinerías de petróleo, fábricas siderúrgicas y químicas, centrales eléctricas de carbón y otras instalaciones. La carga de una sola barcaza fluvial necesitaría movilizar un centenar de camiones.

En Hungría, el bajo nivel del Danubio amenaza con desencadenar una crisis energética, ya que el río no puede suministrar suficiente agua de refrigeración a las centrales nucleares. A punto ha estado de cerrarse la central de Parks, que suministra el 40% de la electricidad del país. El Gobierno rumano ha desviado el agua del Danubio con una explosión para alimentar su último reactor en funcionamiento.

Ceuta, la migración como arma desestabilizadora

La frontera sur de la Unión Europea también se ha puesto al rojo vivo esta temporada estival. El jueves 30 de julio decenas de miles de personas cruzaron por mar y a nado el espigón del Tarajal en apenas dos días, en una de las mayores incursiones migratorias que ha vivido Ceuta. En total, fueron 72.000 personas, según el Ministerio español del Interior.

Marruecos reivindica la soberanía de Ceuta, ciudad autónoma española que nunca ha pertenecido al reino alauí. Como ya pasó en 2021, el régimen de Rabat recurrió a la presión migratoria para recordar su demanda sobre Ceuta y también Melilla. La versión oficial, secundada por España, sostiene que fueron las mafias que alentaron la salida de Marruecos, debido a una reciente sentencia del Supremo que impide las devoluciones en caliente en caso de llegadas por mar. Las ONG marroquíes elevan a 141 el número de muertos a los dos lados de la frontera.

El movimiento se gestó, en buena medida, en redes sociales: grupos de Facebook y aplicaciones de mensajería difundieron rutas para llegar a nado y mensajes que aseguraban que España había abierto la puerta al asilo. La respuesta posterior fue rápida: en pocos días, habían vuelto más de 70.000 personas, gracias a un acuerdo entre Madrid y Rabat.

La crisis ha dejado, además de su coste humano, una onda expansiva diplomática que todavía no ha terminado de medirse. La primera reacción de la mayoría de los gobiernos de la UE fue de reproche al Gobierno de Sánchez. Ni un reproche contra Rabat por su parte. Tampoco desde Madrid. El pulso lo ganó claramente Marruecos que confirmó que la migración es un arma de desestabilización masiva.

Italia volvió a imponer controles fronterizos con España, es decir, a suspender temporalmente el Acuerdo de Schengen de libre circulación de personas. Ceuta y Melilla tienen un estatus especial y hay controles para salir. Ningún migrante cruzó a la Península. Por ello, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, primero acusó de egoísmo a los gobiernos europeos que acusaron a Madrid de falta de control. Ahora ha aplicado las mismas medidas que Italia y se mantendrán hasta que Giorgia Meloni las levante. La ruptura entre Italia y España es posible que se mantenga de una u otra forma, ya que los dos países celebran elecciones legislativas en 2027.

En un momento de máxima gravedad, por los incendios, la sequía, la incertidumbre por las guerras en Irán y en Ucrania, y por unas fronteras expuestas a los ataques híbridos por el sur y por el este, la Unión Europea no ha superado el examen. Ha reaccionado de nuevo como una suma de gobiernos más pendientes de los sondeos que del bienestar de su población.