Rusia, la mayor potencia exportadora neta del mundo en la suma de gas y petróleo, se está quedando sin combustible tanto para vender como para consumir. Según Reuters, Moscú se ha visto obligado a importar 50.000 toneladas de gasolina desde Kazajistán y pedir cargamentos de combustible a la India. Un escenario que refleja las consecuencias de los ataques ucranianos a la infraestructura petrolera rusa.
Durante los primeros años de la guerra, los envites de Kiev a la infraestructura energética rusa eran de perfil bajo y dispersos. Ahora, Sergey Vakulenko, un veterano con más de 25 años de experiencia en la industria petrolera rusa y analista principal del Carnegie Russia Eurasia Center, asegura que la estrategia de Kiev se ha centrado en ejecutar una campaña de ataques de precisión valiéndose de los drones como baza. Los objetivos han pasado de ser los reemplazables tanques de almacenamiento de crudo a las insustituibles unidades de destilación primaria y plantas de cracking. Estas plantas son las encargadas de romper las moléculas de hidrocarburos más grandes para transformarlas en productos mucho más ligeros, y necesitan de una tecnología difícil de reponer.

Por ello, Rusia sigue poseyendo un océano de petróleo crudo bajo tierra, pero ha perdido la capacidad tecnológica para transformarlo en gasolina o diésel. Solo entre abril y mayo de 2026, una oleada de ataques ucranianos destruyeron de golpe 700.000 barriles diarios de capacidad de refinamiento.
Además, el avance geográfico de los drones ucranianos desafía la capacidad defensiva rusa. En 2024 su límite era de 1.200 kilómetros. Ahora, hace apenas unas semanas, un enjambre golpeó la refinería de Lukoil en Perm, a más de 1.500 kilómetros del frente. La situación ha llegado hasta tal punto que, debido a un último decreto de Putin, todas las refinerías de Rusia hasta Vladivostok (a más de 7.000 km de Ucrania) están costeando sus propios sistemas privados de defensa antiaérea. Unos gastos que el Ministerio de Finanzas ruso ha prohibido deducir de impuestos, para disgusto de los empresarios petroleros rusos.

El tormento ruso
La crisis ha empujado al Kremlin a tomar medidas nunca antes vistas. Tras las sanciones de Occidente, la India emergió como el mayor comprador de crudo ruso. Ahora, con más de la mitad de sus grandes refinerías dañadas y paradas por falta de piezas occidentales de repuesto (bloqueadas por las sanciones), Rusia está utilizando sus divisas para recomprar su propio petróleo a la India, ya refinado en forma de gasolina y a precio de mercado internacional.
La situación del país de los zares también toca las puertas de sus vecinos centroasiáticos, como Kazajistán. Moscú exigió de urgencia 50.000 toneladas de gasolina que Astaná ya tenía comprometidas con Europa. Kazajistán, temiendo sanciones secundarias de EEUU o represalias por parte de Ucrania y sus drones hacia sus oleoductos, se excusó argumentando que sus plantas están en "mantenimiento periódico".

A esto se le suma el racionamiento de combustibles en el frente y en la capital. Más de dos tercios de las regiones rusas sufren restricciones de este tipo. Por ejemplo, en Kursk, cerca del frente, el límite es de 20 litros de gasolina al mes por vehículo. En Crimea, un nodo logístico de suma importancia estratégica, Ucrania destruyó 30 tanqueros solo en mayo, provocando un desplome del 70% en el tráfico militar. Incluso en la ciudad de Moscú se han tenido que implementar cuotas de distribución de combustible.
Por qué los 100 dólares por barril ya no salvan a Putin
A priori, los últimos acontecimientos en el contexto internacional deberían favorecer a Rusia. El cierre del estrecho de Ormuz por parte del régimen iraní disparó el precio del barril de crudo de 60 a más de 100 dólares.
Fue un momento de oportunidad para el gobierno ruso, pero la realidad macroeconómica echó por tierra los planes del Kremlin. Rusia produce mucho menos justo cuando el barril es más caro. Según la Agencia Internacional de la Energía, su producción cayó en 370.000 barriles diarios y arrastra un déficit de 700.000 barriles respecto a sus objetivos pactados con la OPEP (la Organización de Países Exportadores de Petróleo). Esto ha tenido como resultado que los ingresos por hidrocarburos en lo que va de 2026 sean un 40% más bajos que en el mismo período de 2025. El regreso definitivo de las sanciones secundarias de Estados Unidos ha dado el golpe de gracia. Gigantes como Reliance Industries en la India redujeron drásticamente sus compras de crudo ruso (de 550.000 a solo 150.000 barriles al día) por miedo a ser expulsados del sistema financiero del dólar.
La trampa del rublo
Para sostener el relato de normalidad, el Banco Central de Rusia ha mantenido los tipos de interés en niveles alarmantes para enfriar la inflación. Esto ha generado que el rublo pase a convertirse en una moneda artificialmente fuerte. Rusia vende su petróleo remanente en dólares pero paga los sueldos públicos, las pensiones y las indemnizaciones de guerra en rublos. Esto significa que un rublo fuerte hace que el Estado reciba menos moneda local por cada barril exportado, dilatando aún más su déficit presupuestario.
Para el gobierno ruso, el gas y el petróleo eran la vía para financiar la invasión sin pedir sacrificios directos a la población civil. Hoy, con una inflación carcomiendo su poder adquisitivo, los bonos económicos que el Kremlin ofrece para reclutar soldados ya no son atractivos para los rusos. Según una agencia de inteligencia británica, tras haber superado la barrera del millón de bajas entre muertos y heridos, las oficinas de reclutamiento rusas se están quedando vacías.
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