"Corté sus gargantas como si fueran corderos. Hice correr su sangre sobre la tierra como si fueran las aguas de una tormenta de otoño (...) las ruedas de mis carros estaban salpicadas de vísceras y carne (...)". Así relata el rey asirio Senaquerib (705–681 a.C.) el destino que sufrieron los derrotados babilonios tras su victoria en la Batalla de Halule (691 a.C.), un colosal enfrentamiento a orillas del río Tigris.
Y es que el Ummānu, como llamaban los asirios a sus ejércitos, era una máquina bélica potentísima a la par que implacable. Desde finales del siglo X hasta el VII a. C., el imperio Neoasirio dominó todo Oriente Próximo. Creían estar cumpliendo la voluntad de su dios supremo Assur y fueron la primera potencia militar de la historia revolucionado la tecnología de la época.
Los primeros soldados profesionales
Hace milenios, la guerra era solo un trabajo a tiempo parcial. Para el año 900 a.C., a lo largo de todo el Creciente Fértil, los reyes dependían de campesinos armados con prisa y prácticamente experiencia en combate, lo que llevaba a que y si la campaña militar se alargaba demasiado y coincidía con la época de la cosecha, el ejército simplemente se disolvía. Miles de soldados hambrientos poco pueden conquistar.
Fue entonces cuando irrumpió el Imperio Neosirio. Su propuesta fue tan simple como revolucionaria: convertir el arte de la destrucción en una herramienta estatal permanente y despiadadamente eficaz. La gran innovación fue traída de la mano del rey Tiglatpileser III (y sus sucesores): acabó con las milicias temporales y en su lugar, fundó el kisir sharruti (la guardia real), el primer ejército profesional de la historia de la humanidad.

Por primera vez, un Estado pagaba salarios, proporcionaba uniformes, armamento y estandarizaba el equipamiento de sus tropas. Este profesionalismo se vio potenciado por el dominio del hierro: los talleres reales asirios producían en masa espadas, puntas de lanza y armaduras de láminas de este material. Frente a las armas de bronce de sus enemigos, más blandas y caras de producir, el hierro asirio era más duro, mantenía el filo por más tiempo y permitía equipar a decenas de miles de hombres a un coste asumible.

Los primeros ingenieros de combate
Hasta la llegada de los asirios, si una ciudad cerraba sus puertas de piedra, el atacante solo tenía dos opciones: retirarse o acampar fuera a esperar que el enemigo muriera de hambre. Pero en Asiria odiaban perder el tiempo.
Crearon el primer cuerpo especializado de ingenieros de combate. El trabajo de estos hombres consistía en romper las defensas enemigas desarrollando toda clase de ingenios para lograrlo. Es el caso de los arietes móviles gigantes yašibu, que albergaban un tronco colosal con punta de hierro para derribar muros y puertas. Además, los cubrían con pieles húmedas para evitar que los quemaran y dentro, como si fuera un tanque de la antigüedad. Además, estos especialistas idearon técnicas de excavación subterránea por debajo de las murallas enemigas para hacer colapsar las estructuras de piedra desde sus cimientos.

Los primeros en quebrar la mente del enemigo
Sin embargo, la innovación más despiadada que llevaron a cabo los asirios fue psicológica. Entendieron antes que nadie que el miedo es el arma más barata y eficiente para mantener un imperio. Por ello, institucionalizaron el terror como nunca antes se había hecho.
Los asirios practicaban una violencia quirúrgica y la publicitaban con orgullo. Sus conquistas llegan hasta nuestros días gracias a los registros llevados a cabo por orden de los propios reyes asirios. En las paredes de los palacios de Nínive, los bajorrelieves detallaban con precisión macabra el destino de aquellos que se rebelaban contra su poder: líderes rebeldes desollados vivos, prisioneros empalados a las puertas de las ciudades y pirámides construidas con los cráneos de los vencidos.

"A los guerreros vivos que capturé, les arranqué la lengua en el lugar donde habían blasfemado contra mi dios Assur. Al resto de la gente que quedaba viva, la masacré como ofrenda fúnebre por mi abuelo Senaquerib. Alimenté con sus carnes desolladas a los perros, a los cerdos, a los lobos, a los buitres y a todas las aves del cielo."
— Inscripción real de Ashurnasirpal, el último gran rey de Asiria. Aunque fundó una gran biblioteca, la primera de su tiempo, sus campañas contra Elam y Babilonia alcanzaron cotas de sadismo inusitado.

A pesar de su crueldad, sus acciones se debían a una estrategia de control bien calculada. Así, cuando el Ummānu se aproximaba a una región, los líderes locales sabían lo qué pasaría si trataban de resistir. Muchas ciudades capitulaban y aceptaban pagar de inmediato tributos asfixiantes solo para evitar el destino de sus vecinos.
La deportación masiva de sus enemigos
Cuando el terror no bastaba y una provincia volvía a rebelarse, los asirios aplicaban su última baza de ingeniería social. Sin asesinar a toda la población, desarraigaban a las élites, artesanos, sacerdotes y guerreros, trasladando a decenas de miles de personas de una punta a otra del imperio. Un pueblo arrancado de sus tierras ancestrales perdía sus templos, sus lazos culturales y su identidad.

Preocupados por sobrevivir en un entorno extraño y rodeados de vecinos que hablaban idiomas diferentes, los deportados eran incapaces de organizar una rebelión contra el trono. Fue a causa de esta estrategia como el Reino de Israel fue borrado del mapa en el año 722 a.C., dando origen al mito histórico de las Diez Tribus Perdidas de Israel.
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