Las nuevas cortinas del Despacho Oval, a medio camino entre el trono de Bokassa y el ala del palacio de Buckingham,  que debe de estar prohibido redecorar, capturan maravillosamente el tono de las dos semanas que han transcurrido desde el estreno de Donald Trump. El nuevo presidente ha decidido desplegar un comportamiento efectista que prescinde de los modales y formalismos que se esperan de cualquier estadista serio -colgarle el teléfono al primer ministro de Australia, por ejemplo, se lleva la palma de oro en este apartado-.

Aún peor, la nueva Administración también parece haber adoptado un curso de acción evidentemente rupturista en aspectos mucho más sustanciales y que afectan a aspectos neurálgicos de la vida política estadounidense… y del resto del planeta. Destaca en este apartado la abierta hostilidad frente a la Unión Europea, que revierte una política de Estado intocable durante los últimos 70 años. Así las cosas, quizás sea buena idea aproximarse a la política exterior de Donald Trump separando al menos tres aspectos distintos: el ideológico, el de gestión pública y el comunicativo.

Trump y el Brexit

Desde el punto de vista ideológico, las iniciativas de Trump frente a Europa están estrechamente relacionadas con el Brexit. Nada hace pensar que Trump tenga conocimientos especialmente profundos acerca de cómo opera y qué significa la Unión Europea, pero el sorpresivo resultado del referéndum en Reino Unido ha venido a reforzar los pilares fundamentales de su propio discurso populista, proteccionista y aislacionista.

La cálida relación que ha florecido entre Trump y Nigel Farage es sintomática, más aún comparada con la frialdad entre Trump y los euroescépticos continentales. Mientras Marine Le Pen ni siquiera ha conseguido verse con Trump, el británico sería bien visto como embajador en Washington de su Graciosa Majestad. Y es que Farage ha desplegado una interpretación de la realidad en las islas esencialmente idéntica a la de Trump en Estados Unidos: ambos enfatizan un declive nacional imaginario provocado por élites políticas corruptas.

Crucialmente, la xenofobia y el racismo juegan el mismo papel subordinado en el trumpismo y el faragismo. El problema, en realidad, no son los inmigrantes per se, sino aquellas élites incapaces de afrontar la amenaza de hordas inmigrantes descontroladas. La crítica a la burocracia europea sintoniza perfectamente y refuerza argumentos construidos y compartidos por el movimiento conservador norteamericano (en este caso, la burocracia de Washington DC) y sus equivalentes en el Reino Unido.

En realidad, la reacción de Trump ante la Unión Europea viene condicionada por, y se ha beneficiado de, manipular la relación especial entre el conservadurismo respetable estadounidense y el británico. Este último se articula sobre thinktanks como el Institute of Economic Affairs o el  Center for Policy Studies que han construido una comunidad transatlántica muy cohesionada con sus equivalentes estadounidenses como el American Enterprise Institute o la Hoover Institution.

Igual que Farage ha capturado y pervertido el lenguaje que pensadores como Isaiah Berlin utilizaron para crear un modelo ideológico liberal-conservador notablemente sofisticado, el trumpismo ha manipulado hasta lo irreconocible los principios del movimiento conservador norteamericano expuestos por William F. Buckley. Los argumentos construidos en una orilla del Atlántico resuenan en la otra.

El hecho de que Breitbart News, la web de noticias vinculada a Stephen Bannon, con un puesto ahora en el Consejo de Seguridad Nacional, tenga corresponsalía en Londres es revelador de cómo el populismo británico y el estadounidense se refuerzan e influyen mutuamente. Lógicamente ambos están abocados a identificar los mismos adversarios, inclusive la Unión Europea. En este esquema, la Unión Europea es vista como otra cabeza de la hidra burocrática internacional que ha venido aprovechándose del contribuyente estadounidense al mismo nivel que la OTAN, la ONU y el NAFTA.

Potencias con intereses nacionales propios

El segundo aspecto, el de la gestión pública pura y dura, es quizás el más sencillo de entender y, curiosamente, el que menos se menciona para explicar la hostilidad de Donald Trump ante la Unión Europea, probablemente porque una parte del análisis de Trump es básicamente correcto. La Guerra Fría terminó hace casi 30 años y la Unión Europea se ha convertido en un gigante económico con intereses económicos y geoestratégicos propios.

Concluida la Guerra Fría y una vez que la Unión Soviética – una superpotencia nuclear y un enemigo existencial – ha sido derrotada y sustituida por la Rusia de Putin –ahora una potencia regional, a pesar de las ínfulas de Vladimir Putin–  Trump se pregunta qué motivos hay para no tratar tanto a los rusos como a los europeos como potencias extranjeras que persigue su interés nacional. A fin de cuentas, Putin es bastante más predecible que Bruselas -recuerde el lector la famosa cita atribuida a Henry Kissinger: «¿A quién llamo cuando quiero hablar con Europa?»-.

El giro (frustrado) de Barack Obama del Atlántico al Pacífico era en sí mismo otro síntoma de estos cambios. Desde luego, la aproximación de Trump al escenario europeo supone un golpe al liberalismo internacionalista que ha estado en el centro de la política exterior norteamericana desde Pearl Harbor y que ha contribuido a la expansión de los modos políticos democráticos por todo el globo.

Pero que el trumpismo sea deplorable no significa que todos sus componentes estén equivocados: las tensiones provocadas por la estrategia de crecimiento china, por ejemplo, son reales y parte de la solución ante el populismo de Donald Trump debería pasar por una China que adopte un modelo productivo menos lesivo para las clases trabajadoras chinas y occidentales, igual que debería pasar por una Europa que asuma parte de sus responsabilidades internacionales incluyendo, por ejemplo, incrementar el gasto en defensa.

La comunicación ‘trumpista’

En tercer lugar, es evidente que Trump ha convertido el trumpismo, que algunos pronosticábamos finiquitado el mismo día que Trump ganó las elecciones, en el meollo de su política comunicativa. El éxito para el presidente –y el error del analista– en este campo ha sido total. Para deleite de sus fans, es evidente que Trump va a preservar los ropajes del insurgente político que vistió en campaña. Resta el consuelo de que la judicatura ya está actuando para contener los excesos más graves, aunque aún está por ver si los republicanos en el Congreso, por ahora ambivalentes, le van a permitir traducir los excesos comunicativos en iniciativas de gestión materialmente tangibles, desde el legislativo.

En cualquier caso, la inseguridad que  acompaña a todo cambio político significativo  – recuérdese, por ejemplo, el intenso debate causado por la apertura de Obama a Irán– ha degenerado en algo parecido al pánico gracias, en buena medida, al comportamiento comunicativo de Trump y su equipo. La administración exhibe niveles de hiperactividad comunicativa equivalentes a un caso grave de desorden de déficit de atención (DDA).

En los últimos días, por ejemplo, los medios se enfrentaban prácticamente a la vez a Trump, crítico televisivo, analizando en Twitter los problemas de audiencia de Arnold Schwarzenegger; a Trump, presidente ejecutivo, ordenando la suspensión del acogimiento de refugiados de siete países; y a las declaraciones de Ted Malloch, presunto embajador de Trump en Bruselas, comparando la Unión Europea con la Unión Soviética, pronosticando idéntico futuro para ambas y criticando la idea misma de integración europea.

Solo el efecto de estas últimas ha sido tal que ha obrado la transmutación del agua en chimichurri –todo tiene un límite– en las venas de los eurócratas. Un escrito respaldado por el Parlamento europeo en bloque califica a Mallochde «malévolo» y los más exaltados (¡en Bruselas!) piden que se le declare persona non grata. Lógicamente, la velocidad en la sustitución de titulares se ha incrementado en proporción a la acelerada sucesión de reacciones sin orden ni jerarquización alguna más allá de lo cronológico.

Las iniciativas vienen rodeadas de imprecisión e improvisación, lo que genera más confusión y sensación de alarma

Las iniciativas que de la Casa Blanca ha emprendido vienen, además, rodeadas de niveles de imprecisión e improvisación que generan aún más polémica, más ruido mediático y, por tanto, más confusión y más sensación de alarma. La suspensión temporal del acogimiento de refugiados recientemente anunciada, por ejemplo, se comunicó de tal forma que pareció extenderse a todos los musulmanes y a todos los inmigrantes, incluyendo los que tienen la greencard (como llaman allí al permiso de residencia permanente) aunque ni todos los refugiados tiene permiso residencia, ni todos los que tienen la greencard son refugiados, ni todos los afectados por la medida son musulmanes -obsérvese el palmario caso de los cristianos sirios-.

En el caso europeo, después de comprometerse a trabajar por la disolución de la UE y de observar que Jean-Claude Juncker, actual presidente de la Comisión Europea, quizás haya sido «adecuado como alcalde» (fue primer ministro del pequeño  Luxemburgo),  Malloch ha tratado de retractarse observando que las famosas declaraciones habían sido pronunciadas «en tono jocoso».

Trump, por su parte, ha aprovechado para arremeter -otra vez- contra los medios por tergiversar las declaraciones de la administración. En paralelo, un juez federal ha suspendido temporalmente la orden ejecutiva que paralizaba el acogimiento de asilados, contribuyendo involuntariamente a incrementar la colosal cacofonía mediática.

La primera víctima del caos comunicativo orquestado desde la Casa Blanca ha sido la opinión publicada, presa del DDA que irradia la administración. La inmensa mayoría de los opinadores en Europa y Estados Unidos, que consideraba el trumpismo una horterada ideológica, además de estética, mucho antes de que Trump soñara con desfigurar el interiorismo de la Casa Blanca… Desde entonces han pasado de la sorpresa inicial a sufrir una conmoción detrás de otra a golpe de tuit, insulto directo, comunicado de prensa y titular televisivo.

De resultas, los analistas en los medios, que tienen serias dificultades para centrarse en analizar iniciativas concretas, han tratado a Trump y al trumpismo como objetos de diagnosis facultativa más que como sujetos propios del análisis político. Y, sin embargo, quizás sea más iluminador, ir más allá de asumir que «la Casa Blanca ha enloquecido», como subyace en buena parte de las opiniones publicadas por analistas exhaustos, tomar distancia del frenético ritmo impuesto por Washington y tratar de aproximarse a la administración Trump con criterios asimilables a los empleados con cualquier otro líder político. Trump se empeña en no parecerlo con notable éxito. No hay motivo para seguirle el juego.

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David Sarias es profesor de Pensamiento Político en el CEU.