Desde hoy habrá presidente en la Generalitat, un presidente “trabucaire” que, además de ser un fanático independentista, estará colgado de lo que le marque la CUP por si en algún momento cayera en la tentación de levantar el pie del acelerador hacia la confrontación total con la legalidad y con el Estado, que es lo que anunció el sábado como hoja de ruta de su gestión futura.

Parecía imposible, pero este Joaquim Torra es aún peor de lo que era Carles Puigdemont por un motivo nada banal: porque este señor ha demostrado ser mucho más inteligente y  más culto que lo que nunca hubiera podido aspirar a ser el fugado de la Justicia, ahora con sede en Berlín. Y eso es mucho peor porque su fanatismo no está anclado en pulsiones emocionales sino también en argumentaciones aparentemente racionales, lo que le convierte en menos sometido a cálculos inmediatos y por lo tanto, modificables.

No, éste es un independentista inasequible al razonamiento. Y no hubo más que escuchar su discurso y sus réplicas en la primera sesión de su investidura para comprobarlo. No habla por hablar, tiene un proyecto calculado y bien medido que tiene por objeto una sola cosa: llegar al juicio a los procesados secesionistas que se celebrará previsiblemente en el otoño ante el Tribunal Supremo habiendo abierto un escenario de confrontación radical con el Estado, de modo que Cataluña y España entera, pero sobre todo Cataluña, que es lo que a él le interesa, estén convertidas en un territorio incendiado y sin control. Eso es lo que busca principalmente porque a partir de ahí, ya lo ha explicado el no tan astuto Puigdemont, se pueden convocar nuevas elecciones catalanas.

De lo que se trata es de que el juicio a los dirigentes secesionistas se celebre en un ambiente de crispación social máxima, de modo que las previsibles condenas sirvan como trampolín para convocar a una población encendida a las urnas y, entonces sí, ganar las elecciones que no pudieron ganar en el mes de diciembre. Y, con las elecciones ganadas, su pretensión de internacionalizar el “conflicto” y de apelar a las cancillerías a respetar la voluntad expresada en las urnas les resultaría mucho más fácil y a la opinión pública de los países democráticos mucho más difícil negarles su legitimidad para cumplir fielmente el encargo mayoritario del poble català.

Éste es el plan y lo más probable es que empiece a ponerlo en marcha desde el mismo momento en que se forme gobierno, teniendo en cuenta además que esa es la exigencia planteada por los diputados de la CUP que sólo apuestan al enfrentamiento con la legalidad constitucional. Ni un paso atrás contra la Constitución, contra el Estatuto, contra los tribunales y contra el Gobierno, éste es el mandato asumido por Torra.

Si Puigdemont no se atrevió a declarar la independencia de frente y con todas las consecuencias, Joaquim Torra sí se va a atrever. Ha venido para eso

El problema es que el Gobierno no puede ni debe actuar preventivamente porque ese no es un comportamiento democrático. Quiere decirse que no puede negarse, por ejemplo, a levantar la aplicación del artículo 155 en base a lo que le ha oído decir al señor Torra y en prevención de que lo vaya a cumplir. Tendrá que levantar ese artículo en cuanto se forme el gobierno de la Generalitat pero, eso sí, no puede dudar ni un segundo en volver a pedir autorización al Senado en cuanto de las palabras se pase a los hechos en el gobierno catalán. Y en ese caso, la aplicación deberá ser dura, estricta e implacable. No hay otra opción por más que al presidente Rajoy le hubiera gustado quitarse de encima esa carga y pasar a contar con el voto favorable del PNV a los Presupuestos Generales de 2018 y vivir con cierta tranquilidad lo que le queda de legislatura. No la hay.

Porque lo que pronunció el señor Torra el sábado fue toda una declaración de guerra política e institucional y a esa declaración, de materializarse, que se va a materializar, es imprescindible ofrecer una respuesta a la altura del desafío. Si Puigdemont no se atrevió a declarar la independencia de frente y con todas las consecuencias, Joaquim Torra sí se va a atrever. Ha venido para eso, para intentar restaurar lo que el secesionismo había perdido en los últimos meses. Eso quedó claro el sábado y hoy lunes veremos si se reafirma en la amenaza, que se reafirmará. Primero, porque como buen fanático, no ve más meta que la que ilumina su fe. Y, segundo porque, en caso contrario, se puede encontrar con que la CUP  le saca de la presidencia sin haber llegado a ella.

Nos esperan momentos muy difíciles. Ya no se trata únicamente de que el nuevo presidente vaya a ignorar de plano a más de la mitad de los catalanes, sino de algo definitivo: el Estado no puede ser derrotado en este desafío máximo y a cara descubierta. Los partidos constitucionalistas deben volver a cerrar filas y el presidente de Ciudadanos deberá dejar para otra ocasión su decisión de desmarcarse del presidente Rajoy en las materias relativas a Cataluña. El tren avanza ya para embestir al muro. Y el muro lo componemos todos nosotros, los españoles y los catalanes que defendemos la Constitución y la unidad de España. Van a ser meses durísimos.