Conocí a Alberto Corazón como cliente a mediados de los años ochenta del pasado siglo cuando le encargué el logotipo y dossier de la imagen corporativa de TELUR una empresa mixta entre Amper y el Estado Soviético para fabricar teléfonos de tecnología española en la URSS, merced a la nueva política -la famosa Perestroika- de Gorbachov de apertura al mundo capitalista. Todavía conservo su formidable trabajo, que desarrolló inspirándose –a mi petición– en las vanguardias rusas cuya admiración compartíamos. Telur y su logotipo siguen vivos aún en la fábrica de teléfonos en Perm al pie de los Urales.

Seguí haciéndole encargos cuyos desarrollos, sin inmiscuirme en su libertad intelectual, me gustaba compartir. Desde entonces fuimos cultivando una gran amistad que terminó abarcando muchos otros intereses culturales. Alberto, pronto lo descubrí, era un intelectual tan vasto como profundo; era mucho más que un mero y capricho artista.

Recuerdo ahora, cuando le hice el encargo del diseño de una máquina callejera de expedición de tickets de aparcamiento en los albores de esta nueva tecnología, que hizo un estudio tan profundo del “artefacto” –palabra que le encantaba utilizar- que le llevó a basarlo en el suelo mediante un tronco de pirámide invertida. Yo supuse que era un recurso estético, hasta que me explicó que había investigado el deterioro de los muebles urbanos y había descubierto que el orín de los perros era su perdición.

Alberto inventó el Domo, un teléfono de diseño y funcionalidad insuperables; una autentica obra de arte

También averiguó que los perros levantaban la pata para orinar “solo para apoyarla en paredes verticales, no inclinadas”, lo que le llevó concebir la base inclinada de los parquímetros que se pueden ver en muchas ciudades españolas –Barcelona a la cabeza- e incluso en Seul. El grupo Amper ganó con el parquímetro de Alberto Corazón -lleno, eso sí, de magnífica electrónica made in Amper– el concurso mundial, el más importante de aquel tiempo- con motivo de los Juegos Olímpicos de aquella ciudad coreana.

Además de otros frecuentes trabajos de cartelería y diseños gráficos, también le encargué el diseño de un nuevo teléfono en un tiempo, el de la liberalización de las telecomunicaciones, caracterizado por una avalancha de aparatos de todo el mundo que parecía hacer imposible algo seriamente novedoso.

Y Alberto inventó el Domo, un teléfono de diseño y funcionalidad insuperables; una autentica obra de arte. Dándome cuenta de los pasos que iba dando, un día me explicó toda la ergonomía del uso de un teléfono incluida la habitual posibilidad de utilizarlo, con cable pero sin manos apoyado entre el hombro y la oreja. No he conocido a nadie tan escrupuloso a la hora realizar un trabajo de base artística, metodología en la que siempre fundamentó su desempeño profesional.

Los grandes filósofos de la creatividad humana, con Mihaly Csikszentmihalyi y su Creativity (1996) a la cabeza, sostienen que solo se manifiesta seriamente previa existencia de un profundo conocimiento del oficio; y Alberto fue aprendiendo muchos sin prisa ni pausa. Su paulatina retirada –según me comentaba– del mercado del diseño estuvo acompañada del desdén de las nuevas clientelas por el trabajo demasiado bien hecho, de abajo a arriba.

Comenzó, mientras estudiaba económicas, a interesarse por el valor de los signos y consiguió enseguida ser un diseñador de éxito de portadas de libros

Alberto, que iba para economista en ejercicio –su licenciatura-, pronto se interesó por los “signos y las letras”, según me contaba, una vocación inspirada por su huertano –de Valencia- abuelo y su imprenta. Comenzó, mientras estudiaba económicas, a interesarse por el valor de los signos, consiguió enseguida ser un diseñador de éxito de portadas de libros de bolsillo y se metió irremediablemente en el mundo del diseño, ámbito en el que sus hazañas son suficientemente conocidas.

A Alberto no solo le atraían los grandes proyectos, sino aquellos en los que el diseño podía trascender. Fue el caso de la creación de una marca de mazapanes para una panadería tradicional de Toledo, trabajo que elevó a alturas desconocidas un producto artesanal de mucha mas antigüedad que resonancia comercial. La experiencia que me hizo conocer y probar en su cigarral al sur de la ciudad, seguirá siendo un recuerdo imborrable.

Alberto pasó del diseño al dibujo, después a la escultura, finalmente la pintura y siempre a la escritura, llegando a crear un libreto y una escenografía operística que no tuvo la suerte de tener una música a su singular nivel. Un recorrido que recuerda justificadamente al gran Leonardo da Vinci.

Poco amigo de los halagos, un día me confesó su enorme orgullo cuando sin previo aviso le llamaron desde Suecia para pedirle por favor que una antología de sus obras protagonizara la inauguración del nuevo museo de arte contemporáneo de Estocolmo.

Me confesó que las óperas de Wagner sólo era capaz de escucharlas sustituyendo un acto si y otro con un buen Martini

Antes de esta experiencia internacional vivió otra que siempre rememorábamos: una rocambolesca exposición de su obra en el Museo Nacional de Damasco. Enviados sus cuadros y esculturas, cuando llegó a la ciudad para dar su visto bueno al montaje en el museo, se encontró con que no habían sido desembalados ni había fecha para ello. Lejos de enfadarse, todo lo que se le ocurrió fue pedirle a las autoridades sirias un espacio físico para gastar el tiempo de espera trabajando. Le otorgaron una especie de palomar en un muy antiguo edificio, donde se dedicó a pintar y sobre todo escribir una obra cumbre: Damasco suite. Somos imágenes (2011), una reflexión filosófica, poética y enigmática absolutamente deslumbrante de cabo a rabo.

Su discurso de entrada a la Academia de Bellas Artes de San Fernando en noviembre de 2006, una obra maestra de la investigación de los signos, titulado Palabra e icono: Signos, es necesariamente un clásico –lo que no se puede hacer mejor, según el torero Joselito el Gallo– y una obligada asignatura para quienes se aventuren en el oficio de Alberto.

Por último, recuerdo que siendo ambos muy melómanos y de gustos parecidos –llegamos a hacer un programa de radio juntos- un día me confesó que las óperas de Wagner sólo era capaz de escucharlas sustituyendo un acto sí y otro no con un buen Martini, lo que nos puso de acuerdo como en casi todo lo que hablábamos.

Conservaré para siempre con mucho cariño la numerosa correspondencia escrita a mano que tengo de él, con esas letras cada vez más destartaladas porque como me gustaba decirle: con la edad dejó de escribir, solo dibujaba.

He perdido a un gran y entrañable amigo, bellísima persona, icono artístico, intelectual y ciudadano de los mejores tiempos, posiblemente, de nuestra historia. Descanse en paz.