«Por el humo se sabe donde está el fuego» dice la romanza de la zarzuela Doña Francisquita que el tenor Alfredo Kraus interpretaba como nadie. La frase, que ha pasado a ser parte del refranero español, viene a decir que el efecto de algo puede llevar a descubrir su causa.

Y esto es lo que está pasando con Pedro Sánchez a lo largo de esta interminable campaña electoral que empezó inmediatamente después de que los partidos políticos se recuperaran del primer susto ante la convocatoria de elecciones anticipadas anunciada por la presidenta de la Comunidad de Madrid.

¿Por qué el presidente aparece y desaparece de la primera fila de la batalla electoral que se está librando estos días en la Comunidad? Porque su presencia o su ausencia están fatalmente determinadas por las perspectivas electorales que se le presenten al PSOE en cada momento. Su implicación personal en la campaña es el termómetro más fiable que nos permite conocer la salud de su partido día a día.

Hubo una primera etapa, que duró hasta las vísperas del debate a seis bandas en Telemadrid -el único que se ha podido celebrar en los 15 días de campaña-, en la que el presidente del Gobierno estaba un día sí y otro también confrontando directamente con Isabel Díaz Ayuso como si el candidato del PSOE a la presidencia de Madrid fuera Pedro Sánchez y no Ángel Gabilondo.

Aquello fue así durante mucho tiempo hasta el punto de que muchos escribimos sobre los riesgos que estaba corriendo el presidente porque, efectivamente, si los socialistas ganaban las elecciones, el mérito sería del señor Sánchez en su totalidad pero si las perdía, la derrota también sería exclusivamente suya.

No le importó lo que se le decía desde fuera de su equipo asesor porque estaban por entonces plenamente convencidos todos, él también, de que su presencia en la campaña era un activo extraordinario del que se iba a beneficiar extraordinariamente en el futuro en tanto que presidente del Gobierno.

Ganar Madrid y que lo ganara Pedro Sánchez en persona era un caramelo que no se podía desdeñar. Por eso se lanzó a la arena y por eso insistía en competir de tú a tú con Díaz Ayuso. Cómo sería la cosa que hubo un momento en que hasta Gabilondo tuvo que plantarse públicamente: «Sánchez, Sánchez, Sánchez… ¡Yo soy Ángel Gabilondo y a las elecciones me presento yo!».

Ganar Madrid y que lo ganara Pedro Sánchez personalmente era un caramelo que no se podía desdeñar. Por eso se lanzó a la arena y por eso competía de tú a tú con Díaz Ayuso

Por entonces el protoasesor de La Moncloa no se había caído todavía del guindo y seguía pensando que con su diseño de campaña, teniendo como estandarte a un señor «Soso serio y formal» y como estrella política al mismísimo presidente del Gobierno, la batalla de Madrid estaba ganada.

No calibró Iván Redondo los destrozos políticos que había causado la operación fallida del intento de moción de censura en Murcia y cómo eso había hecho levantar las antenas de la alarma a una buena parte de los electores madrileños que se apresuraron en una proporción muy mayoritaria a cerrar filas en apoyo de la presidenta de Madrid.

La temida subida fiscal que el Gobierno había anunciado ya en los melifluos términos de la «necesaria armonización» entre las comunidades autónomas significaba que los impuestos autonómicos de Patrimonio, Sucesiones y Donaciones que en Madrid estaban subvencionados en su casi totalidad iban a incrementarse.

Se trataba esencialmente por parte del Ejecutivo de dar satisfacción a partidos como Esquerra Republicana de Cataluña, una formación que reclama la independencia para su comunidad mientras al mismo tiempo exige al Gobierno que intervenga en las competencias propias de otras autonomías. La conclusión de muchos madrieños fue que si ganaba el PSOE en Madrid esos impuestos subirían.

Lo mismo pasó con la Ley Celáa y su trato a la escuela concertada. La sensación, más bien la certeza, de muchos electores de Madrid era que el Gobierno se disponía a limitar la expansión de los colegios concertados y a acabar también con los centros de educación especial. Y eso no les gustaba nada.

Por eso desde el Departamento de Pensar Cómo Ganar Las Elecciones de Madrid, dirigido por el señor Redondo, le dijeron al Gabilondo «soso, serio y formal», el de la primera época, que se declarara contrario a subir los impuestos, favorable a la enseñanza concertada y dispuesto a no derribar el hospital Isabel Zendal que la presidenta de Madrid había levantado en un tiempo récord y que la izquierda había intentado sabotear desde antes incluso de su inauguración.

El compromiso de Gabilondo se produjo en esos términos tan sorprendentes porque ya empezaba a no estar tan clara esa victoria que se había dado por supuesta al comienzo de la larguísima precampaña y porque aún se contaba en la factoría de Redondo con que con ese mensaje el PSOE iba a atraer a los votantes de Ciudadanos desencantados.

Para cuando se celebra el único debate de la campaña en la sede de la televisión autonómica madrileña, el Departamento de Pensar monclovita ha comprobado ya que los antiguos votantes de Cs se están moviendo en masa hacia el Partido Popular.

Y como las cosas se le están poniendo feas al candidato socialista se le ordena que se olvide de sus compromisos iniciales y dé allí mismo, ante varios millones de espectadores, un giro de 180 grados. Dicho y hecho: en su última intervención y ante el estupor de propios y ajenos Gabilondo declama aquello de «¡Pablo, tenemos 12 días para ganar las elecciones!»

La frase, toda una declaración de impotencia, fue la clara demostración de que en el Departamento de Pensar ya se habían dado cuenta de que sus cálculos no estaban saliendo como tenían previsto y que los electores no le iban a poner las cosas fáciles al candidato del PSOE.

Pero el síntoma más revelador fue el de Pedro Sánchez. De repente comprobamos que el presidente del Gobierno ha desaparecido de la primera línea y vuelve a sus quehaceres presidenciales. Se ausenta de la campaña. Ya no está. Señal de que, visto el panorama que dibujan los sondeos, no le conviene seguir encabezando el combate electoral.

Y en ésas estábamos cuando Pablo Iglesias monta un escándalo monumental porque en el ministerio del Interior se ha recibido una carta destinada a él con cuatro balas dentro y un mensaje en el que se le amenaza de muerte a él y a toda su familia. El mismo mensaje han recibido el propio ministro, Fernando Grande Marlaska, y la Directora General de la Guardia Civil, María Gámez.

En definitiva, nada que no haya sucedido centenares de veces a otros tantos políticos de distinto signo a lo largo de los años pero a lo que, siguiendo el consejo de las Fuerzas de Seguridad, nunca se ha dado publicidad para no producir un efecto de emulación además de para permitir que las investigaciones se lleven a cabo con mayor eficacia.

Con estos elementos, sin embargo, Iglesias elabora sobre la marcha una nueva estrategia que culmina el día 23 de abril en la cadena SER cuando la candidata de Vox, Rocío Monasterio, se niega a condenar explícitamente esas amenazas, momento en que el líder de Podemos abandona estrepitosamente el debate. Tres cuartos de hora después, instados por sus respectivos equipos de campaña, lo abandonan también Ángel Gabilondo y Mónica García, la candidata de Más Madrid.

La campaña da entonces un vuelco radical. Ya no se trata de los impuestos, ni de la gestión de la pandemia, ni de la enseñaza, ni de la política sanitaria de la presidenta de la Comunidad. Ahora se trata de democracia o fascismo. De defender la democracia frente al ataque del «fascismo».

En el Departamento de Pensar de La Moncloa se dicen: «¡Eureka, he aquí la oportunidad de darle la vuelta a los sondeos y de movilizar a la izquierda de los barrios obreros!».

El Departamento de Pensar de La Moncloa se dice: «¡Eureka, he aquí la oportunidad de darle la vuelta a los sondeos y de movilizar a la izquierda de los barrios obreros!»

Y es entonces cuando Pedro Sánchez regresa. El presidente del Gobierno reaparece liderando uno de los episodios más lamentables de los que hemos asistido en esta campaña.

Porque hemos visto a nada menos que al ministro del Interior, al responsable del orden público en toda España, llamar «organización criminal» al primer partido de la oposición. «Una organización criminal que realmente ha mostrado lo peor de la política y lo peor del servicio público» remata el ministro.

Hemos visto a la directora de la Guardia Civil en el ejercicio de su cargo, es decir, representando a un Instituto Armado cuya función y responsabilidad exigen la más estricta neutralidad política, participando en un mitin en el que el mensaje era éste: el fascismo amenaza nuestra democracia, sumemos nuestras fuerzas para enfrentarnos a ella.

Y hemos visto a la ministra de Industria y Turismo a las puertas del Congreso exhibiendo una foto de lo que parecía una faca descomunal -ella había recibido también una carta con una pequeña navaja aparentemente manchada de sangre enviada por un esquizofrénico- diciendo que «todos los demócratas estamos amenazados de muerte si no paramos a Vox en las urnas».

Es decir, una ministra dando por hecho sin aportar la más mínima prueba que el partido de Santiago Abascal es de alguna manera el responsable de todas estas amenazas de muerte. En definitiva, atribuyendo a Vox la autoría moral de ese delito. Algo inaudito.

Pero eso ha sido así, los ministrso del Gobierno se han lanzado a esa batalla simple, manipuladora y falsaria porque Iván Redondo, el jefe del Departamento de Pensar Cómo Ganar las Elecciones de Madrid, se había quedado sin estrategia electoral y vio el cielo abierto con el movimiento de Iglesias, así que decidió que lo mejor era sumarse a él y secundar su planteamiento.

El lema pasó de pronto a ser «No es sólo Madrid, es la democracia», tal como si estuviéramos a punto de sucumbir a una invasión de los Camisas Negras de Benito Mussolini con su reguero de violencia y asesinatos.

Y aquí tenemos de nuevo a Pedro Sánchez de vuelta a la primera línea de combate: “El viernes Vox cruzó una línea y será la última línea que cruce. Vox representa una amenaza contra la democracia española y la convivencia. Ya no se trata de Madrid, se trata de nuestra democracia. ¿Qué se está sembrando? El discurso del odio”. También él, el presidente del Gobierno, se atreve a imputar a Vox la autoría moral de esas amenazas.

De esa manera es como el partido de Rocío Monasterio, al que los sondeos otorgan alrededor de un 10% de los votos, se ha convertido de pronto en una amenaza «fascista» y en el objeto principal del debate político. No así el propio Iglesias, que, a tenor de lo escuchado, parece encarnar el perfil de perfecto demócrata constitucionalista. «Democracia o fascismo» era el nuevo lema de Pablo Iglesias.

Lo lamentable es que también lo ha sido de Pedro Sánchez, de muchos de sus ministros y hasta del propio candidato. Y ya al parecer daba igual que el votante apoyara la candidatura de Gabilondo, la de Pablo Iglesias o la de Mónica García. Todos los partidos de la izquierda eran ya sólo uno frente a la inventada amenaza «fascista».

Pero sucede que los electores no les han comprado una mercancía tan averiada, un montaje de última hora para intentar movilizar al votante de izquierdas: los sondeos no registran apenas la tan buscada movilización. Y por esa razón, porque la victoria socialista se aleja de nuevo en el horizonte, en los últimos días Pedro Sánchez ha vuelto a desaparecer de la primera línea de combate.

Señal inequívoca de que la nueva estrategia de «democracia o fascismo» no ha dado los resultados que los autores y sus acompañantes habían previsto. Así que vuelta atrás, regreso a la casilla anterior y retirada a La Moncloa y a las tareas propias de la presidencia del Gobierno.

Y de esa manera, y a pesar de que ya no se pueden publicar los sondeos –aunque el CIS sigue preguntando y no es descartable que transmita sus conclusiones a Iván Redondo, que es tanto como transmitírselas al propio presidente- los ciudadanos de a pie nos podemos hacer una idea de cómo están en cada momento las perspectivas electorales del PSOE.

Sólo tenemos que comprobar si Pedro Sánchez aparece encabezando los mítines o no asoma la cabeza por ellos. Por el humo se sabe dónde está el fuego.