Los servicios de filtración de Moncloa han hecho correr la buena nueva: pronto habrá crisis de Gobierno.

El presidente, dicen esas fuentes, quiere «recuperar la iniciativa» tras las primarias en Andalucía y la aprobación por el Consejo de Ministros de los indultos a los condenados del procés. Eso nos lleva a finales de junio o principios de julio, con el verano ya encima y las cifras de vacunación a velocidad de crucero.

Filtrar nombres con tanta antelación tiene varias ventajas para el presidente. La primera de ellas es poner nerviosos a los candidatos a salir del Gobierno, lo que favorece vencer resistencias a aplicar determinadas políticas; la segunda es que permite ir cambiando los nombres con el paso de los días. Al fin y al cabo, se trata sólo de rumores interesados.

Las crisis pueden ser cosméticas o profundas. Mero maquillaje para soltar lastre y dar un premio a alguien que lo merece. O bien, tocar alguna de las carteras clave, lo que significa variar el rumbo del Gobierno en políticas esenciales.

Si Moncloa hubiera filtrado los nombres, pongamos por caso, del ministro de Universidades (el estrambótico Castells), o el del ministro de Ciencia (el desaparecido astronauta Duque), estaríamos hablando de la primera categoría.

Sin embargo, lo relevante de la filtración es que, además de los antes aludidos, se mencionan otros nombres. Por ejemplo, el de la ministra de Exteriores, Arancha González Laya, que sería de esta forma castigada por su atolondrada gestión de la crisis con Marruecos, dando así Sánchez una «prueba de buena voluntad» a Mohamed VI para tratar de reconducir la estratégica relación con el vecino del sur. Eso no es ninguna tontería porque demostraría que el presidente se equivocó al nombrar para un cargo tan importante a alguien que desconoce los principios básicos de la diplomacia.

Lo significativo es que sea Moncloa quien haya filtrado el nombre de la ministra de Economía. De confirmarse, su salida significaría una victoria de Yolanda Díaz y el triunfo de las tesis de Iglesias a un mes de su salida del Gobierno

Más importante aún: en la lista negra figura el nombre de la ministra de Economía y vicepresidenta segunda del Gobierno, Nadia Calviño. Esto son palabras mayores. Si Calviño sale del Ejecutivo es que Sánchez quiere modificar la política económica, y no precisamente para hacerla más liberal, sino para darle un giro a la izquierda.

Calviño, hay que reconocerlo, ha hecho esfuerzos para no aparecer como un topo del capitalismo en un gobierno frentepopulista. Ha hecho una campaña especialmente activa contra los elevados sueldos de los banqueros, llegando incluso a enfrentarse al presidente de Caixabank, José Ignacio Goirigolzarri, y obligando al FROB a votar contra su subida salarial en la junta de la entidad. Ese mismo mensaje contra los sueldazos de los banqueros fue trasladado por la ministra a la cumbre europea celebrada en Lisboa el pasado día 21, para sorpresa de alguno de sus colegas.

Este gesto populista -como reclamando que ella también es de izquierdas- no ha sido suficiente, sin embargo, para calmar a los que reclaman medidas más en línea con el ideario de la coalición gobernante. Calviño siempre se ha opuesto a una contrarreforma laboral que podría dificultar la recuperación del empleo y que, además, es mal vista por Bruselas. Los encontronazos entre Calviño y Yolanda Díaz (ministra de Trabajo, vicepresidenta tercera y jefa de la facción de Podemos en el Gobierno) son conocidos. Hasta ahora, la balanza se inclinaba a favor de Calviño, a quien Sánchez consideraba esencial para conseguir los fondos europeos que, como el maná, traerán a España una recuperación histórica.

Pero las cosas han cambiado. Aunque parezca paradójico, la salida de Pablo Iglesias del Gobierno no ha facilitado un giro hacia la moderación y la sensatez en economía, sino todo lo contrario.

Díaz tiene, aunque no lo parezca, mucho más predicamento que Iglesias en el círculo íntimo de Sánchez. No sólo está a punto de ganar la batalla de la reforma laboral, sino que también le va a doblar el pulso al ministro Escrivá en la reforma de las pensiones. Ya le ganó de forma evidente en el acuerdo sobre la ampliación de los ERTE. Escrivá, por cierto, es otro de los que aparece en la línea de salida, lo cual sería lógico si Calviño termina marchándose del Gobierno.

Hay algunos datos que hacen pensar que la caída en desgracia de la ministra de Economía es algo más que un rumor propalado por Moncloa para doblegar su tendencia a la ortodoxia. Por ejemplo, la desbandada de altos cargos de su ministerio apunta a que más de uno ha decidido ya buscarse una salida antes de que la capitana abandone el barco.

Lo que subrayan los filtradores es que Sánchez quiere «dar un giro a la izquierda en la segunda mitad de la legislatura». Eso es lo más importante. Sólo ha pasado un mes desde que Iglesias saliera del Gobierno y ha logrado imponer, como El Cid, sus tesis después de muerto.