Las relaciones con nuestro vecino del sur han sido siempre complicadas. Pero esa complejidad, desde el punto de vista diplomático, es ahora aún mayor de lo que fue durante todo el siglo XX.

Marruecos es la frontera sur de Europa. Apenas unos kilómetros, que se pueden recorrer a nado o en en patera, separan a dos mundos: la pobreza y la riqueza, la libertad y el autoritarismo. La brecha económica entre los dos continentes es la mayor del planeta. La renta per cápita de España es diez veces mayor a la de Marruecos. Esa diferencia se ensancha hasta el infinito en los países subsaharianos.

Nuestro vecino del sur es, por tanto, el tapón o el filtro de la inmigración irregular hacia Europa. Pero no sólo eso. Tan importante como el papel en el freno a la llegada masiva de inmigrantes es el rol de Marruecos como aliado fiable en la lucha contra el terrorismo islamista. Esa determinación, así como su posición moderada respecto a Israel dentro del mundo musulmán, es lo que ha permitido al rey Mohamed VI tener una relación de privilegio con Estados Unidos, que va más allá de si la Casa Blanca la ocupan Trump o Biden. En diciembre, el presidente saliente regaló al monarca marroquí una baza política de primer orden: el reconocimiento de la soberanía sobre el Sahara, última colonia española, abandonada a su suerte por un régimen cuyo caudillo estaba ya a un pie de la tumba.

La última guerra que mantuvo España con un país extranjero fue con Marruecos. Lo que añade a los elementos apuntados una argumento más para que las relaciones con nuestro vecino deban estar siempre guiadas por la máxima prudencia y por criterios de estricta oportunidad.

La decisión de aceptar la llegada a España en avión medicalizado desde Argelia del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, no ha sido ni prudente ni oportuna. Ese error le ha dado a Marruecos la excusa que necesitaba para provocar una crisis diplomática sin precedentes.

Arancha González Laya ha sido la responsable de esa decisión, que ella justifica «por razones humanitarias». Las autoridades argelinas lanzaron su SOS ante el grave estado de salud de Ghali a tres países europeos (Alemania, Italia y España), pero nuestro país fue el primero en levantar la mano. De ello todavía presume la responsable de nuestra diplomacia.

El CNI no fue informado de la decisión de trasladar a España al líder del Polisario. La decisión de la ministra de Exteriores, avalada por Sánchez, ha provocado el mayor conflicto diplomático con Marruecos en décadas

González Laya ha mantenido durante días la absurda posición de que no había una relación entre la llegada a España de Ghali y la entrada masiva -consentida y organizada por Marruecos- de 8.000 jóvenes a Ceuta en menos de 48 horas. Sin embargo, en la entrevista que concedió el pasado viernes a La Razón, ya asumía que el «gesto humanitario» (la atención en España por Covid al líder del Polisario) había «desencadenado una respuesta unilateral en forma de crisis migratoria». Como diría Unamuno: «Que me contradigo, pues me contradigo». No pasa nada.

Para que Ghali fuera atendido en un hospital de Logroño con identidad falsa, tuvieron que intervenir, además de Exteriores, los ministerios de Interior y Fomento. Como mínimo. Y, por supuesto, las autoridades sanitarias de La Rioja (donde gobierna el PSOE).

Grande Marlaska ha querido desmarcarse de este asunto y ha difundido a través de su gabinete que él ya advirtió de las posibles consecuencias de esa decisión. Pero, al final, sin su visto bueno, la llegada de Ghali a España hubiera sido imposible, dado que el control de fronteras depende de Interior.

Todos en el Gobierno huyen de este desaguisado como del agua hirviendo. Pero está claro que la máxima responsabilidad no es de la titular de Exteriores (que debería presentar su dimisión por sus errores y su falta de tacto), sino del presidente del Gobierno, que fue quien autorizó la operación.

No es de recibo que la llegada a España del enemigo público número uno de Marruecos se haya llevado a cabo sin darle cuenta previamente al CNI, organismo que conoce a la perfección los resortes y las posibles respuestas del régimen marroquí.

El gobierno español ha demostrado su incapacidad en el manejo de un contencioso especialmente sensible. Marruecos va a aprovechar al máximo esta metedura de pata para avanzar en lo que de verdad le interesa: el reconocimiento de la soberanía sobre el Sahara.

La diplomacia marroquí se ha movido a todos los niveles. El ministro de Exteriores, Naser Burita, en entrevista a la emisora francesa Europe1, ha tratado de romper la unidad de la Unión Europea en el problema de la inmigración, y lo ha intentado con el argumento de situar la crisis de Ceuta en un ámbito puramente bilateral.

España sólo tiene ahora la baza de Europa para frenar las ambiciones territoriales marroquíes, aunque la UE no va a pronunciarse sobre el contencioso del Sahara.

Pero Marruecos también ha cometido un gravísimo error al animar a miles de jóvenes y niños a saltarse la frontera en Ceuta. Las imágenes de la avalancha no benefician en nada a Mohamed VI, porque demuestran palmariamente la esencia autoritaria de su régimen. Las vidas le importan poco, si se trata de defender una reivindicación territorial histórica.

A sensu contrario, la fotografía del guardia civil rescatando a una niña en aguas ceutíes ha hecho más por los intereses de España que lo que pueden hacer todos los discursos del presidente del Gobierno.

La crisis sigue abierta y Marruecos la va a prolongar todo lo que sea posible.

España no lo tiene todo perdido, a pesar de la falta de perspectiva de la ministra de Exteriores. Nuestras bazas siguen siendo Europa y la defensa de los derechos humanos. Pero ya no hay margen para nuevos errores.