Qué barbaridad, 58 escaños, tres por encima de la mayoría absoluta. Ha sido una victoria arrasadora, imparable, inapelable. Lo conseguido por Juan Manuel Moreno Bonilla no admite la menor duda. Ha mucho más que doblado el resultado conseguido en 2018 y lo ha hecho desde una posición de máxima moderación, de ausencia de aristas, de valoración de la gestión como máximo valor de su trayectoria política.

Más de 800.000 votos más conseguidos desde las últimas elecciones. Y, dado que Ciudadanos no sumaba más de 500.000, habrá que estudiar de dónde procede tanto votante, digamos, prestado. Nos vamos a llevar sorpresas.

Es evidente que la estrategia puesta a punto por el PSOE ha resultado un fracaso sin paliativos, incluida la amenaza de que Moreno Bonilla iba a gobernar con la «ultraderecha», lo cual puede haber empujado a más de uno y de dos votantes socialistas a apoyar la candidatura del actual presidente de la Junta de Andalucía.

Porque resulta que ha conseguido eludir la amenaza más inmediata, que era la que le había anunciado Macarena Olona, la candidata de Vox, cuando le dijo que aunque necesitara tan solo el voto de uno sólo de sus diputados, el partido verde le reclamaría su participación en el gobierno andaluz. Todo eso ha quedado muy atrás fulminado por un resultado fulgurante.

Es evidente que la estrategia puesta a punto por el PSOE ha resultado un fracaso sin paliativos

Estamos sin duda ante un cambio de ciclo porque no es una victoria ajustada sino holgadísima que permite extender una manera determinada de hacer política que conecta directamente con el talante y la gestión llevados a cabo durante cuatro legislatura seguidas con mayoría absoluta de Alberto Núñez Feijóo en Galicia.

Sucede que ahora Feijóo es el nuevo presidente del PP y esa manera nulamente polarizadora de hacer política será la que se extienda en las próximas elecciones autonómicas -las municipales son otra cosa y responden a parámetros distintos-. Así que, claro que sí, estas elecciones tal y como se ha producido el resultado, son extrapolables a unas futuras elecciones generales.

Y si no que se lo digan a Adrianda Lastra, vicesecretaria general del Partido Socialista, que ha tenido una intervención lamentable en la noche electoral. El problema es que la señora Lastra no hablaba en nombre propio sino en nombre de su partido. Y ha estado tan a la defensiva, tan intentando arrimar el ascua de Moreno Bonilla a la sardina del Gobierno central, que por momentos resultó una intervención patética.

Mejor hubiera sido para el PSOE haber dejado hablar únicamente a Juan Espadas que tuvo una intervención acorde con los resultados obtenidos -aunque por el camino después de su intervención todavía perdió el escaño que le podría haber sacado de la treintena pelada- porque se comprometió a trabajar en los próximos cuatro años para recuperar el apoyo perdido.

No podía hacer otra cosa porque el Partido Socialista se ha quedado en esta ocasión por debajo de los 900.000 votos, unas cifras que palidecen y tiemblan ante aquel pasado triunfante de los 37 años de hegemonía socialista en Andalucía.

Pero lo de Adriana Lastra ha sido, con diferencia, lo peor de la noche por el grado de simpleza con el que empezó su discursito, diciendo que Juan Manuel Moreno Bonilla «había convocado elecciones cuando a él le ha interesado y porque a él le ha interesado».

Convendría recordarle a la señora Lastra que es justamente esa prerrogativa la que acompaña a todos los presidentes del régimen especial, incluido naturalmente el presidente del Gobierno. Y así ha seguido, diciendo inconveniencias y aportando informaciones absurdas. Lo malo, insisto, es que esa era, o se supone que era, la opinión de la Ejecutiva Socialista sobre las elecciones andaluzas.

Pero estos resultados afectan también al propio presidente del Gobierno, aunque él jamás lo admitirá, porque supone un rechazo total a las políticas de pactos de Pedro Sánchez al que no le importa ir del bracete con Bildu o con ERC, sus socios más principales. Y resulta que a los andaluces sí les importa y le han dado un toque muy serio al PSOE a través de Juan Espadas.

A Macarena Olona, que parece que se va a quedar en Andalucía, o eso dijo anoche, y a Santiago Abascal alguien les tiene que explicar que así no se hace la política. No se hace amenazando, ni chantajeando, ni vendiendo la moto antes de tenerla al menos un poco amarrada.

Su intervención en la noche electoral pasó por alto el hecho de que Vox aspirara a conseguir una veintena de escaños y se ha tenido que conformar con un aumento de dos. No es un mal resultado, pero se queda muy lejos de lo que sus dirigentes soñaban y a años luz del propósito de condicionar un hipotético gobierno del PP en un futuro.

Por lo que se refiere a Yolanda Díaz ya puede ponerse a «escuchar» más atentamente porque los resultados obtenidos por sus patrocinados distan muy mucho de ser satisfactorios

Para eso habría sido fundamental que Vox hubiera conseguido su propósito de forzar su entrada en el gobierno andaluz. El resultado de Moreno les aleja extraordinariamente de su sueño y condiciona su estrategia para la próxima campaña de las autonómicas.

Puede que Vox permanezca en el paisaje político español pero ya no como el Pepito Grillo de un PP que con estos resultados andaluces se aleja de Vox puede que para siempre.

Ciudadanos agoniza si es que no está ya muerto. El anuncio, anoche, de Juan Marín, de que hoy iba a presentar su dimisión de todos sus cargos en el partido naranja no debería ser aceptado por Inés Arrimadas más que en la medida en que ella misma quiera aplastar la tierra en torno a la tumba de su partido.

En caso contrario, si ella cree en las posibilidades futuras de su partido, deberá tener en mucha estima lo logrado por Juan Marín en su paso por la Junta de Andalucía. Él no ha sido castigado por su mala gestión, simplemente es que Ciudadanos ha dejado de parecer útil a la ciudadanía. Quizá pueda resucitar en el futuro.

Por lo que se refiere a Yolanda Díaz ya puede ponerse a «escuchar» más atentamente porque los resultados obtenidos por sus patrocinados distan muy mucho de ser satisfactorios. Con decir que han pasado de 17 diputados a 5 -o a 7 si contamos los dos de la señora Rodríguez- está dicho todo.

Con eso y con la compañía de la imputada Mónica Oltra es evidente que no puede llegar muy lejos. Es evidente que no ha empezado con buen pie la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo. Debe insistir más o, en su defecto, incorporarse al PSOE como número dos de alguna de las candidaturas de postín en las próximas elecciones generales.

La proximidad, la frescura de sus mensajes, el tono desenvuelto de sus intervenciones le han valido a Teresa Rodríguez los dos escaños con que a partir de ahora contará en el parlamento regional.

Pero lo más relevante, lo históricamente reseñable de lo sucedido ayer, es la victoria del PP encabezado por Juan Manuel Moreno Bonilla, con 58 escaños, nada menos que tres sobre la mayoría absoluta.