Cuenta Lula da Silva en El País (en entrevista publicada el jueves 16 de abril): "Cuando François Hollande fue nombrado presidente de Francia, solicitó una conversación conmigo y me preguntó: 'Lula, ¿qué crees que tengo que hacer para que mi gobierno salga realmente bien?' Le dije: '¿Recuerdas el discurso que hiciste para ganar las elecciones? Ponlo en la cabecera de la cama y, cada mañana cuando te levantes, lee lo que dijiste para no olvidar lo que prometiste'".
Tiene mucho valor esa anécdota. Para el presidente de Brasil, el principal valor de un político es su credibilidad.
Lula ha venido a Barcelona, invitado por Pedro Sánchez, para celebrar una reunión bilateral con los gobiernos de ambos países, y, lo más importante, para participar en una cumbre de líderes progresistas organizada por el presidente español para ensalzar su figura como líder mundial frente a la ultraderecha personificada en Donald Trump.
Evidentemente, Sánchez no ha seguido el consejo que Lula le dio a Hollande, porque no ha cumplido ninguna de sus promesas electorales (al menos las más importantes), hasta el punto de ser, con diferencia, el político menos fiable de Europa.
El 19 de junio de 2023, cuando ya se habían convocado las elecciones para el mes de julio, Carlos Alsina entrevistó en Onda Cero a Pedro Sánchez. Su primera pregunta fue: "¿Por qué nos ha mentido tanto?". Alsina enumeró alguno de sus incumplimientos –todos relacionados con el asalto al Estado de derecho–, pero el presidente lo justificó como "cambios de opinión política". Sánchez tiene manga ancha para sí mismo, hasta el punto de preguntarse: "¿El fin justifica los medios? Depende".
La alfombra roja de Barcelona, por la que desfilarán, además de Lula, Claudia Sheinbaum (México), Gustavo Petro (Colombia) y otros gobernantes de izquierdas –ninguno europeo, por cierto– tan sólo servirá para opacar durante un fin de semana el desfile de la vergüenza en el Tribunal Supremo, donde se sienta en el banquillo el ex número dos del PSOE y ex ministro de Transportes, José Luis Ábalos. Es un proceso que evidencia la corrupción que anidó en el Gobierno socialista desde el primer día. En unos días se conocerá también la decisión de la Audiencia Provincial de Madrid sobre el procesamiento de Begoña Gómez, esposa del presidente. Casi como un tema menor, en Plaza de Castilla se dirime el caso de la conocida como 'fontanera de Ferraz'. Al mismo tiempo, en la Audiencia Nacional se investiga la posible financiación irregular del PSOE. A finales de mayo comenzará en Badajoz el juicio contra David Sánchez, hermano del presidente. Justo un par de semanas después de que se celebren las elecciones en Andalucía, en las que, según las encuestas, el PSOE tendrá el peor resultado de su historia en unas elecciones autonómicas, en las que el PP apunta a una mayoría absoluta.
Mientras que Sánchez se presenta en Barcelona como líder progresista, su entorno se sienta en el banquillo acusado de corrupción
Son como dos mundos diferentes: Sánchez, el hombre que se enfrenta a Donald Trump y quiere liderar un movimiento global "progresista y humanista frente al odio" (eso dijo el presidente en una declaración durante su visita oficial en China, un país tan humanista y tan progresista que no necesita democracia, ni libertad de expresión, ni más partido que el Partido Comunista); y, por otro, el Sánchez de carne y hueso, el gobernante que ha pactado hasta con el diablo para apalancarse en La Moncloa, el que ha colocado a los suyos en todos los resortes de poder, el que ha tomado por asalto a las empresas públicas y el que ni se ha enterado –eso es lo que nos quiere hacer creer– de la corrupción en la que chapoteaban altos cargos y, presuntamente, miembros tan próximos a él como su esposa y su hermano.
La esquizofrenia en la política nunca había alcanzado tales cotas. El Sánchez que nos hablará de la desigualdad, de la injusticia, de las guerras, de los derechos humanos, es el mismo que alimenta campañas contra los periodistas, los jueces, o todo aquel que se atreva a cuestionar su manera de gobernar. El que se queja del odio de la ultraderecha tiene en su Gobierno a un ministro como Oscar Puente, el terror de X, que no pierde la ocasión para denigrar a todo aquel sospechoso de opositor.
La impostura llega a tal punto que en su afán por apuntarse victorias llegó a decir (también en China) que las olas ultraderechistas se pueden parar, "como hemos visto en Hungría". Se le olvidó decir que a Víktor Orbán le ganó Peter Magyar, candidato de la derecha homologable al PP español.
La crisis global de la socialdemocracia no tiene mucho que ver con la llegada al poder de Donald Trump. Javier Milei o Giorgia Meloni, por ejemplo, llegaron al poder en Argentina e Italia con Joe Biden en la Casa Blanca. Feijóo también ganó las elecciones en España en julio de 2023 –aunque no pudo gobernar– con el demócrata como presidente de los Estados Unidos.
Buscar a un malo global, como Trump, para ser su némesis no te convierte automáticamente en el bueno de la película. Sirve para fabricar el relato, un tanto peliculero, de un Sánchez como un David moderno frente a un Goliat grosero y matón, representado por Trump. Pero poco más.
¿Le servirá acaso esta cumbre a Sánchez para que su candidata en Andalucía, la desterrada a su pesar, María Jesús Montero, pueda superar los 30 escaños en que dejó a PSOE Juan Espadas? Lo dudo. No sólo yo, sino todas las encuestas publicadas hasta ahora.
El dispendio, tanto económico como diplomático, para concentrar en Barcelona a tanto progresista tan sólo servirá para llenar unos minutos de los telediarios, para hacer brillar por un instante la estrella fugaz de nuestro presidente.
Tampoco creo que esta IV Reunión en Defensa de la Democracia (aún no sabemos para que sirvieron las tres anteriores) les sea útil a Lula y a Petro para ganar las elecciones que se celebrarán este año en Brasil y en Colombia, respectivamente. Si ganan, será por otras razones.
Para ser un referente global, progresista o conservador, las cumbres mundiales no sirven de mucho, son sólo un adorno. Lo importante es tener valores, predicar con el ejemplo, ser honesto y cumplir con la palabra dada. En resumen: lo que Lula le recomendó a Hollande.
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