Gertrudis, secretaria, tía abuela o quizá otra hija gótica de Zapatero (todos se parecen entre ellos y, a la vez, todos se parecen a Robert Smith, el cantante de The Cure), ha estado o más bien ha posado en la comisión Koldo, entre telarañas como de mármol. No ha contestado a nada, no como “desaire” sino por su condición de imputada, pero yo creo que es peor quedar así, como un camafeo de polvo, mientras te fusilan en seco sobre el fondo que tiene ese salón del Senado, ese mural de Clara Campoamor que convierte a todos como en terracota. Ni Gertrudis ni su jefe pueden hacer ya otra cosa que callar y pedir que un rayo parta al juez o queme las pruebas, pero las preguntas sin contestar, o mal contestadas, van hundiéndolos a los dos contra ese mural y contra los de la Justicia, van emparedándolos como en una torre de fantasmas. Sólo hay otra cosa peor que hacerse el olvidadizo, el mudo, el tonto, el bajorrelieve, el egipcio muerto o pintado, mientras los senadores te van leyendo el futuro entre cascabeles y remolinos de arena (“ya verá como la próxima vez que viene usted no entra tan acompañada de los miembros del PSOE”, le penaba a bají Rocío Dívar, del PP). Sí, creo que sólo hay una cosa peor, y es lo que ha hecho Santos Cerdán, sacarse su propio libro de penas, como un viejo Werther o viejo verde, que se decía en aquella remota serie, Tristeza de amor.
Santos Cerdán tiene tristeza de política, de vida y de conspiración como una tristeza de amor, y esos suspiros y ese sufrimiento no pueden quedarse ahí dentro, que hacen entripado, úlcera y hasta humedades, las románticas humedades de la tisis como las románticas humedades de un sofá isabelino. Ahora que el juez Pedraz va imputando al personal por docenas, como ramos de rosas del socialismo, incluida la presidenta de la SEPI, Belén Gualda (otra de la muy académica escuela andaluza del PSOE); que Gertrudis y Zapatero están en la misma mazmorra que Leire, que las líneas aéreas se mezclan con los tubos reunidos (suena a salvapantallas del Windows) y las cloacas se mezclan con la gloria sanchista; ahora que todo parece el mismo despiporre, la misma estafa, el mismo colchón y el mismo patíbulo, a Cerdán le da por ponerse lírico, ridículo y esdrújulo, que diría Pessoa (“todas las palabras esdrújulas, como los sentimientos esdrújulos, son naturalmente ridículas”). Uno, que es lírico de ventanuco, un poco como Pessoa, o eso me gusta pensar, no es que vea mal ponerse a escribir mojando el tinterito en la llaga o en el ojo, sea verdad o mentira lo que se escriba, pero, tal como está la cosa, es lo único peor que callarse, olvidarse o congelarse ante el juez.
Ahora que el juez Pedraz va imputando al personal por docenas, como ramos de rosas del socialismo, a Cerdán le da por ponerse lírico, ridículo y esdrújulo
Ábalos también se puso lírico, romántico, verde de viejo Werther o sólo de viejo verde, con tristeza de amor aún más ridícula, y ya ven cómo ha acabado. Aún sigue preguntándose cómo pudo pasar, cómo nadie, ni siquiera el Supremo, con su pinta un poco de señoras casamenteras, con su luto de uniforme pero no de corazón, se creyó al enamorado otoñal corrompido por la jovencita con trenzas y por Aldama en jaca. El amor de pérgola, el juicio político, la persecución a los alegres, el castigo a los inocentes, todo eso lo sacó también Ábalos, pero sin libro, sin la tontería y la pedantería de convertir en libro tus babas, tus tartamudeos, tus debilidades o tus bajonas. Por supuesto los jueces, que ya sabemos que no son ni madres abadesas ni señoras trotaconventos, no hacen caso a los suspiros ni a la literatura, ni buena ni mala ni ridícula. Por eso están cayendo todos estos políticos del relato y de la épica, que hablan ante los jueces no ya como en el mitin sino como en la feria del libro, queriendo venderte su historia de capa y espada, de costurera con llorera o de guerracivilismo en aceite.
Santos Cerdán ha sacado un libro, se lo ha autopublicado además, que para el que escribe suele ser la confesión de su total soledad o de su total autoengaño, incluso antes de que lo sea también el contenido del propio libro. La caída: poder, relato y destrucción en la era del juicio político. La historia real detrás del testimonio. Así se llama, una cosa que está entre mormona y byroniana, entre la jeremiada y el ovni. Es un testamento, es una venganza, es un desahogo, es una frikada, es una ridiculez escrita a medias por la IA y a medias por la insolación. Pero, sobre todo, al menos por lo que uno ha ido mirando, no explica nada. Es como si el juez le hubiera preguntado y él se hubiera ido, en flashback, a un culebrón en el que pasa de “arquitecto de mayorías imposibles” a inocente calderoniano preguntándose en la celda qué delito cometió contra nosotros naciendo, y saltándose lo de en medio, la chicha, el asunto. No explica nada, no menciona a Servinabar ni a Leire, y a Ábalos sólo de forma anecdótica; no entra apenas en las causas judiciales, sólo habla de la presunción de inocencia o del linchamiento mediático como el que habla de mayo o de la luna llena. Yo creo que ni se defiende, que es lo que les pasa a todos estos, que no tienen con qué defenderse. Claro que en vez de callarse durante una hora, como Gertrudis, llora durante ciento cincuenta páginas.
Gertrudis no dice nada, de momento, aunque no le interesa el silencio y tampoco le pega, con esa cosa que tiene ella como de hermana Hurtado que se parece a Robert Smith. Santos Cerdán, por su parte, te saca un libro de debajo de la almohada, húmedo de noche como de pis, un libro como con llavín para enseñar su corazón de poeta, que no nos interesa porque lo que nos interesa es lo que le va a preguntar el juez, lo que le preguntaríamos todos, y a eso no contesta, ni en prosa ni en verso. El silencio sirve de poco, pero la obscenidad de la literatura le parece a uno casi un agravante en este caso, como me parece que le pasa al juez, que piensa que le están tomando el pelo como a una pastorcita de égloga. Pasar de Servinabar al lirismo es como pasar de la puta al enamoramiento, un salto del corazón o del calzón que parece inexplicable incluso para los buenos poetas, menos aún para esta gente de la chistorra y la ferralla. Los sentimientos, las rimas y los claros de luna sobre el espejado culo de la puta o sobre la espejada calva del reo no sirven para nada, menos ante un juez.
El que se salve va a ser por cantar, no por escribir con tintita de sangre o de baba. Que Cerdán se ponga a escribir esta cosa a mí me parece como cuando los jóvenes de otra época se creían que podían enamorar con la poesía. No eran románticos, ni siquiera bobos, sino los mayores estafadores del mundo. Ay, esa tristeza de amor... En realidad, el viejo verde siempre fue más auténtico que el joven Werther.
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