La crisis del PSOE es una guerra de poder entre dos sectores cada vez más irreconciliables. Pero detrás de la pugna por el control del partido late una cuestión de fondo. Existen dos concepciones del PSOE y de cómo afrontar sus principales desafíos: el 15-M, la competencia de Podemos, la caída electoral, la desafección en las comunidades históricas o los independentismos.

La presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, ha apelado a los valores tradicionales del PSOE, sus recetas clásicas, para aglutinar en torno a ella la rebelión que acabó con las «derivas aventureras» de Pedro Sánchez como las consultas a la militancia y su otra forma de entender el partido. Esa resistencia a que el PSOE evolucionara -o se «podemizara», en palabras del presidente de la Gestora- le sirvió para tomar el poder interno. Pero no ha acallado el segundo debate.

La decisión de dar el Gobierno al adversario se tomará sin una dirección política legítima

En asambleas de toda España, los militantes reprochan la actuación de los barones y el uso de una tradicional «mesa de camilla» para tomar las grandes decisiones estratégicas del PSOE. En este caso, una decisión de tanto calado como darle el Gobierno al adversario se tomará sin que exista siquiera una dirección legítima en el partido, ya que la figura de la Gestora ni aparece en los estatutos. Y en un Comité Federal cuestionado, ya que tras la dimisión de la Ejecutiva su único cometido, estatutariamente, es convocar un Congreso Extraordinario.

Una sociedad que desde el 15-M de 2011 consume política de forma masiva en horario de prime time reclama más participación. Y muchos en el partido todavía no entienden por qué los jóvenes debatían en asambleas en las calles y plazas en vez de en las casas del pueblo. «Nuestros hijos están en Podemos», advirtió Borrell ante los oídos sordos de los barones.

Los renovadores apuestan por alcanzar acuerdos con Podemos en vez de atacarle

Este sector renovador del PSOE apuesta por no confrontar con el partido de Pablo Iglesias, sino alcanzar consensos con Podemos para que la izquierda, aunque fragmentada, logre gobernar. Por el contrario, el PSOE tradicionalista quiere «frenar a Podemos», al que consideran su mayor adversario, por encima incluso del PP. Susana Díaz presenta como su principal credencial interna precisamente que Podemos no haya despegado en Andalucía. Pero el resultado de su estrategia ha sido que el PP ganara las elecciones el 26-J en la comunidad.

Punto de inflexión

Algunos dirigentes del partido señalan como punto de inflexión el mes de mayo de 2010, cuando el presidente José Luis Rodríguez Zapatero decidió «de forma unilateral» aprobar una serie de recortes que el electorado entendió como «una traición». «¿Cuántas fotos de Zapatero encuentras en las sedes del PSOE?», apuntan desde la anterior dirección de Ferraz. Es cierto que el éxito electoral de Zapatero le blindó de cualquier crítica interna y que todo el partido defendió decisiones tan controvertidas como modificar el artículo 135 de la Constitución o indultar a banqueros.

Aquellas decisiones propiciaron la consigna de Podemos de que el PP y el PSOE son «lo mismo», ya que etablecen alianzas estratégicas para blindar el sistema frente a la mayoría social. Ahora, con la investidura de Rajoy, se visualiza un escenario similar.

La marcha de Zapatero dio lugar a una división del partido en dos bloques que todavía hoy se mantiene. En el Congreso Federal de Sevilla, en febrero de 2012, Alfredo Pérez Rubalcaba se impuso a Carmen Chacón, la sucesora natural de Zapatero, por sólo 22 votos. La principal impulsora de la candidatura de la ex ministra fue Susana Díaz, que aspiraba a ser su secretaria de Organización. Tras perder la votación, la entonces mano derecha de José Antonio Griñán se dedicó en cuerpo y alma a boicotear a la Ejecutiva de Rubalcaba hasta que logró forzar su dimisión tras las elecciones europeas de mayo de 2014. Fueron dos años de desgaste interno del secretario general muy similares a los que ha sufrido Pedro Sánchez desde su nombramiento, en este caso propiciado por Díaz.

La vieja guardia del PSOE andaluz censura esta actitud de Díaz, que consideran desleal a la cultura del partido, consistente en apoyar a la dirección que salga de un congreso aunque hayas batallado en su contra. Así lo hizo siempre Manuel Chaves. Así lo hizo el 30% que aglutinó el sector crítico frente a José Antonio Griñán.

Esa naturaleza política de la baronesa andaluza ha conseguido derribar a Sánchez y amenaza con terminar de fracturar al partido, al insistir en una abstención en bloque en la investidura en vez de admitir una abstención técnica, de sólo once diputados, como reclaman la mayoría de las federaciones. Como riesgo adicional se suma la ruptura con el PSC, dispuesto a mantener su no a Rajoy en cualquier caso.

La movilización de las bases y las encuestas muestran la fractura del PSOE

Esa fractura se visualiza en la movilización interna contra la abstención y se deja sentir en las encuestas. Según publica Elelectoral.com, la intención de voto a los socialistas ha caído entre cuatro y ocho puntos en sólo dos semanas, rompiendo su tendencia ascendente formada tras el 26-J.

La web publica un sondeo de la empresa Simple Lógica que señala que el PP volvería a ganar las elecciones con el 36,8 % de los votos, y el sorpasso ya sería un hecho: Podemos obtendría el segundo lugar con un 23,5 % de los apoyos, mientras el PSOE cae al 15,9 %, sólo dos puntos por encima de Ciudadanos.

¿Cómo se puede frenar esa sangría sin ‘podemizarse’? Ésa parece ser la principal cuestión del debate. Ya en diciembre de 2013, José Antonio Griñán se anticipó al problema. Cuando fue presidente de la Junta de Andalucía, Griñán adoptó una serie de medidas de regeneración en la Administración que resultaron revolucionarias. Desde la limitación de mandatos hasta el nombramiento de funcionarios como altos cargos, en vez de cuadros del partido, sus avances quedaron en suspenso con la llegada de Susana Díaz, mucho más conservadora.

En un artículo en diciembre de 2013, Griñán ya advertía de estos riesgos para el PSOE. «Las decisiones se han jerarquizado y la discrepancia se ha convertido no en un enriquecimiento del debate, sino en un problema de disciplina. Por otra parte, los liderazgos fuertes y persistentes que han tenido en menos al propio partido, la fortaleza de una generación, aquella que, a partir de Suresnes se encargó de gobernarnos con enorme acierto en la Transición y la construcción de la democracia, han venido a construir una cierta jerarquización de la actividad en el partido y una ortodoxia, servida por un cuerpo de notables que administran los títulos de propiedad del partido y deciden en cada momento no solo la procedencia de las decisiones políticas (que también) sino las propias reglas de juego internas», escribía.

«Hicimos unas primarias en las que fue derrotado el secretario general que, a la postre, no solo no cedió el paso al ganador sino que terminó siendo el candidato a las elecciones de 2000. Hemos asistido a congresos en los que los representantes que acudieron con el mandato de votar a favor el informe de gestión terminaron no votándolo. Es decir, no es que no funcione la democracia representativa sino que no la hemos aplicado lealmente», explicaba.

Según sus tesis, la decisión de elegir al secretario general en primarias abiertas a simpatizantes hacía pasar de no contar con la militancia a igualarla con la no militancia. «Creo que el proceso de selección de líderes en procesos de primarias abiertas no solucionará el problema de fondo y, sin embargo, puede terminar agudizándolo», vaticinaba.

¿Cuál era ese problema? «Las decisiones mayoritarias de las agrupaciones solo servían para dar mandatos a representantes que luego pactaban y negociaban al margen  de sus representados», admitía, mientras que el Comité Federal y los comités regionales, «que fueron concebidos como órganos de representación y control, se han terminado por convertir hoy en un escenario y plataforma del líder al que se le retransmite su discurso y donde los turnos de palabra se ciñen a las intervenciones de dirigentes territoriales para apoyarlo; intervenciones todas ellas que se cierran con el aplauso de la concurrencia…». Por estos motivos, la militancia tuvo que expresarse fuera del partido, concluye.

En este contexto, Griñán hizo su propuesta para fortalecer la democracia interna en el PSOE: «Facilitar la participación directa en consultas concretas sobre cuestiones suficientemente debatidas e informadas; dar un escaño a la ciudadanía para asuntos de interés general reduciendo el número de firmas precisas para formalizar la iniciativa parlamentaria y permitiendo la firma electrónica; hacer los cambios necesarios para que la representación tenga que ser leal con el mandato recibido en las urnas y, para ello, hacer de los programas electorales contratos específicos cuyo incumplimiento haya de razonar caso por caso; hacer que los centros directivos de los partidos tomen las decisiones en comunicación directa con una militancia que ahora se siente cada vez más alejada de esos centros; abrir la posibilidad de listas abiertas; conseguir una proporcionalidad mayor en la representación parlamentaria; ir a distritos electorales más reducidos que impliquen una mayor vinculación entre representantes y representados. Todas éstas, y algunas más, podrían ser fórmulas  a debate para abrir las puertas a una mayor efectividad del mandato representativo».