Podemos nació con un objetivo: no situarse en el mapa ideológico. La transversalidad con que se forjó residía en no definirse dentro del eje derecha-izquierda, sino recurrir a las referencias de arriba (élites) y abajo (pueblo). Un lugar estratégico en el tablero político de difícil acceso para sus contrincantes políticos, que en ocasiones buscaron causas colaterales para atacar al recién llegado. La mitología griega habla de otro lugar, el de la ciudad de Troya, también con una geografía privilegiada, que fue asediada por los griegos durante diez años. Esta fortificación se hacía invencible hasta que, sin saberlo, dejaron entrar al enemigo en casa. Los helenos simularon una retirada y ofrecieron a los troyanos un obsequio de reconciliación: un caballo de madera del que, caída la noche, salieron los contendientes para acabar la ciudad. La destrucción de este bastión comenzó con un gesto de confianza.

Podemos afronta este fin de semana su Asamblea Ciudadana Estatal, Vistalegre II, que será decisiva en el futuro de la formación. Dos años y medio después de su congreso fundacional, los horizontes explorados han ido mucho allá de lo que se contempló aquel octubre de 2014. Por entonces, Podemos se autodefinía como una marca original, distinta e incomparable a todo lo anterior, y su líder, Pablo Iglesias, daba la bienvenida a los procedentes de otras fuerzas políticas siempre que dejaran el carné en la puerta. Las alianzas electorales que luego se acordaron con IU abrieron las primeras grietas en la formación, ahora dividida en las dos mitades que se enfrentan este fin de semana.

Las diferencias sobre la alianza con IU abrieron las grietas que han cristalizado en división

Dos elecciones generales después, las fronteras de aquella premisa inicial se han diluido y la formación morada ha estrechado lazos con IU, en un pacto electoral que se forjó en mayo y que puso fin a meses de hostilidades entre ambas formaciones. El futuro de los dos partidos estuvo desde entonces marcado por la alianza. La suma de fuerzas coincidió en Podemos con el comienzo de una crisis. Aquella erosión se ha traducido estos días en una batalla entre dos facciones, pablistas y errejonistas, en la que IU ha irrumpido con fuerza y donde el líder del partido Alberto Garzón, ha llegado a quejarse formalmente por las alusiones del sector de Errejón.

El secretario político ha sido contundente en su rechazo a la fusión con IU. Así lo expresó después de que Garzón mostrara su intención de “superar IU” para consolidar un “espacio político plural”, mientras Iglesias pedía “construir espacios de convivencia”. En las últimas semanas, Errejón ha blindado en los documentos que defiende en Vistalegre la autonomía del partido frente a una posible fusión. Una tesis que Iglesias asumió después en sus propios documentos para igualar la apuesta. A día de hoy, las dos corrientes defienden sobre el papel que una alianza orgánica tenga que ser aprobada por una mayoría cualificada de 2/3, aunque las sensibilidades son distintas respecto a este asunto.

La cronología de la unión

El coordinador federal de IU fue el primero que mostró su voluntad de llegar a una alianza con Podemos en una defensa de la “unidad popular”, algo que la formación morada rechazó tajantemente, hasta el punto de que Iglesias llegó a tildar a IU en junio de 2015 de ser un “pitufo gruñón”. “Con una coalición de izquierdas no se gana” o “que se queden con sus banderas rojas, yo quiero la victoria”. Estas fueron algunas de las palabras que Iglesias dedicó aquel verano al partido de Cayo Lara.

En el mismo sentido se expresó entonces el que fuera su número dos y hoy rival de Iglesias en el proceso de Vistalegre, Íñigo Errejón, que aseguró que era imposible alcanzar la victoria “con el único apoyo de los votantes progresistas”, y que habría que contar con “una nueva mayoría social formada por personas que en el pasado votaron a unos o a otros”. En ese punto radica la idea de transversalidad de la que Errejón ha hecho bandera en su campaña.

El viraje a la izquierda de Iglesias echaba por tierra la idea de transversalidad de su número dos

Las elecciones del 20 de diciembre del 2015 dejaban un escenario en el que la suma de los 5,2 millones de votos de Podemos y los más de 900.000 conseguidos por IU habrían dado el sorpasso al PSOE. Una idea que se instaló fuertemente en la carrera del 26J, donde perdieron miles de votos pese a la unión. Esa idea distanció fuertemente a Iglesias, más partidario de la alianza, de su número dos, defensor de mantener la esencia original.

También fue a principios de 2016 cuando Iglesias comenzó a experimentar un viraje a la izquierda -critican los errejonistas– que echaba por tierra la idea de la transversalidad y acababan con la nueva definición del tablero político. Muestra de ello fue la referencia a la “cal viva” que Iglesias dedicó a Felipe González desde el escaño el 2 de marzo del año pasado. Las diferencias sobre la relación con IU ya eran patentes. Unas diferencias que se tradujeron poco después, con la destitución de la mano derecha de Errejón, Sergio Pascual, en un intento del secretario general por restar poder a los afines de su número dos.

Pese a la oposición de Errejón, el diseñador de campaña, el 9 de mayo Alberto Garzón y Pablo Iglesias llegaron a un preacuerdo electoral para concurrir juntos a las urnas el 26-J. Las aspiraciones al sorpasso habían vencido. “Hay que tener un claro proyecto de transformación social que se sólo se va a poder construir si trabajamos conjuntamente. Por eso hemos sido siempre de la unidad popular”, señalaba Garzón, recuperando la idea del bloque de izquierdas del que tanto huyó Iglesias casi un año antes.  Días después de ese preacuerdo, sendas formaciones sometieron la consulta a votaciones que en las dos partes arrojaron luz verde a la alianza electoral.

En el caso de Podemos, Iglesias hizo campaña por el ‘sí’ y el 98% de las bases votaron  a favor de esta pregunta, que incluía a IU en el pack del resto de confluencias: “¿Estás de acuerdo con que Podemos concurra a esta segunda vuelta de las elecciones que se celebrará el 26J en alianza electoral con Izquierda Unida, Equo y otras fuerzas que apuestan por un cambio real en este momento histórico y que repita en los mismos términos que el pasado 20D las confluencias En Comú Podem en Cataluña, En Marea en Galicia y Compromís-Podemos-#ÉsElMoment en Valencia?”.

Esta equiparación del histórico partido de izquierdas con otras candidaturas populares es una de las bazas de la corriente de Iglesias para afrontar el debate sobre el futuro. Aunque, por el momento, han descartado la fusión orgánica, el secretario general de Podemos ha expresado en múltiples ocasiones su intención de estrechar lazos, en un giro que ha incomodado a los afines de Errejón. El culmen de la crispación llegó hace escasas semanas, cuando el líder de IU, Alberto Garzón, lanzó una afirmación que causó malestar entre el sector de Errejón, que recelan de las intenciones del secretario general en este aspecto: “Hay gente que no sabe -comenzó Garzón- si Pablo Iglesias es de IU, de Podemos, y eso no es un perjuicio, sino una buena noticia”.