Suena aún bajito Manolo Escobar, que viva España, como en el final de una boda. El salón del hotel es eso, un salón de bodas, con las sillas acortinadas y el nombre del hotel dorado como el de una invitación, pero vigilado como por camioneros. Mucha gente con peto verde fluorescente vigila y te hace aterrizar allí como un helicóptero, entre banderas todavía enrolladas, que parecen banderillas y un público muy de plaza del pueblo, de esquina de puesto de cupones, jubilados y señoras, matrimonios jóvenes, desde el que va con camiseta poligonera al que va con fachaleco. Es una cola de panadería con tertulia, más una como militancia joven con chino y camisa, leves reflejos pijos en ese paisanaje de estación de autobuses. Alguien ha preguntado “¿Podemos…?” para colocarse en una foto y enseguida le han contestado: “Nooo, Podemos, no”.

Los actos de partido suelen ser actos coreografiados, con bocadillo para el adepto y jefe de escuadra para los colocados, los carguitos, los trepas, los meritorios. Suele haber una obligación funcionarial en el abanicado de banderines y en los aplausos, cierta sensación de jornada laboral con exteriores. Con los actos de Vox no ocurre eso. Es más bien como el oficio de una iglesia evangélica, donde van curiosos, despistados, perdidos, gente que quiere ver la luz y gente que ya la ha visto, en un ambiente de conversión y milagro con muletas.

Algunas caras se ponían coloradas, aplaudían, lanzaban vítores a los ovarios de Monasterio o sonaba otro “¡viva España!” como desde una proa tempestuosa

Manolo Escobar va subiendo de volumen, hay quien silba como en la verbena, como la comunión de la hija, mientras esperan que al atril, con su verde de cacería y sus colores patrios de taquilla de los toros, suban los oficiantes. “Por Madrid y para España”, dicen los carteles. La gente viene con poco merchandising, alguna gorrita, alguna bandera envuelta en ella misma como una alfombra, pero al comenzar el acto lo que parece es que van a vender multipropiedad o juegos de maletas o joyería sospechosa. Cecilia, con Mi querida España, parece haber puesto sobre el salón su tapete de ganchillo, su magdalena de Proust de formica. Vox está entre el guateque y la redención, y es una atmósfera rara.

El primer “¡viva España!”, que enseguida corean todos, lo dice un chaval con camiseta de la Guardia Civil, zapatos con cordones rojigualdos, y la primera bandera desplegada que se ve. Viene con otra chica también con pendón y camiseta de la Guardia Civil. Les hacen fotos como a mascotas de baloncesto. Sus banderas, las banderas de Vox, parecen diferentes, pasadas por la tierra, por la mili del niño o del abuelo, o por un destacamento africano o filipino. El chaval de la bandera cuenta anécdotas sobre gente que le llama “facha” y al que él contestaba “gracias”. Son cobardes, sólo les gritan en grupo, explica. El “¡viva!” que el chaval suelta al segundo “¡viva España!”  es legionario y cantinero. El tercer viva que se escucha ya es casi agónico, como el de un capitán que se hunde. Es el tipismo que se esperaba, pero entre la mayoría de un público que está ahí sólo como esperando que empiece el bingo, y no se ha traído banderines ni escuadras de zapadores.

La coordinadora de Vox en Móstoles habla del pasado romano y de los bandos contra “el invasor francés”. Hay que empezar por la épica, entre apostólico y guerrero. El discurso tiene los pellizcos sentimentales, los crescendos eufóricos y las menciones diabólicas al enemigo. Pero no están, como en otros partidos, pensados para el telediario, sino directamente para el señor jubilado que asiente a mi lado, como un creyente ante un predicador que fuera James Brown.

Maite López, coordinadora de la zona, hace un guiño a las mujeres: “Cuántas mujeres en un partido tildado de machista”

Maite López, coordinadora de la zona, hace un guiño a las mujeres: “Cuántas mujeres en un partido tildado de machista”. Y empieza a soltar el gancho: “Vuestras ideas son cercanas a las nuestras”. Un silencio interior y un silencio promovido por los medios comprados los ha mantenido callados, y ellos los llaman a liberarse. Es un discurso bautista. “La gente se acerca a nosotros porque somos un partido sencillo, con ideas claras, que no complica las cosas, con sentido común”. Y luego echa mano del “testimonio”, de la emotividad subjetiva que busca el espejo, el coro de ecos.

María Ruiz, una de las primeras concejales de Vox, empieza a despertar la rebeldía. Años de vivir bajo un yugo ideológico. De no poder expresar sus ideas como partido. De pagar impuestos mientras otros viven del cuento. O sea, el buen ciudadano castigado, honorable, y que tiene en Vox por fin su revancha. El autónomo que paga para que luego las feministas bailen en sus aquelarres. Así, desde los bolsillos al corazón, empiezan a calentar.

Rocío Monasterio, presidenta de Vox Madrid, recuerda los escraches y agresiones que están sufriendo. Es el martirologio que se requiere, por supuesto, para la redención. Y empieza a señalar a los enemigos: los blanditos, los que no tienen valentía para denunciar. “Nos roban a todos hablando de las mujeres. Viven de alentar el odio y de enfrentar a los españoles”. Y declara: “Vamos a echar a los independentistas, a la izquierda radical, al centro derecha cobarde que no se ha atrevido a confrontrarlos”.

Rocío Monasterio recuerda  los escraches y agresiones que están sufriendo. Es el martirologio que se requiere, por supuesto, para la redención

El plan fue empezar por las esencias e ir señalando luego a los adversarios políticos. La libertad para educar a los hijos donde quieran. El aborto. Las doctrinas totalitarias de Zapatero con la memoria histórica. La inmigración ilegal. Las autonomías dilapidando recursos. Que a una maltratada no le llegue el dinero porque se los llevan los aquelarres de las que bailaban el otro día en Gran Vía. Los pederastas y violadores sin castigo. El Gobierno de Rajoy que no tuvo voluntad política para parar el golpe. Se mencionan a Irene Villa, a Ortega Lara, el 11-M. Y subían los aplausos y los murmullos en una especie de escaleta telecinquista, todo tan facilón como efectivo. Algunas caras se ponían coloradas, aplaudían, lanzaban vítores a los ovarios de Monasterio o sonaba otro “¡viva España!” como desde una proa tempestuosa.

Los terribles pecados y luego los pecadores, uno por uno, a los que quitarles las alas como a saltamontes. A Cs, cuatro años con Susana, calladitos. La veleta naranja. Y el golpe de Cataluña, que todavía sigue, que se sigue pagando a Torra con nuestro dinero. Los gobiernos incapaces. El franchute de Valls, ahí haciendo daño ya en el origen, que ahí se les nota el lado oscuro, en el prejuicio por el origen, que ellos traducirían sin duda en leyes por el origen. Y cuando las traiciones y los traidores han sido expuestos como un robo, como la sala de trofeos arrasada de todo el país, es cuando dicen que “el destino de España depende de usted”, que “el enemigo es cobarde”, y queda sonando en el aire como una hucha o un garrote para que la gente los tome. Terminó el acto y sonó un himno flojito, sin traca, sin cañonazos, sin gong, mientras los dos jóvenes con todo el atrezo de la Guardia Civil agitaban las banderas marinera o futbolísticamente.

Al salir, alguien comentaba que lo que le gusta de Vox es que “son políticos que no son políticos, que dicen las cosas claras, como en el bar”

Al salir, alguien comentaba que lo que le gusta de Vox es que “son políticos que no son políticos, que dicen las cosas claras, como en el bar”. Lo sencillo, lo simple, lo emotivo. Lo de todos los populismos. La verdad sin gradación, la política como un acto de voluntad (en eso se parecen a las izquierdas) y la solución sencillísima de eliminar al enemigo icónico, totémico, para que España vuelva a su ser. Un diagnóstico evidente para el que aplican cataplasmas sentimentales.

No hace falta conformarse con los partidos tradicionales, con sus enchufados y sus manos largas. Pero si sustituimos la ciudadanía por sentimientos y por balines de saliva al pronunciar patria, sólo tenemos nacionalismo romántico, adolescente y peligroso. Enrollando una bandera veo que les palpita el escudo como un corazón en relieve, como una marca de agua viva. O sea, como un alma. Y las almas siempre han sido las enemigas de la realidad, de la verdad y de la razón. Y las que más alientan devorar a otras almas.