El PSOE ha ganado claramente la batalla demoscópica. Desde el CIS al sondeo publicado este fin de semana por El Independiente, todas las encuestas dan ganador el 28-A a Pedro Sánchez. Y, lo que es más importante, coinciden en que la derecha (la suma de PP, Ciudadanos y Vox) no sumaría prácticamente casi en ningún caso los 176 escaños que le darían a este bloque la mayoría absoluta.

Todo ha cambiado en dos meses. En febrero, la media de todas las encuestas daba al bloque de derechas 177 escaños, mientras que el PSOE tan sólo superaba al PP en tres puntos. Lo que mejor ha hecho Sánchez y su equipo, capitaneado por Iván Redondo, en apenas ocho semanas, ha sido, por un lado, generar el miedo en el caladero progresista al triunfo de una supuesta «extrema derecha», basando ese imaginario en la fotografía de la manifestación de Colón (10 de febrero de 2019), en la que aparecieron juntos por primera vez Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal; y, por otro, convertir al PSOE en el voto útil de la izquierda, quitándole casi todos los votos prestados en anteriores comicios a Podemos. Aprendiendo de lo ocurrido en Andalucía, comunidad en la que nadie preveía un triunfo de la derecha, Sánchez ha sabido movilizar al votante de la izquierda, que, según parece, acudirá a masivamente a las urnas el 28-A aunque sólo sea para evitar ese gobierno casi autoritario, retrógrado y antifeminista que dibujan los líderes socialistas y podemitas en todos sus mítines.

Pero, a sólo seis días de las elecciones, aún con los dos debates televisados por celebrar y todavía con más de un 25% de indecisos, dar por sentado que Sánchez será el próximo presidente del Gobierno resulta bastante aventurado.

Porque otra cosa que dicen las encuestas es que, en votos, la derecha suma más que la izquierda y que, si el PSOE no logra convencer a Albert Rivera para que le apoye, tendrá que recurrir a los independentistas para gobernar, en un esquema parecido al de la moción de censura. Y esa posibilidad le da al PP una baza para atraer el voto perdido: si gana Sánchez, sólo podrá gobernar con los independentistas.

El problema del votante de derecha es que aún no tiene claro cuál es su voto útil. Si se hubiera ido concentrando durante la campaña en el PP, seguramente ahora el panorama sería muy otro. Para empezar, los dos grandes partidos estarían casi empatados y no se daría esa distancia enorme entre socialistas y populares, que la encuesta publicada este domingo por El Independiente estimaba en casi 9 puntos.

Ese es precisamente el principal escollo para que la derecha esté en condiciones de derrotar al bloque de izquierdas y a los independentistas. Ciudadanos se mantiene sólido en torno al 15% del voto, lo que podría granjearle en torno a 50 escaños. Por su parte, Vox, aunque ha frenado su subida en los sondeos, no baja nunca del 10% y ronda los 30 escaños.

Pablo Casado tiene razón cuando afirma que sólo una mayor concentración de voto en el PP podría darle el triunfo a la derecha, pero, para que esto suceda, el presidente del partido conservador tendrá que ejercer un liderazgo que, hasta el momento,  no ha logrado transmitir durante la campaña. Los votantes del PP que se han pasado a Vox es muy difícil que vuelvan al redil, al menos en estas elecciones. Creen que Abascal no les fallará y que, en todo caso, Vox es la garantía de que el PP, si gobierna, no volverá a perder sus señas de identidad.

Por su parte, los votantes de Ciudadanos no parecen muy contentos con el giro a la derecha que ha dado el PP y, por tanto, mantienen firme su opción porque creen que es la mejor forma de garantizar un cierto tono centrista en un hipotético gobierno de coalición con el PP.

¿Cómo conjurar esos temores, de unos a la radicalización, y de otros a la pérdida de identidad ideológica? Ese es el gran reto de Casado y en el que se lo juega todo.

La decisión de la Junta Electoral Central (JEC) de rechazar la presencia de Vox en el debate de Atresmedia y las consecuencias que ello ha tenido, sobre todo la intolerable intromisión del presidente en las decisiones profesionales de RTVE, le han proporcionado a la derecha, y, sobre todo, a Casado la oportunidad de remontar. Muchos de esos tres millones de indecisos a los que se refería el domingo en este diario Cristina de la Hoz dejarán de serlo en uno de los dos debates, o, mejor dicho, tras los dos debates. Era un escenario con el que no se contaba en Moncloa, que ya daba por sentados un mínimo de 130 escaños (casi 50 más que en las elecciones de 2016) y al que se teme porque cualquier fallo podría suponer perder parte del terreno que ya se da por conquistado.

Convertir los debates en un «cara a cara» es lo que debería intentar Casado. Pero, antes de sentarse ante las cámaras, tendrá que decidir a quiénes quiere convencer: si a los que quieren cerrar La Sexta, o a los que defienden el aborto y la eutanasia. En la derecha hay todo ese abanico de opciones y Casado debería mostrar que, ante todo, el 28-A hay una prioridad. Como bien decía Fernando Savater en la entrevista a Mikel Segovia, el eje de decisión ahora, en estas cruciales elecciones, no es si votar a partidos de izquierda o de derecha, sino decidir entre partidos «constitucionales, constitucionales a ratos, sólo cuando les conviene, y abiertamente anticonstitucionales».

Sánchez ha ganado la batalla demoscópica claramente, sí. Pero de aquí al 28-A queda mucho camino por recorrer. Y las próximas 48 horas son cruciales.