La gestión del presidente del Gobierno para hacer frente a la crisis del coronavirus ha sido más que deficiente. No sólo ha ido detrás de los acontecimientos, sino que, con su gradualismo y mensajes tranquilizadores, ha contribuido a agravarla.

Ayer mismo, Pedro Sánchez anunció una declaración institucional a las 14,30 horas. Desde el mediodía a las redacciones de los diarios había llegado el rumor de que se iba a declarar el estado de alarma. Portugal, con una situación mucho menos grave que España, lo había hecho esa misma mañana.

Sánchez apareció cariacontecido ante las cámaras de televisión una hora más tarde lo previsto (15,30 de la tarde) para anunciar que hoy sábado 14 de marzo se decretaría el estado de alarma en una reunión extraordinaria del Consejo de Ministros. ¿Qué sentido tenía entonces esa comparecencia si no era más que el anuncio de un anuncio? Los estados de alarma no se anuncian, se decretan. En lugar de tranquilizar, la declaración del presidente lo que provocó fue mayor incertidumbre.

El presidente generó más incertidumbre al anunciar que se se iba a aprobar el estado de alarma. Los estados de alarma no se anuncian, se aplican

El jueves se había reunido el Consejo de Ministros para aprobar medidas económicas extraordinarias para hacer frente al coronavirus (un paquete que, en su mayor parte, consistía en el aplazamiento del pago de impuestos), pero en esa reunión no se planteó el estado de alarma que, entre otras cosas, permite limitar la movilidad de los ciudadanos, cosa que, de hecho, puso en práctica la Generalitat en la noche del jueves al aislar a la población de Igualada.

Sánchez ha insistido en sus comparecencias -desde hace unos días ya no se hacen ruedas de prensa- en que el Gobierno siempre ha actuado siguiendo las recomendaciones de los técnicos. Es decir, ha descargado la responsabilidad en el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, Fernando Simón.

El presidente optó por el gradualismo, como si ocultar la gravedad de la crisis fuera la mejor medicina para hacerle frente

Simón -y el ministro Salvador Illa, que no es técnico- han sido, en efecto, los que han dado la cara durante las últimas semanas para explicar la evolución de la enfermedad y las medidas a adoptar. Pero las opiniones «técnicas» no son unívocas ni coincidentes. De hecho, la Comunidad de Madrid tuvo que plantarse ante el Ministerio de Sanidad para decretar el cierre de colegios, institutos y Universidades el pasado lunes día 10 de marzo.

La Comunidad de Madrid (gobernada por una colación de PP y Ciudadanos que apoya Vox) no sólo ha tenido una opinión diferente de Sanidad en las medidas a adoptar, sino que, como publicaba ayer Cristina de la Hoz, ha acusado al Gobierno de ocultar datos sobre la evolución de la enfermedad para justificar su inacción.

Al margen de las disputas políticas (que hasta ahora se han mantenido en niveles civilizados) la realidad es que el Gobierno optó, desde el principio, por dar una visión «tranquilizadora» sobre el coronavirus. En sus comparecencias públicas, tanto Simón como Illa insistían en que había que comportarse con «normalidad». El coronavirus era una especie de gripe con un grado de mortandad un poco mayor pero que afectaba, sobre todo, a las personas mayores y con patologías previas.

Cuando ya se sabía que uno de los orígenes de las infecciones en España eran las personas que provenían de Italia no se hizo nada para limitar el tránsito ni siquiera desde las zonas en las que la epidemia estaba creciendo exponencialmente.

El viernes día 6 de marzo, en una de sus comparecencias diarias, Simón dijo que la epidemia había evolucionado como el día anterior. Dijo que el 92% de los casos eran importados y afirmó que los centros de día no se tenían que cerrar. «No hay que cambiar ni la vida social ni nada», aseveró ante los atónitos periodistas.

Ese mismo día, la Comunidad de Madrid decidió el cierre de los centros de día para personas mayores, contra el criterio de Sanidad.

El sábado 7 (un día antes de las manifestaciones del 8-M), ya con 430 casos positivos, Simón fue aún más optimista que el día anterior al señalar: «Se han reducido las zonas de origen desconocido. La situación mejora en algunas zonas». Para concluir: «Estamos resolviendo más casos que los nuevos que aparecen. La situación no ha variado desde ayer».

Italia decretó el aislamiento de Lombardía con menos casos positivos de los que hay en Madrid

En la madrugada del día 8 (a las dos de la mañana) el primer ministro italiano Giuseppe Conte anunció el aislamiento de la región de Lombardía y otras catorce provincias de las regiones de Piamonte, Emilia Romaña y Veneto. En total, 16 millones de personas aisladas.

Pero, como si lo que ocurriera en Italia no importara nada o fuera fruto de una exageración, el domingo 8 de marzo se celebraron multitud de manifestaciones en toda España para conmemorar el Día de la Mujer. A la de Madrid, con presencia de varias ministras (entre ellas Irene Montero, que ya estaba contagiada por el virus), asistieron más de 100.000 personas. Ese mismo día, Vox celebró un acto en la Plaza de Toros de Vista Alegre que congregó a 9.000 personas. Tanto su líder, Santiago Abascal, como su secretario general, Javier Ortega Smith, han dado positivo por coronavirus.

La irresponsabilidad del Gobierno parece no tener límites. El martes 10 de marzo, con el Ibex cayendo en picado, la vicepresidenta tercera y ministra de Economía, Nadia Calviño, dijo en una entrevista en TVE que la volatilidad de la Bolsa «no es preocupante» y lo justificó afirmando que esos movimientos «son consustanciales al funcionamiento de los mercados». Concluyó asegurando que el impacto de la crisis del coronavirus en la economía sería «poco significativo».

No contenta con esta muestra de imprudencia, el día 12 -cuando el Gobierno anunció su «plan de choque»- afirmó que «la bolsa española es una de las que está registrando menor volatilidad». ¡Ese mismo día el Ibex tuvo la mayor caída de su historia y las pérdidas acumuladas desde el comienzo de la crisis del coronavirus ascendieron al 36%!

Calviño ha encabezado el grupo de ministros que se oponían a adoptar medidas duras. Hasta el punto de negar que la crisis va a tener serios efectos sobre el crecimiento y el empleo

Calviño parecía contagiada por la miopía del Eurogrupo, cuya reunión del jueves por videoconferencia, concluyó con un paquete de medidas ridículo por la negativa de Alemania y sus colegas nórdicos a emplearse a fondo con una inyección de dinero suficiente para evitar la recesión en Europa. Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo durante la crisis financiera que comenzó en 2008, pasará a la historia por su frase «whatever it takes» (lo que haga falta) para dejar claro ante los especuladores que la liquidez nunca iba a faltar para defender al euro. Y lo hizo. El presidente Sánchez dijo lo mismo en su rueda de prensa del jueves y en su comparecencia en televisión el viernes, pero sus medidas no convencen a casi nadie.

El retardo en tomar medidas no sólo es un error sino que agrava la situación (recomiendo a todo el mundo leer el artículo de Tomas Fueyo Coronavirus: Why you must act Now). El Gobierno sabía ya la semana pasada que el aislamiento llevado a cabo en China y las medidas duras adoptadas en Japón, Taiwan o Singapur estaban dando resultado. Pero a Sánchez no le gusta dar malas noticias.

España va detrás de Italia, pero no ha aprendido las lecciones que nos ha dado Italia. Por ejemplo, la decisión de aislar la zona norte del país, la más dinámica y por tanto la más relevante desde el punto de vista económico, se adoptó cuando el porcentaje de casos positivos sobre su población era del 0,027%. En Madrid el sábado alcanzamos el 0,032% y todavía no se había decidido nada para evitar la movilidad de los madrileños, que, al mismo tiempo, eran vistos como apestados en la regiones de Murcia o Valencia.

Evidentemente ha habido un debate interno en el Gobierno. Ha habido ministros más proactivos y otros más pasivos (encabezados por Calviño).

El gobierno de Rogríguez Zapatero ya cometió el mismo error durante la crisis financiera. Hablar de «crisis» era algo «antipatriótico». Sólo se podía utilizar el término «desaceleración». Pero el léxico no evitó que España cayera en una de las mayores recesiones de su historia.

Ha llegado la hora de actuar, con determinación y también con apoyo de la oposición, porque lo que está en juego ahora no es sólo la economía, sino la vida de miles de personas.