Día a día, las informaciones sobre la fortuna oculta del rey emérito van generando una situación casi insoportable en la Casa Real. Los datos que tiene en su poder la Fiscalía del Tribunal Supremo (que le ha trasladado la Fiscalía Anticorrupción tras haber recibido la documentación del caso de manos del fiscal suizo Yves Bertossa) pueden apuntar a la comisión de algunos delitos, o no; pero, por encima del recorrido penal, los enredos que se conocen retratan a un monarca ávido de fortuna, débil y manejable por su propensión al enamoramiento. Un rey, en definitiva, que no tiene nada que ver con la imagen de defensor de la democracia que le hizo querido y popular durante la Transición.

Don Juan Carlos representa la cara opuesta a los valores que resumió su propio hijo como inherentes a la Corona en su discurso de proclamación pronunciado en las Cortes el 19 de junio de 2014: «La Corona debe velar por la dignidad de la Institución, preservar su prestigio y observar una conducta íntegra, honesta y transparente, como corresponde a su función institucional y a su responsabilidad social. Porque, sólo de esa manera, se hará acreedora de la autoridad moral necesaria para el ejercicio de sus funciones. Hoy, más que nunca, los ciudadanos demandan con toda razón que los principios éticos inspiren -y la ejemplaridad presida- nuestra vida pública».

Esas palabras eran una guía que el nuevo Rey se impuso a sí mismo, pero suenan casi como un reproche al comportamiento de don Juan Carlos. Y en ese sentido fueron recuperadas por Felipe VI en su comunicado del 15 de marzo de 2020, en el que, entre otras cosas, renunciaba a una posible herencia de origen ilícito, negaba tener conocimiento de la existencia de las fundaciones Zagatka y Lucum y dejaba a su padre sin la asignación que percibía mensualmente como parte de los presupuestos de la Casa de SM el Rey.

Aunque parezca dramático, don Felipe sabe que para consolidar la monarquía tiene que marcar distancia con su padre, al que, por otra parte, le debe su legitimidad para haber sido proclamado rey de España. La dinastía de los Borbón parece haber sido objeto de una maldición en el último siglo. El bisabuelo del rey, Alfonso XIII, tuvo que marcharse de España el 14 de abril de 1931 al proclamarse la II República; su abuelo, don Juan Borbón, vivió exiliado durante el franquismo y nunca llegó a ejercer como rey; su padre, tras desempeñar un papel protagonista en el tránsito de la dictadura a la democracia, se vio forzado a abdicar y, en los años finales de su vida, sufre la vergüenza y el oprobio de ver su nombre ligado a un dinero de origen oscuro, paraísos fiscales y una aventura un tanto patética con una mujer tan atractiva como ambiciosa.

Ni Felipe VI ni el presidente Sánchez han puesto sobre la mesa la posibilidad de que don Juan Carlos abandone la Zarzuela

Felipe VI prácticamente no ha tenido un minuto de respiro desde que asumió el trono. Apenas un año después de ser nombrado rey de España revocó mediante un decreto el título de duquesa de Palma a su hermana Cristina, imputada con su marido, Iñaki Urdangarín, en el caso Nóos. Fue una ruptura muy dolorosa. Su hermana le acusó en privado de haber primado su imagen a la defensa de su inocencia.

Su otra hermana, Elena, duquesa de Lugo, se había separado de Jaime de Marichalar en 2007 y había trasladado su residencia a Londres.

La reina, doña Sofía de Grecia, llevaba años sin convivir con don Juan Carlos, pero era el nexo de unión de la familia. Pasa largas temporadas con su hija mayor en Londres, estuvo al lado de Cristina en los momentos más difíciles y vivió su tal vez momento más feliz cuando acudió a las Cortes para presenciar el acto de entronización de su querido hijo Felipe, al que adora.

El rey Juan Carlos, aunque comenzó una relación con Corinna Larsen en los albores de 2007, siguió ejerciendo sus funciones como un consumado profesional. Fue justamente ese año, durante la XVII Cumbre Latinoamericana, celebrada en Santiago de Chile, cuando le gritó al entonces ensoberbecido presidente de Venezuela: «¿Por qué no te callas?», ante la insistencia de Hugo Chávez en llamar «fascista» al ex presidente José María Aznar.

El rey conservaba todavía un gran prestigio internacional y era un estupendo embajador de España tanto para estrechar lazos con Latinoamérica, como para cerrar negocios en los países del Golfo.

Su relación con la asesora de alto nivel Corinna Larsen fue nefasta para él, aunque su debilidad por acumular dinero no tuviera nada que ver con ese tóxico affaire.

La relación de don Felipe con su padre se quebró cuando éste decidió casarse con la periodista Letizia Ortíz.

Don Juan Carlos no aceptó nunca ese matrimonio y fue incapaz de superar sus recelos hacia la esposa de su hijo. No soporta su manera de comportarse ni cómo educa a sus hijas.

Así que el rey tiene que hacer frente a una situación sin precedentes armado casi de sus convicciones y de la conciencia de que ahora más que nunca el futuro de la monarquía depende de él.

Si se producen nuevos acontecimientos, como la posible querella del Supremo, habrá que dar nuevos pasos en el alejamiento del emérito. Pero Zarzuela y Moncloa creen que será el propio don Juan Carlos el que actuará en consecuencia

La Casa Real, al contrario de lo que muchos piensan, no es un aparato potente, lleno de asesores, de personal y con un presupuesto inagotable. El equipo de SM el rey es más bien escuálido y un tanto anticuado. Al lado de Felpe VI está el Jefe de la Casa, Jaime Alfonsín, un abogado del Estado que lleva 25 años trabajando en el Palacio de la Zarzuela, primero como jefe de la secretaría del Príncipe de Asturias, y, desde 2014, como jefe de la Casa.

Lo que nadie le puede negar a Alfonsín es su lealtad al rey. ¿Pero eso es suficiente como para gestionar una crisis tan complicada como la que atraviesa ahora la institución monárquica?

En la Casa Real creen que han hecho lo que debían, dadas las circunstancias. Se acogen al comunicado del 15 de marzo, emitido por cierto el mismo día en el que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, anunció el decreto del estado de alarma. Desde luego, la fecha elegida no se debe a la casualidad. La alarma por el coronavirus tapó en parte lo que hubiera sido portada de todos los medios, pero ese tipo de triquiñuelas tienen un efecto limitado.

En ese mismo comunicado se informaba que un año antes, el 5 de marzo de 2019, el despacho de abogados Kobre&Kim, al que pertenece el abogado de Larsen, Robin Rathmell, remitió una carta a la Casa Real en la que se le comunicaba a Felipe VI que era beneficiario de la Fundación Lucum. El rey negó tener conocimiento de ese hecho y rechazó entrar en una «negociación» con ese despacho de abogados, de cuya naturaleza no da cuenta el comunicado de la Casa Real. También dice que la Casa Real informó cumplidamente de la existencia de las dos fundaciones a las «autoridades competentes». Es decir, que Alfonsín se reunió con la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, para transmitirle no sólo el contenido de la carta de los abogados de Larsen, sino para consultarle las medidas a adoptar.

Un mes más tarde, el 12 de abril, el rey renunció ante notario a sus posibles derechos sobre la Fundación Lucum. Poco después, el 27 de mayo, el rey emérito anunció que en junio pondría fin a su actividad oficial, lo que, lógicamente, fue consecuencia directa de la información sobre la Fundación Lucum.

Desde hace poco más de un año, don Juan Carlos no tiene vida pública. Pero sigue residiendo en el Palacio de la Zarzuela.

En medio de las revelaciones sobre los chanchullos del rey emérito, el pasado 8 de junio, el presidente Sánchez abordó por primera vez el escándalo para calificar las informaciones de «inquietantes y perturbadoras».

Esas palabras, «medidas y meditadas», según fuentes de Moncloa, fueron consensuadas previamente con la Zarzuela.

La comunicación entre Felipe VI y el presidente es fluida, añaden las mismas fuentes, y Sánchez está dispuesto a colaborar en la creación de un cortafuegos que proteja la figura del monarca. Mientras que, a otro nivel, la vicepresidenta Calvo y el jefe de Gabinete del presidente, Iván Redondo, están en contacto permanente con la Casa Real, fundamentalmente con Alfonsín.

Al contrario de lo que se ha especulado en algunos medios, ni Felipe VI ni el presidente han puesto sobre la mesa la posible expulsión de Don Juan Carlos de su residencia de la Zarzuela. Ni tampoco que el anterior monarca renuncie a sus títulos y honores.

Don Juan Carlos es también consciente de su responsabilidad como ex jefe del Estado. En el horizonte se cierne la amenaza de que la Fiscalía del Supremo presente una querella contra él por posibles delitos fiscal y de blanqueo, lo que le obligaría a declarar ante la Sala Segunda (en ningún caso se sentaría en el banquillo). Antes de que llegue ese momento, si es que la Fiscalía detecta suficientes indicios, habría que actuar.

Un alto funcionario de Moncloa advierte: «El rey don Juan Carlos es un animal político. Sabe lo que tiene que hacer y, cuando llegue el momento, él sabe lo que debe hacer».

Es decir, que tanto Felipe VI como el presidente confían en que el rey emérito dé los pasos necesarios para que no se produzca ningún conflicto. Y apuntan a que fue el propio don Juan Carlos el que añadió al comunicado del 15 de marzo que nunca había informado de sus andanzas financieras a su hijo, con lo que le eximía de cualquier responsabilidad.