Política

Pere Aragonès y la trampa del nuevo independentismo

El presidente del Govern de Cataluña, Pere Aragonès. EFE

El 21 de mayo de este año, en la sesión de investidura que lo iba a convertir en el nuevo presidente de la Generalitat de Cataluña, Pere Aragonés se afanó por dar un discurso lampedusiano. Es decir, todo había de cambiar para que todo siguiera igual, lo que traducido al castellano, significaba que, para que el procés siguiera vivo y coleando, las formas debían alterarse, las palabras debían renovarse, el espíritu hacerse distinto. Había que ampliar la base, lanzar mensajes de unidad y de mano tendida a todos los catalanes no independentistas. Dejar atrás rupturas traumáticas y apostar por el diálogo. Incluso Aragonés repitió que se llamaba Aragonés Garcia y que sus abuelos maternos eran de Palomares, Almería. Todo un gesto impensable en la era de Torra. 

Pere Aragonès se colocó tras el faristol, el famoso atril de madera que hay en el parlamento catalán, y se erigió en unos minutos en el epítome del independentismo pragmático, un sintagma que parece encantarle (su propia autobiografía se titula así: “Pere Aragonès, lindependentisme pragmàtic”), pero que nadie sabe exactamente qué quiere decir. 

Desde Esquerra Republicana explicaban, generalmente soto voce y con cara de circunstancias, que era el reconocimiento tácito de que la vía unilateral -ese eufemismo para decir golpe de estado sin parecer que sea un delito- estaba muerta y finiquitada. Adiós quedaban los años de retórica desbordante, referéndums ilegales y vías eslovenas. Esquerra Republicana, tras ayudar como pocos a jalear a las masas y lanzar a Cataluña a un choque de trenes que costó muy caro, daba marcha atrás, asumía que la confrontación por las bravas no había conducido a nada y apostaba por la “vía escocesa”, es decir, por un referéndum pactado. 

En resumen, el independentismo pragmático parecía consistir en reconocer el error sin asumir que se habían equivocado, lo que sentó como una patada en el estómago a los exconvergentes de Junts per Catalunya, ya no digamos a los independentistas fetenes, auténticos guardianes de las esencias, de la CUP. Tampoco gustó un ápice entre una gran capa del electorado independentista, el cual vio consternado como las élites que tendrían que haberlos conducido a la República Independiente de Ítaca los dejaban completamente tirados. 

Pero sería un error pensar que Pere Aragonès estaba dando carpetazo a todo el procés. En realidad, estaba volviendo a la auténtica esencia del mismo, al procesismo, al lanzar palomas al vuelo, dar brindis al sol, lanzar balones fuera y todo ese magnífico repertorio de refranes y frases hechas para prometer tierras míticas y manás económicos que sólo existen en los sueños más delirantes de los independentistas más acérrimos, los que en Cataluña llamamos els hiperventilats, los hiperventilados. 

En verdad, Pere Aragonés se estaba erigiendo en el auténtico artífice del nadar y guardar la ropa, en decir a unos que la independencia está a la vuelta de la esquina pero sin saber ni dónde está la esquina ni cuánto va a tardar en darse con ella. Mientras tanto, eso sí, siguen asegurando que en cualquier momento organizan otro 1-O, por aquello de seguir tensionando a Moncloa y conseguir miles de millones en prebendas. Es más o menos lo que hizo Jordi Pujol en su momento: en el fondo, Aragonés, a pesar de su adscripción acérrima a las siglas de Esquerra Republicana, no deja de ser una reinvención del pujolismo. Lo que no deja de ser una muestra más del surrealismo más puro en el que está metida Cataluña. 

Familia burguesa y de pasado franquista

Estudiando la biografía de Pere Aragonés, no sorprende un ápice esta deriva. Aunque a los de Esquerra Republicana les gusta venderse como gente de base, auténticos defensores de las causas sociales, Aragonés no es ni un activista, ni un hombre hecho a sí mismo: es un cachorro de la altísima burguesía catalana que ha vivido de la política desde siempre. 

Aunque en Cataluña sólo se diga en voz baja y no ha aparecido en prácticamente ningún medio, como suele ser habitual entre la burguesía catalana, los Aragonés estuvieron muy estrechamente vinculados al franquismo sin que ello les supusiera excesivos dilemas morales. Más bien les comportó importantes réditos económicos. Y en Cataluña, como en todo el mundo, la pela és la pela, el dinero es lo que realmente manda. 

Durante veinte años, su abuelo, José Aragonés Montsant, fue alcalde de Pineda de Mar, la localidad del Maresme de donde es originaria la familia. De hecho, fue el último alcalde franquista del municipio y, una vez reinstaurada la democracia, se convirtió en la mano derecha de Manuel Fraga en Cataluña y fundó la división catalana de Alianza Popular. El padre de Aragonés, ya llamado Pere (Pedro en catalán), fue concejal de CiU en Pineda de 1990 a 1995. 

Semejante aproximación al sol que más calentaba en cada momento dio los frutos esperados y los Aragonés cimentaron una importante fortuna en industrias textiles y, sobre todo, hoteleras. Las biografías más oficialistas del actual presidente de la Generalitat destacan que su familia creó una industria textil, Industrial Aragonés, dedicada a la confección de pijamas, ropa íntima y de baño, y que, como tantas otras esforzadas familias del gremio, sufrieron una importante crisis y tuvieron que cerrarla en el 2002. 

Que tuvieron que cerrarla es verdad (intentaron en último momento abrir un nueva planta en Marruecos, por aquello de hacer país, pero no tuvieron éxito). Sin embargo, quedarse sólo con la rama textil no es la versión completa: la verdadera fortuna de la familia viene de los hoteles. Su abuelo era el propietario del hotel Taurus, el más grande de España cuando se inauguró en 1963. Pineda tenía entonces tan sólo 3.000 habitantes, pero el hotel contaba con 300 habitaciones e incluso su propia plaza de toros (la cual aguantó hasta 1993, cuando fue desmantelada). Por cierto, mientras se construía el hotel, cedió una parte de la estructura y sepultó a una treintena de trabajadores. Dieciocho de ellos murieron: la mayoría eran de Extremadura y Andalucía. El abuelo de Aragonés no fue a la cárcel, pero sí lo hicieron el arquitecto, el aparejador y el capataz. 

El éxito del Taurus fue tan destacable que la familia construyó cuatro más: tres en Salou y uno en Tossa de Mar, el Golden Costa Salou. Los hoteles han tenido su dosis de controversias: a principios de este año, el ayuntamiento de Salou les obligó a demoler una planta del Hotel Golden Costa Daurada porque no coincidía con la licencia otorgada. El Golden Costa Salou, de cuatro estrellas superior, es el primer hotel de Salou que recibió un permiso de construcción en los últimos quince años. 

Nadie sabe exactamente a cuánto asciende la fortuna familiar. Se sabe que la empresa hotelera contabiliza unos activos agregados de 90 millones y que el año anterior a la pandemia declaró unos beneficios de 3,6 millones. Algunos medios aseguraron que el padre y los tíos de Aragonés tenían una compañía radicada en Curazao, un paraíso fiscal en las Antillas Holandesas. Para rizar aún más el rizo, la compañía se habría beneficiado de la amnistía fiscal que impulsó el gobierno de Mariano Rajoy. 

Criado para ser del aparato

Si le preguntas a Pere Aragonés por cualquiera de estas cuestiones, él hará oídos sordos y te dirá que nunca ha estado interesado en los negocios de su familia y que, desde muy pequeño, lo único que le interesaba era la política. 

Lo que es cierto: si algo destaca en su biografía es que siempre ha estado vinculado al partido. Nacido en Pineda el 16 de noviembre de 1982, con 16 años Pere Aragonés ya estaba en las JERC, las Juventudes de ERC, y a los 18 años se afilió formalmente a ERC. Tres años más tarde ya era portavoz nacional de las JERC y miembro de la ejecutiva nacional de ERC y, en el 2006, con sólo 24 años, se convirtió en diputado en el parlamento. En el 2011 se presentó a la alcaldía de Pineda de Mar (perdió) y en el 2016, con 34 años, se convirtió en secretario de Economía de la Generalitat. Dos años más tarde, en el 2018, ya era líder de facto de Esquerra Republicana. 

Pere Aragonés no hace sombra, no eclipsa, no resta protagonismo a nadie. Es aparentemente el perfecto segundón

ANA POLO

Desde luego, es una trayectoria asombrosamente meteórica para alguien a quien, según él mismo, no le gusta llamar demasiado la atención y prefiere pasar desapercibido. Quizás por ello, seguramente, haya llegado tan lejos: Pere Aragonés no hace sombra, no eclipsa, no resta protagonismo a nadie. Es aparentemente el perfecto segundón, el tipo leal y solícito que jamás te va a quitar el puesto. Pero que nadie se llame a engaño: bajo esa coraza de tipo anodino, discreto y supuestamente insulso, se esconde un hombre increíblemente astuto que ha sabido trepar de manera sigilosa pero constante en el turbulento mundo de la política catalana, y sin resbalar en ningún momento. 

Él siempre dice que le gusta mucho leer a Stefan Zweig, aunque lo suyo es puro Tsun Tzu, aquel estratega militar chino que escribió El arte de la guerra: “El arte de la guerra se basa en el engaño. Cuando se es capaz de atacar, ha de aparentar incapacidad; cuando las trampas se mueven, aparentar inactividad”. Pere Aragonés puede parecer lento y sin ambición, un tipo burocrático y gris, eso que ahora llaman tecnócratas, pero sabe moverse con maestría y, desde luego, sabe perfectamente a dónde va y cómo conseguirlo. 

Pere Aragonés tiene el don de saber arrimarse a las personas adecuadas en el momento preciso. Al fin y al cabo él se ha criado políticamente bajo el paraguas de Oriol Junqueras, a quien considera su mentor. Cuando en el 2016, Carles Puigdemont se convirtió en presidente de la Generalitat con la candidatura de Junts pel Sí y Junqueras asumió la vicepresidencia y la cartera de Economía y Hacienda, Aragonés se convirtió en su mano derecha en la Conselleria. Lo nombraron Secretario General de Economía: era el momento en que el gobierno catalán anunció que haría un referéndum unilateral y el entonces ministro Montoro comenzó a aplicar controles sobre todos los gastos de la Generalitat. 

Si le pasa algo a ella, te toca a ti

Cuando el gobierno de Rajoy aplicó el artículo 155, a Aragonés no le pasó absolutamente nada. De hecho, en su biografía oficial proclama orgulloso que fue el único alto cargo de Economía no cesado. Es más, fue él quien negoció mano a mano con Montoro. 

Además, con Junqueras en prisión, a él le tocó hacerse con las riendas del partido. En el año 2018, fue a la cárcel de Estremera, donde estaba por entonces su mentor, acompañado de la que era la Secretaria General de ERC, Marta Rovira. “Si le pasa algo a ella, te toca a ti”, cuentan que le dijo Junqueras. Y así fue: cuando un mes después ella puso rumbo a Suiza, Aragonés asumió el mando del partido. Siempre se dijo que estaba allí sólo testimonialmente, guardando el puesto a sus verdaderos propietarios. Muchos le empezaron a llamar el petit Junqueras, el pequeño Junqueras, en alusión a su baja estatura (mide sólo 1,63 m) y que estaba a la sombra del verdadero líder. 

Pero él no se achicó y demostró que había más garra en él de lo esperado. Con Puigdemont fugado y afincado en Bélgica, el liderazgo de Junts per Catalunya quedó en manos de Quim Torra, un tipo indescriptible y supuestamente muy maleable, una auténtica marioneta teledirigida desde Waterloo. Fue él quien ganó las elecciones del 2018 y quien nombró a Aragonés como vicepresidente y consejero de Economía y Finanzas. Las relaciones entre ambos fueron tensas desde el principio y la desconfianza fue a más conforme pasaban los días. 

Según algunas versiones, Quim Torra estaba todo el día haciendo de las suyas en Twitter, cual Donald Trump pero en catalán, y Pere Aragonés era quien llevaba el día a día. Las reuniones entre ambos eran tan incómodas como improductivas. En las memorias que publicó Torra sobre su tiempo como presidente (Les hores greus, Las horas graves, de Símbols Editors) describe a Aragonés como “pasivo, ausente, sin intervenir. Normalmente, en cada reunión le acabo preguntando si tiene algo que añadir. No pasa nunca”. Los pasillos de la Generalitat, describió Torra, se parecían a un campo de batalla en donde los cuchillos volaban y todos luchaban contra todos. 

Cuando Quim Torra fue inhabilitado el año 2020 por el Tribunal Supremo por desobediencia (se negó a quitar los símbolos independentistas de los edificios públicos durante la campaña del 28-A), Puigdemont intentó poner a otra marioneta en la presidencia de la Generalitat, pero Junqueras, desde la cárcel, maniobró para que fuera Pere Aragonés quien asumiera el papel.

‘Espanya’ ens roba

Aragonés se propuso desde el principio demostrar otro tarannà, otro talante. Muy simbólicamente dejó el lado más histriónico de la política, algo a lo que tanto Puigdemont como Quim Torra eran especialmente adeptos: el twit facilón y grandilocuente, los artículos repletos de insultos, los gestos histéricos, la retórica elevada pero vacía. Por el contrario, Aragonés se mostró como un hombre de despachos y reuniones, de negociaciones a varias manos y sesudos informes. Su cuenta de twitter es bastante discreta y en la de Instagram cuelga fotos suyas cocinando (una de sus grandes aficiones), cuidando el huerto de su casa y caminando por las montañas (sus otros dos hobbies). Cuando la prensa le pregunta algo, contesta con una concisión impecable y muchos números de por medio. Muchos dicen que todo ello lo convierten en el presidente que necesita ahora mismo Cataluña; otros aseguran que un perfil técnico te convierte en un buen Conseller, pero no en un líder. 

Hay que explicar que, durante la última década, muchos en Cataluña se han acostumbrado a tener y a esperar, no a presidentes al frente de la Generalitat, sino a auténticos mesías. Nada de políticos, sino líderes espirituales. La política en todo el mundo tiene últimamente toques religiosos, pero lo de Cataluña sólo se entiende si lo comparas con las epifanías medievales: es puro fervor, puro misticismo, pura y total adscripción a una causa, con la consecuente persecución y aniquilación de los herejes, cualquiera que sea su forma. 

Pere Aragonés está muy alejado de este patrón mesiánico, lo que para muchos en el mundo más independentista es un gran defecto. De hecho, lo siguen llamando con desdén el petit Junqueras, el pequeño Junqueras, en alusión a que sólo está ahí calentando la mesa al político recientemente amnistiado. 

Pero Pere Aragonés tiene un lado rebelde y, aunque mantiene ciertas formas, su adscripción al mesianismo independentista está fuera de toda duda. Siempre ha sido leal a la causa y lo ha demostrado: en el año 2005 él fue el responsable de presentar ante la prensa la campaña Espanya ens roba, España nos roba. El lema concreto era: “Cada segundo, España nos roba 450 euros”. Una proclama un tanto exagerada y más viniendo de alguien cuya familia tenía presuntamente una sociedad en un paraíso fiscal. 

El negociador

Lejos de este perfil más radical, Aragonés ahora se vende como un negociador, alguien capaz de conseguir que Cataluña vuelva a cierta calma después de demasiados años convulsos en donde la economía se ha desplomado, los problemas sociales se han disparado y la mayoría de la población ha perdido totalmente la confianza en las instituciones. 

En su última campaña electoral, en febrero de este año, el eje social y económico tuvo tanto peso como el independentista. Aragonés sabía perfectamente que los catalanes estamos en nuestra mayoría hartos del procés y de una élite política más preocupada por absolutas minucias que por arreglar los problemas reales de la gente. Por ello, mientras Junts per Catalunya se enrocaba en prometer la vía unilateral y la independencia a cualquier precio, los de ERC, sin renunciar en ningún momento a la independencia, comenzaron a hablar del paro y la pobreza. También dejaron claro que no habría más referéndums ilegales y que se tendría que dialogar. 

El resultado les dio la razón. El 14 de febrero, en unas elecciones donde lo más destacado fue la abstención récord (46%) y un número de voto nulo histórico (40.966 papeletas), Esquerra se alzaba con 33 escaños (el total son 135), los mismos que el PSC, aunque éste les ganó en votos: 652.858 para los socialistas frente a los 603.607 de los de ERC. Los de JxCat, acostumbrados a ganar siempre hicieran lo que hicieran, vieron cómo perdían dos escaños y 380.231 votos. 

Las negociaciones que siguieron para formar gobierno fueron cruentas y se necesitaron jornadas maratonianas para llegar a un acuerdo entre ERC y JxCat. Éstos últimos se resistían a pasar a ser los números dos, desdibujados en un gobierno cuya cabeza ya no iban a pilotar. Finalmente y totalmente in extremis se consiguió un pacto. Las CUP, también necesarias para formar gobierno, dieron su brazo a torcer pero dejaron claro que en dos años exigirían resultados, es decir, un nuevo referéndum. 

El nuevo independentismo

A pesar de que se intentó escenificar la unión, las distensiones internas fueron obvias desde el principio. El sector más radical de JxCat no quería saber nada del nuevo gobierno y algunos de sus miembros más destacados, como Elsa Artadi, cuyo nombre sonó con fuerza como vicepresidenta, se apartaron rápidamente de Aragonés. 

En el fondo, nadie quería mojarse en un gobierno tan frágil y con una tarea más ingente: los retos en todos los frentes son enormes y las posibilidades de que el gobierno central ceda a referéndum a la escocesa son nulas. Muchos saben que en dos años el gobierno Aragonés puede que haya caído y no pierden la más mínima oportunidad de boicotearlo. Cualquier cuestión, por nimia que sea, es utilizada en su contra: desde la foto de Aragonés con el Rey hasta sus reuniones con Pedro Sánchez. El sector más hiperventilado del independentismo ya habla abiertamente de que Aragonés es un españolista que se ha vendido, una imagen que cualquier constitucionalista se toma a risa. 

Aragonés tiene que bailar entre miles de aguas al mismo tiempo: tiene que tensionar a Madrid lo suficiente para conseguir inversiones pero al mismo tiempo necesita movilizar a los suyos con promesas de referéndums. Sabe que le interesa tener a Sánchez en la Moncloa, por lo que tiene que apoyarlo, pero ha de ser hábil a la hora de sacar beneficios. De momento ha conseguido que Sánchez conceda los indultos y que haga una inversión espectacular en el aeropuerto de Barcelona. Muchos de los fondos europeos con toda probabilidad vendrán a Cataluña. 

Pero para el independentismo más acérrimo nada será suficiente. Veremos lo que pasa en los próximos dos años. 

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