Sostiene Francis Fukuyama (Chicago, 1952) que nunca habría escrito Identidad, su último ensayo, publicado por Deusto, si Donald Trump no hubiera ganado las elecciones presidenciales en noviembre de 2016. Reconoce que no se lo esperaba. También admite que le sorprendió la victoria del Brexit el 23 de junio de ese  mismo año.

“En algún momento, a mediados de la segunda década del siglo XXI, la política mundial cambió drásticamente”. Las señales que alertaban de ese seísmo en las democracias liberales se vieron en el Reino Unido y en Estados Unidos. El diagnóstico, según Fukuyama, está claro: “La demanda de reconocimiento de la identidad de cada uno”.

La democracia liberal, que Fukuyama encumbró como vencedora en El final de la Historia?, se veía amenazada , esta vez, desde dentro. En el ensayo que le dio reconocimiento mundial el politólogo, que insiste en que se refería al “objetivo”, no al “fin” de la Historia, planteaba como otras ideologías habían fracasado de modo que sería la democracia liberal el modelo que se impondría en el mundo. Hemos visto que dista mucho se ser así.

Desde el año 2000 se ha dado una recesión democrática en todo el mundo, que el propio Fukuyama reconoce, y grandes potencias como China y Rusia reafirman su autoritarismo.

Pero, lo sucedido en Estados Unidos y el Reino Unido abre una grieta en el sistema democrático liberal. Son ciudadanos los que eligen a quien más daño va a hacer al sistema, un sistema político que garantiza sus derechos mejor que ningún otro, pero en el que estos ciudadanos que terminan inclinando la balanza de la mayoría, no se sienten respetados.

Es el ‘thymos’ lo que mueve el mundo

¿Por qué este harakiri? Es el thymos, según Fukuyama, “la parte del alma que anhela el reconocimiento de la dignidad”. Cada individuo aspira a ser respetado en igualdad con los demás (isotimia) aunque hay quienes aspiran a ser reconocidos como superiores (megalotimia), cuya versión más perversa serían los tiranos.

Las democracias liberales contemporáneas no han resuelto este problema. Prometen igualdad de derechos, pero no han sabido lidiar con esa necesidad de reconocimiento, asociado al estatus y a los recursos económicos, aunque va más allá.

Quienes han quedado fuera de la cadena productiva por la globalización y las crisis financieras han perdido poder adquisitivo como clase media, y en muchas ocasiones carecen de empleo.

Fukuyama cita cómo ha aumentado la desigualdad en Estados Unidos y el Reino Unido, y cómo ha afectado especialmente a la clase media. Alude al problema pero da más importancia a cómo la mala gestión de la inmigración como razón de esta desigualdad y de este temor.

Sin embargo, olvida cómo es la desigualdad en un mundo globalizado, junto a la gestación de guerras por recursos, lo que está detrás de los flujos migratorios actuales. Mientras la renta media en Estados Unidos sea diez veces superior a la centroamericana, y estos países sean foco de una criminalidad sin control del Estado, habrá migraciones.

Resulta curiosa la visión de Fukuyama sobre la migración cuando es inmigrante de tercera generación. Su abuelo paterno huyó de la guerra y su madre también. Esa identidad nacional de Estados Unidos, que asimila a quien comulga con la Constitución y que aún mantiene el ius soli (derecho de suelo), ha sido su gran riqueza, lo que ha hecho América grande.

Los invisibles

Esa clase media en riesgo de empobrecimiento, ciertamente invisibilizada por el poder político, es presa fácil para quienes les habla, como Trump, de “hacer América grande de nuevo”, o de quienes culpan a la UE de acaparar sus recursos (campaña del Brexit).

No son colectivos marginales, de los que Fukuyama dice que se ocupa principalmente la izquierda olvidando erróneamente a estos agraviados. El autor considera que la izquierda está en declive por dar la batalla equivocada y abandonar a la clase media a la suerte de la derecha nacionalista.

Los chalecos amarillos franceses, a los que no menciona por haberse escrito antes, son estos indignados que sostienen: “Primero nos ocupamos del fin de mes y luego ya hablaremos del fin del mundo”. Para ser reconocidos estos indignados franceses se identifican en su origen con la vestimenta que llevan en el coche, fundamental en su trabajo.

En el lado opuesto estarían esos jóvenes, liderados por la sueca Greta Thunberg que hacen huelga los viernes como bandera de su lucha contra el cambio climático.

A los votantes de Trump la corrección política les asfixia: un votante confiesa cómo si él pronuncia la palabra “negro” será señalado, pero los políticos y periodistas liberales (izquierdistas en EEUU) hablan con desparpajo de los red necks (obreros).

Ser pobre es ser invisible a ojos de los demás seres humanos y la indignidad de la invisibilidad resulta peor que la falta de recursos», escribe Fukuyama

Han dejado de sentirse alguien con voz, así que utilizan su voto como arma arrojadiza. Es la política del resentimiento, lo que se pone en marcha. “Ser pobre es ser invisible a ojos de los demás seres humanos y la indignidad de la invisibilidad resulta a menudo peor que la falta de recursos”, señala el autor de Identidad.

Es esa pérdida de visibilidad lo que tienen en común los votantes de Trump y del Brexit. La pérdida de estatus, la falta de perspectivas, se traduce en una percepción de invisibilidad para las élites, ocupadas en mantener su poder, y para los menos favorecidos, que a su juicio reciben ayudas sin haberse esforzado como ellos. A su vez, nada de esto puede expresarse porque es políticamente incorrecto.

El líder político moviliza a sus seguidores en torno a que la dignidad del grupo ha sido ofendida, desprestigiada o ignorada»

“El líder político moviliza a sus seguidores en torno a que la dignidad del grupo ha sido ofendida, desprestigiada o ignorada. Este resentimiento engendra demandas de reconocimiento público del grupo en cuestión”, señala Fukuyama. Es un factor emocional, no racional, ni económico, y por ello tiene una gran fuerza.

Es aplicable a Trump o a la campaña del Brexit, orquestada por Nigel Farage o Boris Johnson, ingeniada por Dominic Cummings, como se retrata en The Uncivil War. También al presidente ruso, Vladimir Putin, que considera que Rusia fue engañada y humillada por la ampliación de la OTAN.

Este orgullo herido es lo que conforma esa identidad rusa que se siente representada por Putin. De ahí que busque la debilidad de la Unión Europea y fomente la tensión, desde el Brexit hasta el separatismo catalán.

“Los practicantes de la política del resentimiento se reconocen mutuamente. La simpatía que Vladimir Putin y Donald Trump se tienen no sólo es personal, sino que está arraigada en su común nacionalismo”, señala Fukuyama.

Trump, millonario y narcisista, actúa como si fuera uno más de los humillados porque en realidad a él tampoco le aceptan las élites. Canaliza toda la ira contenida en quienes ven cómo se han convertido en invisibles y por ello su incontinencia verbal se tolera e incluso se aplaude.

A sus votantes les parece “auténtico”. Incluso traspasa líneas rojas al asociar la identidad a la raza y tolerar con indulgencia a los supremacistas blancos.

La excepción británica

En el caso del Brexit, se trata más de un problema de identidad nuevamente que de carácter económico, a juicio de Fukuyama. La excepción británica surge con Enrique VIII, que rompió con el Papado en el siglo XVI, como ahora los euroescépticos han querido romper con Bruselas, y siguen intentándolo.

Los brexiters creen que el continente “está esclavizado”,  no ya a un Papa, sino por la Unión Europea. En este caso, la cuestión se agrava porque no hay una clara identidad europea, si bien en las negociaciones del Brexit han reforzado a los Veintisiete por sus claras políticas frente al descontrol británico.

Son ejemplos, tanto Putin como Trump o el Brexit, de la puesta en práctica de políticas de identidad que generan división. Un grupo cree que tiene una identidad que no recibe reconocimiento en el exterior, o bien en la misma sociedad. Eso genera su resentimiento contra quienes amenazan o no reconocen su identidad (nacional, religiosa, sexual o de género). Estas políticas de identidad se retroalimentan en el resentimiento.

El auge tecnológico ha favorecido que estas políticas del resentimiento se difundan ampliamente. A través de las redes sociales, se crean grupos homogéneos que se reafirman en sus creencias excluyentes y se cierran a otras opiniones y puntos de vista.

En esa pertenencia al grupo creen encontrar ese reconocimiento, cuando es un mero reflejo de su mismidad y una herramienta puesta al servicio del poder.

Nacionalismo y religión

También son ejemplos de políticas de identidad el nacionalismo y la religión, pero el autor de Identidad se centra en el extremismo islamista. Aparecen en la evolución a las sociedades modernas, cuando el hombre se pregunta quién es y a qué aspira en la vida, cuando descubre su yo interior independiente del exterior.

“Brindan una ideología que explica por qué las personas se sienten solas y confusas, y ambos se centran en la victimización, que culpa de la situación infeliz del individuo a grupos ajenos. Y ambos exigen el reconocimiento de la dignidad de manera restrictiva no para todos los seres humanos sino para los miembros de ese grupo en particular”.

No lo dice Fukuyama pero quienes se envuelven en la estelada por sentirse humillados por Madrid pero se olvidan de los que se consideran catalanes, españoles y europeos, también practican esas políticas de identidad.

Como lo hacen quienes se apropian de la identidad nacional española y la asocian a la caza, los toros y las pistolas.

Identidad integradora

Sin embargo, la identidad nacional considera Fukuyama que puede  construirse para integrar. La política de identidad es la lucha por el reconocimiento de la dignidad, sobre todo de la dignidad del otro.

Fue lo que hizo el entonces presidente sudafricano Nelson Mandela cuando convenció a la población negra, que habían padecido las políticas del apartheid, a apoyar a la selección de rugby de Sudáfrica, los Springboks frente a los All Blacks de Nueva Zelanda, en 1995, como se narra en la película Invictus. Fue el primero en dar el paso.

Precisamente en Nueva Zelanda hemos asistido recientemente a un ejemplo de cómo hay líderes que construyen la identidad nacional en las antípodas de los Trump o Putin.

Jacinda Ardern (Hamilton, 1980) primera ministra de Nueva Zelanda, ha gestionado la mayor crisis que ha vivido este país de apenas cinco millones de habitantes con transparencia, empatía e integridad. Un supremacista blanco, armado hasta los dientes, asesinó hace dos semanas a 50 personas, musulmanes, en el entorno de una mezquita en Christchurch.

Con mensajes como “ellos somos nosotros”, Ardern conmovió a los neozelandeses y lanzó un mensaje de esperanza al mundo. La primera ministra se ha negado a mencionar el nombre del asesino, que al difundir la matanza en internet buscaba reconocimiento (thymos), como lo hacen los terroristas islamistas.

Sí que nombró a todas y cada una de las víctimas y en señal de respeto a sus costumbres se vistió con un hyjab. Todos juntos contemplaron el baile de la haka, la tradicional danza maorí, una demostración de fuerza identitaria, más poderosa que el resentimiento y la exclusión.

En un mundo perfecto, la identidad debería, a juicio de Fukuyama, “estar relacionada con ideales sustanciales como el constitucionalismo, el Estado de derecho y la dignidad humana”. Es decir, la identidad, si bien no puede fundamentarse en la diversidad, sí que ha de construirse sobre el respeto al otro.