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El bikini: la escandalosa historia de una revolución

Cuando el primer bikini oficial de la historia hizo su aparición, precisamente un mes de julio de 1946, el escándalo fue tan mayúsculo que ninguna modelo –entonces aún llamadas maniquíes– quiso ponérselo por impúdico y hubo que contratar a una stripper de nombre Micheline Bernardini para poder hacer las fotos publicitarias. Lo que ahora puebla todas las playas del país con la mayor naturalidad del mundo al principio fue una auténtica revolución.

Muchos dirán que la prenda en sí no era nueva. Y tienen razón: ya en la Antigua Roma los atletas, incluidas muchas mujeres, llevaban una especie de bikinis en sus entrenamientos y en las competiciones, y se conservan mosaicos donde se los puede ver. Pero eso pasó en la Antigüedad clásica y en el siglo XIX y principios del siglo XX era impensable que una mujer enseñara tanta carne y dejara entrever su barriga y marcar su busto.

Las máquinas de baño

A pesar de que se había puesto muy de moda el baño de mar –la propia reina de Inglaterra se bañaba en las frías aguas de Escocia–, el código de vestimenta que se consideraba adecuado para una mujer dejaba poco margen a la imaginación. Las damas debían cubrirse con una especie de monos con pantalones cortos –y por cortos se entiende por debajo de la rodilla, casi llegando al tobillo–, y las telas debían ser lo suficientemente gruesas como para no pegarse al cuerpo y marcar peligrosamente las curvas. Se dice que incluso las más recatadas ataban pequeñas pesas en los dobladillos de los pantalones para que no se levantaran y dejarán ver las pantorillas.

La propia reina Victoria de Inglaterra era tan discreta que incluso usaba lo que entonces se denominaba máquina de baño. Era una especie de pequeña cabaña de madera movible (portaba ruedas) que la dejaba al final de un largo dique de madera. En cuanto llegaba a la orilla, la puerta se abría y la soberana caía al mar sin que nadie la viese en traje de baño.

La revolución de Annette Kellerman

Poco a poco las costumbres comenzaron a cambiar, pero llevó tiempo y se requirieron auténticas pioneras valientes. Annette Kellerman, una nadadora australiana que ejercía como actriz en películas mudas, fue una de ellas: a ella se le atribuye la «osadía» de aparecer en una playa pública de Boston ataviada con una especie de mono muy ajustado al cuerpo. Era muy parecido a las mallas que hoy llevan muchas mujeres al gimnasio para hacer yoga. Hoy nos parecen incluso «clásicas», pero en 1900 aquello fue tan impúdico que la tal Kellerman fue detenida por exhibicionismo.

No sería hasta 1915 que las autoridades dio el paso gigantesco y revolucionario de permitir que las mujeres enseñaran algo de pantorrilla y que las telas se hicieran más ligeras. Poco a poco se fue dando forma al bañador y, más tarde, en plena Segunda Guerra Mundial o en los años inmediatamente posteriores, se aprovechó la desdicha de tener que soportar un duro racionamiento para limitar aún más la tela requerida.

Aparecieron entonces los primeros bañadores de dos piezas, aunque la parte inferior era más un pantalón que otra cosa y la parte superior era lo suficientemente ancha como para asegurar la decencia. Algunas actrices de Hollywood –Ava Gardner y Rita Hayworth en particular– popularizaron esta opción, pero aún quedaría el paso definitivo.

El biquini y la bomba atómica

Fueron los franceses los que crearon el biquini tal como lo entendemos hoy. Inspirado por la carrera nuclear que dio pie a la Guerra Fría, el diseñador parisino Jacques Heim creó «el átomo» o, como a él le gustaba llamarlo, «el traje de baño más pequeño del mundo». Louis Réard fue incluso más allá y redujo la tela a su mínima expresión: había nacido el biquini o, como se le llamó entonces, «le bikini«. El nombre, por cierto, está inspirado en el atolón de Biquini, un lugar usado por los estadounidenses para detonar bombas nucleares de prueba. La idea, según Réard, era que su escueta creación iba a ser tan impactante y tan revolucionario como una bomba.

Y, hasta cierto punto, lo fue. Muchas autoridades los prohibieron en las playas y muchas mujeres se negaron a llevarlo. No fue hasta bien entrada la década de los cincuenta que comenzó a verse, aunque esporádicamente, en algunos países. Brigitte Bardot se dejó fotografiar con él, pero fue otra actriz, Ursula Andress, quien realmente lo encumbró. Fue gracias a su aparición en la película de James Bond Dr. No, aquella en que sale del mar ataviada con un biquini blanco del cual colgaba un gran cuchillo. Aquello sucedió en año 1962: era la primera vez que un biquini hacía su aparición en la gran pantalla.

Aún así, a muchas les costó dar el paso y no fue hasta los setenta y, sobre todo, los ochenta, que el biquini se popularizó y hoy resulta hasta extraño no verlo. Pocas, eso sí, deben saber que hasta hace relativamente poco, lo de llevar dos piezas era un crimen y un oprobio.

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