En tiempos de bonanza es habitual no prestar atención al uso racional de los bienes y recursos. La crisis mundial motivada por la guerra en Ucrania ha vuelto a poner de manifiesto la necesidad de controlar los consumos y repensar algunos esquemas mentales que parecían inamovibles. Es ahora cuando aflora en la sociedad cierta sensación de que no hemos hecho las cosas bien. Todos reconocemos numerosas situaciones de ineficiencia energética de nuestro día a día: aires acondicionados con una temperatura imposible que obligan a abrigarse en verano, calefacciones asfixiantes que obligan a desvestirse en invierno o luces encendidas sin ningún objeto o en momentos innecesarios.

La Administración Pública no está exenta de esta sensación de derroche. En ocasiones no hemos sido suficientemente cuidadosos con apagar las luces o los sistemas de acondicionamiento de aire o calefacción en lugares o momentos sin presencia humana. Creo que nos ha faltado un sentimiento compartido de eficiencia energética en nuestros lugares de trabajo, a veces por la complejidad organizativa que supone su aplicación y a veces por ese erróneo pensamiento de que nadie es responsable ni se piden cuentas de ese gasto excesivo. Se ha hecho más esfuerzo en que el procedimiento administrativo de contratación y facturación sea el correcto que en valorar que el uso sea el correcto. Y hay que hacer ambas cosas. Una de las lecciones positivas de la situación actual es que volvemos a poner encima de la mesa la necesaria concienciación del ahorro energético en la Administración.

Simplificación y digitalización

Pero desde la Administración podemos hacer algo más para mejorar la eficiencia energética. Es más sutil pero merece la pena mencionarlo. Se trata del impacto en el consumo que se produce como consecuencia de la complejidad de algunos procedimientos administrativos, que son ineficientes en términos de recursos humanos para su gestión y además provocan gastos en los ciudadanos. Hablamos de las visitas reiteradas a las oficinas para resolver el mismo asunto en sus diferentes fases, del peregrinaje para recopilar la documentación necesaria para el trámite, de la producción de fotocopias o certificados en papel, entre otros.

Desde la Admimistración Pública deberíamos aprovechar este momento para darle una nueva vuelta de tuerca a la simplificación de los procedimientos administrativos y avanzar en la digitalización, en este orden. Si a nivel industrial las empresas están obligadas a establecer mejoras en sus infraestructuras y procesos encaminadas a la eficiencia energética por pura supervivencia, en la Administración deberíamos hacer lo mismo con las nuestras. Si queremos que la administración por vía electrónica sea parte de la solución, debemos redoblar esfuerzos en mejorar la usabilidad de las herramientas que proporcionamos a los ciudadanos.

Decía Stephen R. Covey que «si realmente quiero mejorar la situación, debo trabajar en lo único sobre lo que tengo control: yo mismo». Cada organización debe analizar su situación, establecer un plan de mejora y ejecutarlo analizando los indicadores de progreso. Y aquí es donde la inteligencia artificial puede ayudar. Tras la recopilación de los datos relevantes, los algoritmos de la IA pueden ayudar a la toma de decisiones. No hay nada nuevo en el método, solo nos falta la determinación para seguir ese camino. Aprovechemos el momento.


Ramón M. Andarias es Jefe de Relaciones Institucionales de Suma Gestión Tributaria.