De Pedro –Almodóvar, por supuesto– uno siempre espera lo mejor. Y, por tanto, lo peor. La fe, con él, nunca se pierde, aunque últimamente falten motivos. El mejor Almodóvar siempre está por llegar. Y que nos dure mucho tiempo. Tras recuperar hace 7 años el pulso con la autobiográfica Dolor y gloria, donde se despachó a gusto consigo mismo y con otros (¿Eusebio Poncela? ¿Lluís Homar?); Madres paralelas y La habitación de al lado representan sus horas más bajas como cineasta, aunque algunos miren hacia otro lado. Amarga Navidad, sintiéndolo mucho, no es la excepción. Qué rabia, de verdad.

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Si en Madres paralelas incrustó una sonrojante subtrama sobre la memoria histórica y las fosas comunes (al Almodóvar de los ochenta le costó Dios y ayuda entrelazar orgánicamente la historia A y la historia B). En La habitación de al lado, rodada en inglés, John Turturro advertía gratuitamente a Julianne Moore sobre el cambio climático y la extrema derecha; unas palabras fácilmente atribuibles al director, cada vez más alejado del costumbrismo, aunque se esfuerce por bajar a tierra. Torres más altas (Julio Medem) han caído...

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La ansiedad y la depresión

En Amarga Navidad, la ansiedad (una emoción tan difícil de captar y plasmar) y los ansiolíticos (su uso irresponsable) hacen mover una trama que juega inexplicablemente al despiste. El duelo por la muerte de un ser querido es otro de los motores de Amarga Navidad. Hace diez años, bajo el nubarrón de los Papeles de Panamá (paraíso fiscal donde los hubiera), Almodóvar y compañía estrenaron Julieta. Silencio iba a llamarse aquella adaptación de la obra literaria de Alice Munro, pero Scorsese se impuso. La película número 20 del manchego versaba sobre la depresión que sufría el personaje de Adriana Ugarte/Emma Suárez. Sólo Almodóvar podía salir indemne de aquella secuencia, toalla en mano, en que una se convierte en la otra.

Su filmografía, que arrancó hace 46 años con Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, es envidiable, se mire por donde se mire. Están los clásicos para principiantes (Mujeres al borde de un ataque de nervios, Todo sobre mi madre, Volver), las otras obras cumbre (Hable con ella, La mala educación y, sí, La piel que habito), las rompedoras (La ley del deseo, ¿Qué he hecho YO para merecer esto!!, Matador, ¡Átame!) e incluso aquellas supuestamente menores que merecen una reivindicación mayor como La flor de mi secreto, Carne trémula y Los abrazos rotos.

46 años y 24 películas; toda una vida

Está el Almodóvar pegado a tierra, el melodramático (Tacones lejanos), pero también el Almodóvar fantasioso, sobrenatural (he ahí su homenaje a Arrebato de Iván Zulueta) o el Almodóvar retorcido, oscuro, sanguinario. Y el Almodóvar divertido, ligero, aunque su última comedia, Los amantes pasajeros, sea considerada como uno de sus peores filmes. Hay también un Almodóvar comedido (Julieta), que cuenta y no muestra, que tira de elipsis. Y hasta un Almodóvar que nunca existió como su adaptación de los relatos de Lucia Berlin, con Cate Blanchett. Hay un Almodóvar que mira de frente a los hombres, no necesariamente homosexuales o trans (La ley del deseo, Hable con ella, La mala educación). Y, por supuesto, un Almodóvar femenino (¿feminista?).

El director y guionista tiene dos problemas: él mismo (su exquisita y perenne filmografía) y aquellos que, sin pretenderlo, son puro Almodóvar. He ahí May December, de Todd Haynes (Carol, Lejos del cielo), con Julianne Moore y Natalie Portman. ¡Corran a verla! O En la casa (Dans la maison), de François Ozon, o incluso Queer, de Luca Guadagnino, que colocó el póster de La flor de mi secreto en su última película, After the Hunt (Caza de brujas). A todos ellos –varones, blancos, homosexuales y aburguesados– les une cierta incorrección política, aunque el español esté cada vez más preocupado por no herir sensibilidades.

¿Qué Almodóvar es Amarga Navidad?

Tras el buen sabor de boca que dejó Sbaraglia en Dolor y gloria (bastó una secuencia con Banderas en un rellano), Almodóvar le asciende, en su película número 24, como falso protagonista. Aitana Sánchez-Gijón (con un papel pequeño pero matón, digno de Goya) y Quim Gutiérrez (ni fu ni fa) interpretan a su mano derecha y a su mano izquierda. Desafortunadamente, esta relación afectiva a tres –los hombres homosexuales ya no tienen sexo en el cine de Almodóvar– sólo será explotada durante los últimos compases de Amarga Navidad, lo que hace aún más frustrante la experiencia. Transcurre el filme y uno se pregunta: ¿qué diablos quiere contar, decir? Hay una explicación, un subrayado en fosforito, casi al final.

© El Deseo, diseño: Estudio Javier Jaén.

Con Amarga Navidad, un título de ranchera con el que el manchego rinde su enésimo homenaje a Chavela Vargas, el cineasta se pone juguetón al dividir la acción en dos dimensiones (realidad y ficción) y en dos tiempos (2026 y 2004). Nada nuevo bajo el sol en su filmografía. He ahí Dolor y gloria, como último y mejor ejemplo de metaficción. En aquella, Almodóvar desveló el truco justo al final: los flashbacks eran, en realidad, secuencias de la nueva película del personaje de Antonio Banderas. Almodóvar también dio gato por liebre en La piel que habito (no contó la historia de manera lineal), o en La mala educación.

En Amarga Navidad, Almodóvar escoge a Leonardo Sbaraglia (véanle en Errante corazón, por favor) como su otro yo, como un genio maligno, malhumorado; un intelectual físicamente dolorido; un adicto al trabajo que desatiende su vida personal. Su realidad es la ficción, aunque sus guiones sean cada vez peores (¿ha hecho Pedro Almodóvar una mala película adrede?).

Leonardo Sbaraglia y Bárbara Lennie son y no son Almodóvar en Amarga Navidad

¿Quién corta el bacalao entonces en Amarga Navidad? Pues Bárbara Lennie (La piel que habito), como alter ego –en principio– del personaje de Sbaraglia y, por ende, de Almodóvar. Puede que la argentina sea una de nuestras mejores actrices del momento, pero es inevitable pensar en la Leo de Marisa Paredes (La flor de mi secreto) como esta cineasta 'de culto' que se gana la vida en publicidad, al borde de la migraña (los dolores de cabeza, de espalda, otra vez), que intenta estar para sus amigas (Victoria Luengo, Milena Smit). Sororidad, ante todo. ¡Y qué alegría y qué pena ver a Gloria Muñoz como 'madre de', como la otra Julieta Serrano!

Por allí se deja ver brevemente una Rossy de Palma que siempre levanta el ánimo. La acción transcurre en Madrid y Lanzarote, durante el año 2004, y su auténtico hallazgo es el actor Patrick Criado como bombero stripper. Es en él, en su cuerpo, donde Almodóvar se deleita y cuando aflora su yo del pasado, al son de Grace Jones y I've Seen That Face Before (Libertango), la misma canción que hizo sonar Roman Polanski en Frenético. ¿Guiño o casualidad? No estamos para ambigüedades. O sí. Almodóvar también se deleita en la impecable actuación de Amaia, en una secuencia que no empasta, aunque él haya convertido la digresión en seña de identidad. No será el único cameo que trascienda; avisados quedan. Si parpadean, se lo perderán. ¡Es el ¿Dónde está Wally? de Almodóvar!

¿Es Amarga Navidad una película mala o una película menor de Almodóvar?

Si sacamos Dolor y gloria de la ecuación, ¿cuál fue la última gran película del manchego? Hace ya 15 años de La piel que habito... Siempre es una buena noticia que un film de Almodóvar llegue a las salas de cine, y no directamente a Netflix. ¿Es Amarga Navidad una mala película? No; peor: aburrida. Gélida. ¿Es mejor que Madres paralelas y La habitación de al lado? Sí. ¿Cómo dialoga con Dolor y gloria? El tiempo lo dirá. ¿Cuál será la película número 25 de Almodóvar? Quién sabe. Quizás encuentre, y encontremos, en Amarga Navidad el hilo del que tirar.

© El Deseo, diseño: Estudio Javier Jaén.