Es innegable el poderío de esos shows televisivos que, con la coartada del cachondeo, terminan metiéndonos a políticos hasta el tuétano y despertando empatías hacia candidaturas presidenciales. Se entiende la predisposición del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a colarse por teléfono en una secuencia que se vendía como humorística en el diálogo entre Jordi Évole y Marc Giró en Lo de Évole, de Atresmedia. Todos tenían mucho que ganar con el show.
Bien es verdad que en España todavía andamos a años luz de los excesos norteamericanos. Todos pudieron ver cómo Barack Obama, cuando aún era mero candidato presidencial, se marcaba unos pasitos de baile al son de Crazy in Love en el plató de Ellen DeGeneres. Ya como inquilino de la Casa Blanca, se prestaba a gags con Jimmy Fallon, recitando noticias a ritmo de rap lento, como si la presidencia fuera un karaoke de lujo.
Cuando era candidato presidencial Donald Trump, que sabía de sobra que los late nights le eran más hostiles que un mitin en el Bronx, se arriesgó igualmente a los platós de Jimmy Fallon (humorista estrella de la NBC, Grupo Comcast), de Jimmy Kimmel (humorista estrella de la ABC, Grupo Disney) y de Stephen Colbert (CBS, por entonces Viacom). Aquellos humoristas lo tenían cruzado en la diana, como a todo a lo que huela a Partido Repúblicano. Pero para ellos era un trofeo mayúsculo que el candidato de la derecha se dignara a pisar su alfombra roja, y más aún si lograban ridiculizarlo.
Recordemos la célebre escena en The Tonight Show, donde Fallon le tiró del pelo a toda velocidad a Trump para comprobar que no llevaba peluquín. Al final, todo aquel circo le humanizó a aquel candidato más que mil mítines: Fallon llegó a confesar que lamentaba el numerito.
Hoy aquellos sólo hablan del presidente para criticarlo, y este no duda en desear su despido desde sus redes sociales. Pero en 2015 le dieron suficiente ayuda como para que pudiera decir aquello de: "el que ríe el último, ríe mejor".
En Argentina, el equivalente sería Marcelo Tinelli, todo poderoso señor del show de la caja tonta en aquel país. Cuando el candidato presidencial Mauricio Macri aceptó en 2009 aparecer en ese programa presidencial con capa de rey, junto a su imitador cantando Somebody to Love, de Freddie Mercury, se escribió un nuevo capítulo en la entrega de la campaña al espectáculo para darse a conocer.
Puede que Macri llevara la capa en aquel gag, pero quien se coronaba era Tinelli. En aquella campaña argentina de 2009 vimos al opositor Francisco de Narváez bailando con un imitador para Tinelli, y al mismísimo Néstor Kirchner entrando en directo por teléfono en el mismo espacio para compartir risas con el presentador. En aquel momento parecía que el hombre más poderoso de Argentina no era el que vivía en la Casa Rosada, sino el presentador de Showmach.
Aunque el Tinelli de ahora ya no tiene el mismo fuelle que el de entonces, Javier Milei también tuvo que pasar por su programa cuando era candidato presidencial: apareció desde el coche en el parking del canal (con la excusa de recoger a su novia de entonces, que trabajaba allí) y Tinelli montó el espectáculo con que el "león" sacara la mano por la ventanilla para saludar.
Zapatero al teléfono
En España aún no hemos visto a un presidente bailando ni cantando para regocijo de ninguna estrella mediática. Con Felipe González nadie se habría atrevido; la tele no había alcanzado aún ese nivel de osadía descarada durante el mandato del señor de los bonsáis. A José María Aznar lo vimos, como mucho, con SuperGarcía. La máxima transgresión que había en los noventa era saber si aceptaban ponerse las gafas de sol de CQC. Pero aún habría que esperar para ver a políticos haciendo 'cameos' en 'shows' de televisión.
"Vamos a llamar a José Luis". "¿Dígame?". "Soy Jordi, el Follonero, de La Sexta". Año 2008. Évole era subdirector de Buenafuente (El Terrat para la cadena que aún se las daba de independiente) y hacía su sección con el personaje de 'El Follonero'. Decidieron que uno de esos días la sección incluyera una llamada en directo del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero.
"Espera un momento, que a lo mejor la gente se piensa que es un imitador. ¿Cómo podrías demostrar que eres el Zapatero de verdad? Di ‘solidaridaz’". "Solidaridaz". "Di ‘Buenas noches y buena suerte’". "Buenas noches y buena suerte".
Todo un presidente del Gobierno obedeciendo dócilmente las indicaciones de Évole ante las carcajadas de Buenafuentee, en lo que entonces se veía como la cadena de Zapatero. ZP hizo muchas entrevistas en programas de humor de La Sexta (Buenafuente, Gran Wyoming, Eva Hache), pero aquel gag era demoledor: permitía al humorista pavonearse de su influencia sobre el residente de La Moncloa.
En El Intermedio, Zapatero llegaría a aparecer en un gag de fin de año simulando dirigir a un coro gay.
Pedro Sánchez al teléfono
Cuando Pedro Sánchez tomó las riendas del PSOE lo hizo en el peor momento imaginable: las encuestas y los medios parecían empeñados en convencer al personal de que el partido se iba a desmoronar al mismo ritmo que el PASOK griego o el PS francés. Hasta la derecha política y mediática ninguneaba al PSOE para aupar a Podemos como el nuevo referente izquierdista. Sánchez decidió entonces desgastar nudillos para que hablaran de él: el 17 de septiembre de 2014 se coló simultáneamente en El Hormiguero (Antena 3) y en Sálvame (Telecinco). En el primero fue de los primeros políticos en el formato de Pablo Motos; en el segundo, por llamada telefónica directa a Jorge Javier Vázquez.
Ya como presidente, su voz e imagen aparecieron en Movistar Plus para saludar a Andreu Buenafuente en su programa de despedida el 23 de diciembre de 2021. Y en octubre de 2025 volvió a colarse por vídeo en un gag de Broncano en La Revuelta. En ambos casos sabía que se dirigía a su parroquia fiel.
Con su irrupción en Lo de Évole no quedaba claro quién hacía más favor a quién: si Marc Giró y Évole al político, regalándole un prime time de órdago, o si era Sánchez quien les hacía el favor a ellos, demostrando a los sanchistas que se puede ser leal a la causa aunque no se cobre de TVE. Y no se negará que Giró se entregó en cuerpo y alma: besuqueando al presidente y a su esposa con devoción de fan declarado.
El humor en el campo mediático nunca ha sido el fuerte de la derecha; por ahora, ese tipo de shows tiene unos dueños claros en el espacio político español
¿Tendría opciones un presidente del PP en aparecer en gags de programas humorísticos? A Mariano Rajoy lo vimos hacer un cameo en la serie Jacinto Durante, representante cuando era ministro y, más recientemente, en la película de Torrente, ya como expresidente. Pero no parece probable que un Évole, un Wyoming, un Marc Giró o un Buenafuente quisieran que un político de derechas —un Rajoy de antaño, o una Díaz Ayuso o un Abascal de hogaño— entrara en su gag con ellos.
Eso delataría un colegueo que "mola" si es con un presidente progresista, pero puede ser mal encajado con un político "facha" de cara a los parroquianos progresistas. ¿Cómo creen que reaccionaria el público de Marc Giro si le llamara Díaz Ayuso y compartieran unas risas? ¿O el público de Jordi Évole si invitara a Abascal a participar en un gag con él? Se salvaba Revilla, que podía justificarse por el hecho de gobernar en coalición con el PSOE cántabro.
Nunca sabremos qué habría pasado si Soraya Sáenz de Santamaría hubiera liderado la derecha: con aquel baile en El Hormiguero apuntaba maneras y quizá habría logrado ser invitada a participar en gags telefónicos o presenciales en programas de humor progresista.
De momento, esas prácticas parecen monopolio de políticos progresistas. El humor en el campo mediático nunca ha sido el fuerte de la derecha; por ahora, ese tipo de shows tiene unos dueños claros en el espacio político español.
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