Opinión

Los partidos políticos y las crisis latinoamericanas

La candidata peruana Keiko Fujimori en un mitin reciente en Lambayeque.
La candidata peruana Keiko Fujimori en un mitin reciente en Lambayeque. | @FuerzaPopular_
PUBLICIDAD

Hay pocas ideas tan extendidas como esta: los partidos son uno de los principales problemas de las democracias latinoamericanas. Lo interesante no es la afirmación en sí, sino que seguimos sin ponernos de acuerdo del todo en los motivos. No es una discusión nueva: el trabajo seminal sobre partidos, publicado en 1902, ya advertía problemas que hoy vemos en la región. Lo difícil no es señalarlos, sino explicar qué falla y cómo terminan produciendo los resultados que vemos.

Moisei Ostrogorski escribió la primera gran obra sobre partidos (Démocratie et l’organisation des partis politiques), una investigación metódica basada en un amplio trabajo empírico poco habitual en la época. Desde su condición de bielorruso y súbdito del Imperio ruso, visitó el Reino Unido y Estados Unidos para observar la organización de la competencia democrática, algo que aspiraba para su país.

PUBLICIDAD

La curiosidad inicial que le llevó a viajar –similar a la que motivó a Alexis de Tocqueville cuando quiso entender la democracia en América– pronto se transformó en una mirada crítica. Advirtió que, más allá de su función integradora, los partidos tendían a organizar la participación de forma cada vez más controlada. La competencia electoral favorecía estructuras disciplinadas, liderazgos estables y procedimientos que simplificaban el debate. Vio que no solo canalizaban la expresión ciudadana, sino que también actuaban como filtros: ordenaban, jerarquizaban y reducían la complejidad de la voluntad política que decían representar. En muchos casos, los intereses particulares terminaban imponiéndose sobre el proyecto común.

Que los partidos tenían pecado original también fue evidente para Max Weber, uno de los padres fundadores de las ciencias sociales contemporáneas. Observó cómo el desarrollo de los partidos iba acompañado de una creciente profesionalización de la política en países como Alemania o el Reino Unido. Para Weber, los partidos tendían a organizarse como maquinarias jerárquicas que premiaban la lealtad interna y la eficacia electoral, reduciendo la deliberación y favoreciendo la aparición de élites cada vez más alejadas de la base social.

A pesar de sus críticas, ni Ostrogorski ni Weber renegaron de los partidos. El primero fue diputado en la Duma y el segundo fue parte del Partido Demócrata Alemán (DDP). Ambos entendían que sin ellos no hay democracia operativa: son estructuras imperfectas, pero necesarias para organizar la competencia y articular intereses. En La política como profesión, Weber asume esa tensión: con todos sus defectos, los partidos, a través de los políticos que los integran, pueden ser instrumentos de gobierno democrático si se orientan por responsabilidad y convicción.

Ahora bien, si desde un principio se sabía que los partidos tenían su lado oscuro, ¿por qué los relatos mayoritarios los han idealizado? El problema está en que se toma como referencia un modelo que ya no existe o que nunca existió del todo: el partido de masas descrito por Maurice Duverger. Su atractivo es evidente: organizaciones con militancia amplia, líderes ejemplares, identidad clara y capacidad de integrar socialmente a grandes sectores.

Desde entonces, buena parte de los análisis sobre partidos se ha movido entre dos polos: la nostalgia y la sospecha. Durante décadas predominó una mirada casi pedagógica, en la que el partido —con la mira puesta en el idealizado de masas— aparecía como escuela de ciudadanía, mecanismo de integración y puente entre sociedad y Estado. Era un modelo ordenado, funcional y, sobre todo, tranquilizador. Pero esa imagen, tan útil para clasificar como limitada para comprender, fue dejando paso a otra más incómoda. A medida que se observaban de cerca, los partidos mostraban no solo su capacidad de organizar, sino también de simplificar, filtrar y concentrar decisiones en manos de unos dirigentes que concentran poder blindándose en estructuras que luego aprovechan para beneficio propio.

A todo lo anterior se suma la dificultad para definir qué es un partido político. Un recurso es caracterizarlo como el actor colectivo organizado que participa en las elecciones con el fin de obtener poder político. Los críticos de esta definición mínima suelen añadir como rasgos necesarios que deben sostenerse en el tiempo y contar con un programa de gobierno. Yo estoy entre quienes defienden que un partido político es una organización que se presenta a elecciones, una definición que deja fuera a los partidos dictatoriales como el Partido Comunista chino o el cubano.

Una buena forma de analizar los partidos es pensarlos desde el consenso que hay sobre sus funciones, algo que, además, ayuda mucho a entender lo que pasa en América Latina. Lo más obvio y evidente es que cumplen muy bien su función electoral. A pesar de las múltiples reformas hechas en América Latina a las normas de elecciones y de partidos con el fin de inventar el agua tibia y conseguir que alguien sea elegido al margen de una organización, esto no se ha conseguido: siempre hay una, por más personalista o efímera que sea. Incluso en un país como Perú, que se suele citar como paradigma de un sistema sin partidos, el fujimorismo lleva décadas ganando elecciones y condicionando las políticas públicas. ¿Acaso lo de Keiko no es un partido?

También se pide a los partidos una posición ideológico-programática y sostenibilidad organizativa en el tiempo, algo que parece obvio pero que no está exento de complejidad. Sobre la ideología y los programas, diría que todos los partidos tienen ideas sobre qué hacer desde el gobierno, más allá de que estas puedan parecer disparatadas o irrealizables. En este caso, la pregunta es si eso significa que no hay programa político. En mi opinión, no es así: una cosa es que yo considere sus propuestas débiles, quiméricas, poco sofisticadas intelectualmente o absurdas y otra es cómo lo vean sus votantes. Evidentemente, ellos no lo ven así y por eso los apoyan, es más, creen que sus "programas" pueden ser la solución a sus problemas.

Respecto a la sostenibilidad en el tiempo, ¿qué pasa si un partido tiene en una elección el apoyo mayoritario de los electores y en la siguiente lo pierde hasta el punto de no tener ni un diputado, como ocurrió con CREO, el partido del expresidente ecuatoriano Guillermo Lasso? ¿Su ausencia en las instituciones hace que deje de ser partido? ¿La Libertad Avanza es un partido a pesar de que se formó como vehículo electoral de Javier Milei?

El 'producto' (el político) es exactamente lo que el 'mercado' (el sistema de incentivos y el electorado) demanda"

Otro de los problemas que se señalan es que los partidos no seleccionan buenos candidatos y por eso no nos gobiernan "los mejores". En este caso ¿de qué serviría estar o no de acuerdo si quienes votan por ellos y les dan poder los valoran como líderes competentes y capaces de gobernar en su beneficio? Lo que hoy sí resulta evidente es que los partidos no logran disciplinar a quienes llegan al poder bajo sus siglas ni tampoco coordinar la acción colectiva de sus autoridades electas que actúan desde el particularismo. Los electos operan por cuenta propia: saben que su tiempo es limitado y, ante la incertidumbre de no ser reelegidos, tienden a maximizar beneficios personales mientras dura su paso por las instituciones.

Llegados a este punto, ¿dónde están los problemas de los partidos en América Latina? ¿Son la traba los partidos o el entorno en el que operan; los candidatos o los electores? ¿Qué pasa con la financiación de los partidos? ¿Quién debe pagar su actividad? ¿Cómo evitamos que la financiación de las campañas se convierta en una especie de inversión? ¿Cómo hacemos para que el dinero "ilegal" no se apropie de la política? Si somos capaces de responder a estas y otras preguntas, podremos explicar lo que pasa en las democracias latinoamericanas.

Quizá, antes tengamos que empezar a plantearnos que el "producto" (el político) es exactamente lo que el "mercado" (el sistema de incentivos y el electorado) demanda. Si los votantes premian la novedad frente a la trayectoria, y el sistema de incentivos formales e informales permite que los partidos nazcan o mueran solo como vehículos electorales de sus líderes ¿por qué habrían de ser distintos los comportamientos de unos y otros? Los partidos en América Latina no están "rotos"; están perfectamente adaptados a un ecosistema que premia la supervivencia individual sobre la estabilidad institucional.


Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com.

Comentarios

Normas ›

Para comentar necesitas registrarte a El Independiente. El registro es gratuito y te permitirá comentar en los artículos de El Independiente y recibir por email el boletin diario con las noticias más detacadas.

Regístrate para comentar

Te puede interesar

Lo más visto