No os engañéis. Pese a los aspavientos de los divos y el fruncir de ceños de los sheriffs de la intelectualidad, el saqueo literario goza de una respetable tradición histórica.
Mucho antes de que la humanidad entrase en esta Arcadia de la originalidad asistida por la inteligencia artificial, en esta edad de platino de las letras que produce, con idéntica facilidad, memorias presidenciales escritas desde un Peugeot o sagas retro-medievales pobladas de fornicadores, Alejandro Dumas ya había levantado un pequeño imperio narrativo alimentado por manos invisibles, apropiaciones generosas y por las plusvalías del trabajo espectral de Maquet y otros negros literarios que ayudaron a parir, en un vientre alquilado, a Edmundo Dantés y a D’Artagnan.
Mientras tanto, al otro lado del Canal de la Mancha, de ese Mare Britannicum que sirvió de refugio a los corsarios y mercenarios ingleses, también Samuel Taylor Coleridge practicó el saqueo de los filósofos alemanes con la tranquilidad de quien entraba en una ciudad conquistada y salía cargado de tapices, cuberterías y un botín con el idealismo de Schelling bajo el brazo con el que adornar los versos románticos de su Biographia Literaria.
Frente a la singularidad del pecado inconfesable del plagio en la historia, la novedad contemporánea no reside en el préstamo indiscriminado y discreto -viejo deporte de las letras- sino en la atosigante aparición de esa nueva raza de escritores-plataforma desatados, en la irrupción en la República de los Escribidores del artefacto algorítmico y de la obra ingente para consumo inmediato, que combina las añagazas de la marca personal con un enredo de manos invisibles con las que producir el propio prestigio sintético a escala industrial sin necesidad siquiera de tener una idea propia.
No hace falta remontarse a Las Partidas ni a aquella época en la que poetas, tribunos y finos oradores -Martínez de la Rosa, Campoamor, Castelar, Azaña, Hernández Mancha- engalanaban los diarios de sesiones de nuestras Cortes con sus ripios y ditirambos para encontrar un buen castellano escrito y hablado. Bastaría, acaso, regresar a tiempos más modestos y cercanos, cuando la sospecha recurrente del profesor de Lengua se agotaba en descubrir que una redacción escolar había sido escrita por una madre compasiva o por un profesor particular con exceso de vocación y escasa autoestima, entregado al ingrato y mal pagado oficio de desasnar criaturas ajenas a domicilio.
Uno empieza a desconfiar precisamente de lo que lee cuando todo lo que se nos ofrece está demasiado bien, cuando la lectura se convierte en un paseo banal por el reino adormecido de las letras correctas
Hasta hace cuatro días, uno podía afirmar que un texto estaba mal escrito por la abundancia de faltas de ortografía, por la repetición torpe de giros y lugares comunes o por la perpetración de una sintaxis criminal, incompatible con el buen gusto, la gramática del otro Feijóo o la frágil salud coronaria del filólogo titulado. Hoy, sin embargo, en plena explosión de retóricas de opinable paternidad digital, y frente a las certezas del lenguaje cincelado, frente al texto que nos revelaba las muescas del cantero, nos ocurre exactamente lo contrario, pues uno empieza a desconfiar precisamente de lo que lee cuando todo lo que se nos ofrece está demasiado bien, cuando la lectura se convierte en un paseo banal por el precepto y el reino adormecido de las letras correctas.
Algo huele a podrido en Dinamarca, nos decimos. Nuestro pasmo existencial como lectores ante el borbotón de talento y retórica es ya el mismo ante el discurso de un concejal en la inauguración de un punto kilométrico en la Nacional 340, que frente al programa de las fiestas de la urbanización o el mensaje de convocatoria de un cumpleaños infantil canónicamente ejecutados. Si Milli-Vanilli perdió un Grammy por mucho menos, crece ahora el recelo y reina la desconfianza cuando una respuesta llega demasiado rápida e impecable, y las alarmas se disparan cuando alguien en LinkedIn o en ForoCoches escribe y puntúa como Azorín en Castilla o cuando un correo del ortodoncista o la empresa de desatranques -le recordamos su cita de las 6/ su desatasco ha sido programado- aparece en nuestra pantalla con un lenguaje florido y colosal, como si detrás de aquella pieza hubiera un pequeño comité editorial integrado por Montaigne, Umbral y los descendientes directos del Conde Lucanor.
¿Qué nos está pasando?, le preguntamos a nuestro asistente digital, pues la duda razonable se ha democratizado y ahora el profesor sospecha del alumno y el discípulo del maestro al que se le ha colado parte de un prompt en un trabajo de grupo.
¿Qué hacer?, si la lucha de clases se enciende y vamos viendo que el jefe sospecha del empleado, antaño sometido a los rigores y la autoridad de la orden y el monosílabo, que ahora rompe sus cadenas con anónimos en los vestuarios del taller en los que se abusa del guion largo, la tríada y la frase corta y azoriniana separada por puntos y aparte. Y ahí podríamos afirmar -para tranquilidad de semiólogos y catedráticos- que la humanidad vive un Siglo de Oro de la escritura delegada, una época fantástica de impostura magistral y absoluta en la que todos vamos siendo discípulos aventajados de Wittgenstein o de Saussure, reconvertidos ahora en ejecutivos tiernamente lenguaraces que publican reflexiones horarias sobre liderazgo vulnerable, el efecto Streisand en tu organización o la economía del propósito en Averroes o Vizcaíno Casas.
Y, sin embargo, cuanto más texto circula, cuanto más se ensancha y deslocaliza la Academia de Platón, menos claro nos resulta quién habla realmente. Vamos aprendiendo, como ocas conformes y sobrealimentadas, que la inteligencia artificial escribe razonablemente bien, que impone la pauta de lo razonablemente igual, que produce una prosa burocráticamente equilibrada e incapaz de despeinarse, de llevarnos la contraria o de sufrir una resaca y encadenar una sarta de blasfemias por causa de desamor o puro despecho editorial.
En el fondo, esta obsesión contemporánea por la perfección transferida y por el fogonazo de talento subcontratado no deja de ser una revisión doméstica -y algo grosera- de dos viejas tragedias literarias. Si Dorian Gray quiso conservar intacta la tersura pública de su rostro mientras el retrato escondido en el ático envejecía, se corrompía y acumulaba discretamente las arrugas, los excesos y las consecuencias de una vida mal administrada, el Fausto de Goethe, en su trágica búsqueda de la plenitud y el intento de escapar de la humillación de aprender despacio, encarnó el viejo anhelo de alcanzar una sabiduría sin límites ni corretajes, arrojándose en brazos de un Mefistófeles que se va pareciendo mucho ya a los señores de Palo Alto.
Por lo que vamos leyendo en los prospectos, los artículos de firmas invitadas, los pregones de las fiestas y hasta en las homilías de los curas, ambas pulsiones reverdecen ahora entre los nuevos narradores suplementados por inteligencia artificial, esos autores con exoesqueletos algorítmicos entregados a toda clase de atajos en una carrera a la posteridad en la que ya no vale la pena tomarse la molestia de leer, de pensar, equivocarse o de emborronar una cuartilla con cuatro notas y dos tachones.
Y cada vez que todo suene demasiado limpio, demasiado perfecto y redondo, volveremos a pensar lo mismo: ahí hay IA. (¡Ay!)
Y como queremos pasar por tolerantes, sonreímos con una mueca indulgente cuando alguien usa la inteligencia artificial para ordenar las notas de una reunión de vecinos o redacta un correo al proctólogo sin dejar asomar un titubeo, mientras seguimos imponiendo un escrutinio doble al futbolista que publica un tuit sospechosamente estructurado sobre un libro que ha leído y nos irritamos, cada vez más, con los traficantes de profundidades alquiladas, con los saboteadores de bibliotecas convencionales, con esos prohombres que sabemos que van cimentando su identidad pública con las muletas de una tecnología que eleva nuevas aristocracias al calor de la palabra y el talento prestados, que siempre han sido un buen ascensor social para quienes desprovistos de otras armas, jamás tuvieron la paciencia de subir por las escaleras.
En este viaje sin alforjas hacia la notoriedad de alquiler y el prestigio provisional, en este milagro anónimo que allana las puertas de los Ateneos y transforma al arriero en bardo, corremos el riesgo de atrofiar aquello que fingimos potenciar, de agostar la propia voz y la huella de un estilo que, como los andares, la mala hostia o la manera de abrazar y de despedirse, siguen siendo atributos humanísimos difícilmente imitables. Y quizá, la verdadera trampa de esta época de brillantez prestada no sea otra que la de la desconfianza atroz en los demás y el trance irreversible de terminar renunciando a la gloriosa torpeza de escribir mal antes de aprender a hacerlo mejor.
En este momento estelar de la humanidad, ante esta mentira impecable, seguiremos leyendo con recelo, escuchando con sospecha y poniendo en cuarentena las líneas apadrinadas por cualquier Baltasar Gracián con un puesto intermedio en recursos humanos. Y cada vez que todo suene demasiado limpio, demasiado perfecto y redondo, volveremos a pensar lo mismo: ahí hay IA. (¡Ay!).
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