Opinión

Madrid, capital de todo

Madrid, capital de todo
Cientos de personas durante un concierto del cantante Bad Bunny, en el Riyadh Air Metropolitano, en Madrid | EP

Madrid es esa maravillosa ciudad estuche que igual acoge un lunes un congreso mundial de protésicos dentales veganos, que te recibe, sin tiempo para despertar del sueño de trascendencia, a todo un Papa de Roma con su Curia, el catolipop y esas mesnadas acometedoras de groupies con rosario, hisopo y Red Bull, que te van a dejar una semana sin poder aparcar en tu barrio ni llevar a los chavales a judo.

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Tiene que ser cosa de algo que se administra con discreción a través del agua del canal de Ysabel II, algún hecho imponible y castrador oculto en el recibo de la contribución urbana o la consecuencia primera de esa pose de cosmopolitismo superlativo y ganador que va exhibiendo la capital, pero lo raro, lo verdaderamente sensacional es que el pueblo de Madrid, que dio sopas con honda a los franceses y ridiculizó a Godoy no se alce en armas contra los gestores de este espectáculo sin descanso, contra los programadores de las citas irrepetibles y los event managers que han tomado los negociados municipales a costa de las competencias, la reputación y los mandatos dormidos de esos concejales cuyo nombre y funciones no sería capaz de citar un vecino medio dentro de la República de la Felicidad que se dibuja de M-50 para adentro.

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Apoteosis de las Españas - diréis,-, diplomacia urbana ejemplar y gestión integral de intangibles desde la almendra del país, pero se va haciendo duro y hasta peligroso no saber si llegarás, a última hora, a un recital de poesía sáfica, a una concentración en Ferraz, al estreno del documental sobre la geopolítica del abrazo en la discografía de los Cantajuegos o a dejarte doscientos pavos para ver a Bad Bunny perrear, en escorzo, desde un quinto anfiteatro del Wanda Metropolitano.

Poco ha cambiado la cosa - escuchamos razonar - desde aquel Madrid en el que Eugenio d'Ors decía que un martes, en la capital, o das una conferencia o te la dan. Mucha agua turbia ha pasado bajo el Puente de Segovia desde que ir al Prado, a las Ventas en San Isidro o a La Latina a tomar unas cañas un jueves no pedían armadura, cantimplora y un seguro a todo riesgo con franquicia a terceros.

Lo insostenible es que ya, en la proclamada capital de la lengua española, tengamos que andar ingresando en Urgencias a los filólogos y a los bardos, compadeciendo a los poetas y a los tutores venidos de Oxford

Capital, sí, pero es que ya van doliendo esos adioses desoladores a los niños en la parada de la ruta escolar, esas lágrimas como goterones de los padres que no saben si las criaturas llegarán a tiempo de completar la tríada regular de ducha, cena y acostarse. Desgarran en lo más hondo esos partidos de pádel perdidos con los de la oficina, los talleres de marca personal con salazones del Ministerio desbaratados por el metro reventón, por la enésima manifestación de los acomodadores de los cines de Callao pidiendo un futuro de certezas laborales o esas citas picantes de la Thermomix o el tupper-sex en un principal de la calle Ayala frustradas por otra carrera popular contra la fimosis, por una suelta de palomas de la paz o por el centenario del nacimiento de Miliki y la Fiesta del Ramen.

No es hora de darle la razón a los antifas, a los de la tasa turística ni a los nuncios del apocalipsis y la prioridad nacional, ni ha llegado aún ese tiempo de esquivar, por sistema, otro despliegue de prodigios al lado de casa como quien huye de los Mormones o los recogefirmas de la Gran Vía o la Puerta del Sol. Pero quizá, lo insostenible es que ya, en la proclamada capital de la lengua española, en el kilómetro cero del español, el subjuntivo y las subordinadas, en ese Cap i Casal de la RAE y las resmas de los diccionarios, tengamos que andar ingresando en Urgencias a los filólogos y a los bardos, compadeciendo a los poetas y a los tutores venidos de Oxford, Ginebra o de Valladolid cuando ven a sus pupilos imberbes, a los oficiales de notaría y hasta a las mamás del grupo de pilates y a los monitores de catequesis comulgar en masa en la misa pagana y procaz del nuevo emperador latino del reggaeton.

Madrid es capital, aunque el chándal holgado, los usos neandertales y los calzoncillos vistos hayan terminado por imponer la tiranía de su canon sobre el terciopelo de las capas, el ocaso de los castellanos con borlitas y los abrigos de paño bajo el brazo de los profesores de lengua apuntados en masa a las oficinas del SEPE, mientras resuenan, Castellana abajo, esos "baby", "mami", "yeh", "prra" y el pugnaz y adulador "tú sabe”.

Con la pluma de Mesonero Romanos descansando en la Sacramental de San Justo y sin que ningún Napoleón asome ya por Chamartín, el pueblo de Madrid -maqueta a escala de España con sus grandezas y sus manías-, en su búsqueda heroica de batallas contra el invasor no encontrará en León XIV, en Enrique Riquelme o en el pobre Bad Bunny rivales a la altura de su historia sedicente, por mucho que desde el atasco perenne uno logre revisar el santoral completo en un castellano ejemplar.

Al recitador de Puerto Rico, eso sí, y sin necesidad de remontarnos a Hernán Cortés ni de andar enredando con las batallas culturales en boga, tendremos que agradecerle el habernos descubierto esa verdad incómoda que nos define, cada vez más, como una sociedad poco dispuesta a recorrer las infinitas habitaciones del idioma mientras vivimos engañados creyendo habitar los salones nobles del Palacio de la lengua, cuando la verdad es que ya sólo aspiramos a frecuentar -ay- La Casita de su degradación. Dale, que tú sabe.

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