Parece que está escrito el batacazo de María Jesús Montero en Andalucía, como la caída de una gran reina fluvial babilónica o trianera (la segunda, porque la gran reina trianera, poderosa, milagrera, populachera, atufada de candelas y macetas, fue Susana Díaz). Las encuestas, con sus matemáticos y sus cocineros, no son profecías aunque a veces ven el futuro y a veces lo fabrican (el mayor poder de los adivinos, fueran los profetas de los dioses iracundos o los astrólogos de Babilonia o Telecinco, era la profecía autocumplida). Las encuestas no se ponen de acuerdo en si Moreno Bonilla tiene o no tiene la mayoría absoluta en su mano de cura joven, de confesor de esposas guapas, entre santo y sospechoso. Pero no parece que nadie, ni los dioses ni los matemáticos, puedan salvar a María Jesús Montero, otra ministra que arde en el colchón de Sánchez, aún no sabemos para qué. Aunque lo hayamos comentado alguna vez, para controlar un PSOE que ya se ve dócil y entregado tampoco hace falta mandar a estos ministros validos que llegan a la campaña muertos o medio muertos, quemados por el sol colosal, caótico y venenoso de Sánchez como por el sol de Chernóbil. Seguramente Sánchez no tiene nada mejor. Sánchez no quiere ganar (tiene que perder para salvarse y salvarnos luego de la ultraderecha tremebunda) pero la verdad es que, si quisiera, tampoco tendría con qué.
Se publican las últimas encuestas, que se quedarán esta semana en el aire, congeladas como un cometa, para dar esperanza a los vuelcos, las sorpresas y los sorpasos, a los pitonisos y a los plumillas. Moreno Bonilla ronda la mayoría absoluta con esa cosa que tiene él precisamente de componente de una rondalla (a lo mejor la moderación es eso, parecer de una rondalla). La mayoría absoluta, nos decían los de la nueva política, es algo antiguo y superado, una cosa no ya de los 90 sino como de Romanones, pero vuelve, como vuelve el bipartidismo. El bipartidismo turnista sí que suena a Restauración, pero el español lo vuelve a considerar ante la timba de tribus y extremismos que ha visto como alternativa. Si acaso, volverá a haber bisagras, que es a lo que aspira Vox después de parecer querer la Reconquista, esa Reconquista suya con morrión de piedra y bacía de barbero.
Dependiendo de la mayoría o no mayoría absoluta del PP en Andalucía, Vox podría volver a ser un mirón o pretender, como mucho, condicionar al PP, como decía aquí Ángel Carreño. Pero ese subidón suyo como de sidra, que los tenía parando pactos y forzando pulsos de forzudo de circo (a veces parecen forzudos de circo, con calzoncillo largo y bigotazo), ya pasó. La crisis de Vox no sólo es la de todos los populismos (no suele funcionar lo de ser antisistema gobernando, ni sirve de nada ser antisistema sin gobernar), es una crisis ideológica y estructural, que puede acabar en cisma o en hundimiento, con campanazo de los críticos. Andalucía es una prueba definitiva para la ortodoxia actual de Vox, para el abascalismo con sus trascocinas oscuras y su soniquete cada vez más de falangista de balconcillo y de legionario con nido vacío en el ojo. El objetivo de Abascal es alargar este ciclo de los populismos, que ahora en el caso de Vox puede estar en el pico de la curva, que diría Fernando Simón. Intentar llegar hasta las elecciones generales y confiar en el milagro (Abascal está como Sánchez), y para eso necesita un buen resultado en Andalucía, o sea, como mínimo, que Moreno Bonilla no obtenga mayoría absoluta. Si no, va a tener que ir pensando en ser el caddie abollonado de Trump.
Sánchez no quiere ganar (tiene que perder para salvarse y salvarnos luego de la ultraderecha tremebunda) pero la verdad es que, si quisiera, tampoco tendría con qué
En cuanto a María Jesús Montero, implacable, atropellada y atropelladora; aya, escriba o alguacilona de los dos peores socialismos que ha conocido España, el de Andalucía y el de Sánchez, podría hacer tocar fondo al PSOE. Y es que no puede engañar a los que ya engañó ni puede convencer para que olviden a los que la conocieron. No sólo trae el saco de huesos del sanchismo, sino el saco de huesos propio, el de 40 años de gobierno folclórico y extractivo en Andalucía, el de los clanes y los clientes, el de los ERE y sus “criaturitas”, el de los nuevos señoritos con el duro, el mendrugo y el tablaíllo. En la campaña ha seguido hablando de “lo público”, pero allí saben que lo público eran ellos, o sea el Partido. El escándalo de los cribados de cáncer de mama le ha posibilitado sacar ahora un #MeToo muy ajustado y oportuno, lo que pasa es que puede ser un estribillo de doble filo, teniendo en cuenta que lo del “yo también” se lo podría aplicar ella a su propia gestión: “yo también” privaticé la sanidad, “yo también” amañé listas de espera, “yo también” reduje presupuesto y personal, “yo también” hice contratos basura, y hasta “yo también” fallé en diagnósticos y cribados. Y es que yo diría que, más que al “yo también”, aquí estamos acostumbrados al “y tú más”.
María Jesús Montero, yo creo, que va a estas elecciones como al cementerio socialista que ya era Andalucía, a morir entre juncos y marismas, como una barquichuela desfondada, allí donde ya están Chaves, Griñán y Susana sirviendo de nido de cañizo y de tumba de tesoros de cieno. María Jesús Montero, en realidad, era sanchista antes de Sánchez, porque el primer sanchismo fue el socialismo andaluz. Eso sí, no era una ambición o una lujuria de una persona, sino algo corporativo, como una gran cooperativa aceitunera en la que la aceituna estrujada era el andaluz. Pero ella ya no tiene más que aportar, ni Sánchez tiene más que sacar, ni en el partido ni a su izquierda. Aunque en Andalucía, es cierto, parece que suben las otras izquierdas, entre el andalucismo lírico (Adelante Andalucía), con su Arbonaida como maná, y lo que queda del neopodemismo yolandista y de la vieja y escolástica IU (Maíllo), que muchos prefieren allí al PSOE postanchista y poschavista. Y no hay más. Sánchez sólo se tiene a sí mismo y a su milagro singular. El futuro no está escrito, pero a veces lo parece.
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