Opinión

EL GOLPE

Adelante Andalucía en las huestes de Rufián

José Ignacio García, junto a su equipo de Adelante Andalucía en Jerez de la Frontera.
José Ignacio García, junto a su equipo de Adelante Andalucía en Jerez de la Frontera. | EFE

Algunos lo han descubierto ahora con el gaditanísimo pelotazo de Adelante Andalucía, pero el andalucismo es un romanticismo tan suspirante y tan de manita usada de visera o estetoscopio como los demás. Eso sí, es un romanticismo más teñido de carbonilla y hollejo, y de cal y cebolla, que de genética e historia sangrientas o sanguinolentas. Un dirigente andalucista me dijo hace ya mucho que la identidad de Andalucía no era esencialista, sino puramente política. O sea, que se basaba en el hambre de justicia más que en hambres mitológicas, folclóricas o incluso agropecuarias (la reforma agraria que pedía Blas Infante no era tanto una cuestión técnica como el signo de un cambio de paradigma político, social y hasta moral). A pesar de esto, Blas Infante, pope como de un goticismo moruno, estaba bastante atufado de idealismos e idealizaciones, cruzaba los latifundios con Bagdad y confundía Al-Ándalus con el Reino de los Cielos. En realidad la mitología siempre lo simplifica todo, los orígenes, los procesos, los objetivos, las explicaciones y la venta del concepto o la marca. Pero también lo pervierte todo, igual que el sentimentalismo. Que el andalucismo se pueda unir en alguna hermandad común con el independentismo catalán, siempre señorito, es un ejemplo de esto, y creo que Adelante Andalucía ya está ahí.

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Adelante Andalucía es, decía yo ayer, el andalucismo lírico (o sea sentimental) y sin mácula (la izquierda sin contaminación de Sánchez), aunque debí decir mejor “el andalucismo lírico que queda” y “todavía sin mácula”, que no es lo mismo. Gabriel Rufián parece que ya ha acogido a la formación andaluza entre sus huestes a la vez nacionales, plurinacionales, universales y disolventes (Victoria Prego hablaba precisamente del “independentismo disolvente”). “Es el momento de las izquierdas soberanistas”, escribía en X al hilo de la sorpresa y el sorpaso del partido andaluz. También Teresa Rodríguez, que sigue siendo la musa de manto verde de Adelante Andalucía, mencionaba este concepto, el de “izquierda soberanista”, que no es nuevo en ella pero no forma parte del andalucismo puro o clásico sino que es una mutación para competir en el nicho podemita, primero, y postpodemita, luego. Así que Adelante Andalucía no es andalucismo sino el andalucismo que ha quedado, el andalucismo mutante superviviente, y no estará mucho tiempo libre de mácula porque ya lo ha incorporado Rufián, o sea el sanchismo, a los cálculos y milicias para su milagro.

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No va a entrar uno en la exégesis de Blas Infante, como si él fuera un profeta con sandalias o un padre de la Iglesia, aunque tenía algo de eso. Pero su lema clásico es “Andalucía por sí, para España y la Humanidad”, que es un mensaje humanista y universalista, o sea lo contrario al nacionalismo etnicista y egoísta de los socios de Sánchez. Lo característico del andalucismo de Blas Infante es su “nacionalismo antinacionalista”, como creo que llegó a decir alguna vez. O sea que Adelante Andalucía aún podría ser nacionalista en este sentido cívico, en el sentido en el que me decía aquel dirigente andalucista. Pero ni el independentismo catalán ni el nacionalismo vasco, sean de izquierdas o de derechas, son cívicos sino esencialistas. O sea, no conciben la nación como contrato social de ciudadanos, sino como tautología casi mística: la nación está formada por los que reclaman ser nación. Por eso no son ni una mayoría ni una minoría, sino una totalidad. Por eso su acto fundante no es un proceso democrático (o sea siguiendo la legalidad, la Constitución) sino la mera voluntad. Y ese afán de totalidad que no necesita la democracia es lo que los sitúa, sigue creyendo uno, en el totalitarismo donde están.

Adelante Andalucía es el andalucismo que ha quedado, el mutante superviviente, y no estará mucho tiempo libre de mácula porque ya lo ha incorporado Rufián, o sea el sanchismo

Adelante Andalucía ha tomado los símbolos del andalucismo, su Arbonaida entre olivo y alfanje, su sentimentalidad de blues sureño, con hacienda y señorito. Pero no es el andalucismo clásico ni el viejo andalucismo, el de aquel Partido Andalucista ya desintegrado entre personalismos, posibilismos y migajas políticas (el PSOE es único consiguiendo esto). El PA fue autonomista-federalista como mucho, muy lejos de estos soberanismos que aspiran a la confederación, o sea a pactos entre tribus, a saludarse de fogata a fogata y de palafito a palafito. La verdad es que, aparte del clasicismo u oportunismo andalucista de Adelante Andalucía, que ahora aparece no como rebeldía andaluza sino como abejeo del ecosistema sanchista, uno prefiere no ser tribu. La civilización siempre va hacia arriba, hacia la integración y la globalización, no hacia abajo, hacia la atomización y la desintegración, cosa que nos devolvería a la orgullosa tribu con orgullosos plumajes y tambores.

Todas las naciones vienen de encamamientos o de guerras, los pueblos no existen sino como constructos azarosos o interesados, y lo único que nos salva de la mitología y del reyezuelo es la ley. Lo demás es cuento o, como se dice ahora, relato. No aspira uno a tener más patria que una ley justa y unos derechos que no dependan del acuerdo privado entre jefes de tribu sentados en mantas zamoranas o de la sierra de Grazalema o de Mataró o de donde sea. Pero es justo ahí donde están los soberanismos, que no sólo nos quieren meter en una choza o en un iglú culturales o políticos sino que ellos, tan republicanos, no aceptan el imperio de la ley. Si acaso, como hemos visto con los indepes, aceptan consejos de ancianos, de alcaldes con garrota o de socios de casino comercial. Eso es lo que significa ahora soberanismo: no ya acabar con el centralismo, ni siquiera acabar con España, que no deja de ser otra mitología, sino acabar con el mismo concepto de Estado.

Adelante Andalucía primero fue escisión de Podemos (con razón, cree uno), y un poco también escisión familiar de Teresa y Kichi frente a Iglesias e Irene. Podemos era una iglesia vertical, con un papa con coleta, y Teresa quería un partido andaluz, que no tiene por qué ser lo mismo que andalucista. Pero su nicho era el mismo, la nueva izquierda nihilista, sentimental e identitaria, o sea que abrazaba cualquier lucha de identidades, incluidas las nacionalistas, después de haberse quedado sin lucha de clases. Claro que eso, ahora, significa también ser instrumento del sanchismo. A uno le caía bien el andalucismo y hasta le cae bien Teresa, que tiene una coherencia y un pundonor como de indígena que no suelen tener los políticos. Pero a lo mejor la verdadera tradición del andalucismo o de la izquierda, su verdadero clasicismo, es terminar pandereteando alrededor del PSOE. Sobran, al final, purismos y canoas, hechizos y romanticismos.

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